criarura II

Con un silbido se aseguraron de que las ovejas estaban en su corral. Cerraron la puerta y se dirigieron a casa.

Carlos F. Toranzos Soria*

Una tarde de invierno, cuando el sol cansado dejaba el cielo. Cuando la luna y las estrellas se desperezaban. El viento empezaba a soplar, al principio leve y luego con más fuerza. Los árboles ya daban de sí con el vaivén de su movimiento y la fuerza de un aire que no parecía tener ganas de jugar, sino de imponer.
Los árboles soltaban hojas que volaban como pájaros a través del cielo, ahora oscureciendo y empezando a ser alumbrado por la luna y las estrellas. 
Cuatro niñas y tres niños regresaban a sus casas sin prisas evidentes, sólo la gana de llegar a destino antes de que la noche cubriera sus pasos completamente. Era el camino que hacían todos los días. De su casa al pastoreo, del pastoreo a su casa. Las ovejas ya se habían adelantado. Conocían muy bien el camino y no esperaban que sus pastores y pastoras las azuzaran. 
No tenían perros. Su honda (warak’a) era el arma de comunicación y de defensa. Si veían una oveja saliendo del grupo, una piedra en su warak’a, apuntar y lanzar. La oveja sabía que debería volver al rebaño rápidamente o le esperaría el abandono, la soledad, el frío y por supuesto la muerte si no se unía pronto a su grupo.
Llegaron a la primera casa, la de los hermanos Méndez. Se despidieron con un adiós urgente y desaparecieron entre la puerta y los muros.
Los cinco restantes continuaron su camino, unos minutos más tarde, tres hermanas, las Mansilla, hicieron como los Méndez. Dijeron adiós y desaparecieron también por la puerta que daba al huerto y los corrales.
Quedaron sólo Laura y Asencio Pérez. Laura tenía 9 años y Asencio 7. Entraron por la puerta que daba al jardín. Con un silbido se aseguraron que las ovejas estaban en su corral. Cerraron la puerta y se dirigieron a la casa.
En ese momento escucharon un ruido, se miraron y Laura dijo a Asencio:
-Voy a ver, quizá es la Rita, la oveja más traviesa. 
Asencio se quedó quieto esperando que volviera Laura. Miró al cielo. La noche más claramente se dibujada en los apus. Las estrellas titilaban y se sonreían entre ellas. Una estrella fugaz cruzó el inmenso cielo.
Asencio, como lo hacían todos, pidió un deseo, lo pensó y lo dijo en voz baja.
La voz de Laura lo sacó de su concentración. Vamos Asencio, era solamente la puerta del corral que se había abierto; la he cerrado bien con la tranca.
-Una estrella fugaz ha pasado y he pedido un deseo, le dijo. 
-¿Qué has deseado?
-Si te lo digo, no se cumple.
Laura sonrió, sus blancos dientes brillaron a la luz de otra estrella fugaz.
Otra, otra dijo, ahora yo desearé también.
Asencio volvió a desear otro deseo y Laura el suyo primero. 
Se tomaron las manos. El aire fresco golpeaba los árboles y abría puertas. Los hermanos se miraron. Otra vez el ruido sonó. Parecía un poco más fuerte.
Asencio dijo que él iría. Laura lo miró y sin soltarle la mano le dijo que irían juntos.
Desandaron los pasos y volvieron al lugar donde Laura había cerrado la puerta.
La puerta estaba entreabierta, Asencio le dijo a Laura que no la había cerrado bien. Ella insistió que no era así, que estaba con la tranca puesta y que no era difícil que el viento pudiera sacarla.
Se acercaron a la puerta y Asencio sintió una mano en el tobillo, gritó y dijo que algo lo tenía agarrado. Laura se volvió y efectivamente comprobó que lo que sujetaba a su hermano era una cosa que parecía un perro con la mitad humana. Era de aspecto horrible, pero con una mirada dulce. Laura cogió la tranca y fue a darle un golpe, pero esa cosa gimió como antes. Se estremecieron todos. Laura fue otra vez a golpear, esta vez con toda el alma. 
Inmediatamente, el hombrecillo soltó a Asencio y se puso a llorar. 
Un llanto compungido y con suspiros acumulados, como si le faltara el aire.
Asencio bajó la vista, tocó la mano o pata de la cosa. Sintió un pelo suave, “como de una oveja”, pensó.
Laura gritó que se retirara, que le acertaría un golpe mortal. Asencio, le mostró la pata o mano. Laura, al ver que no había peligro, bajó la tranca y se acercó más a la cosa.
Sus ojos brillaban con la luna y las estrellas. Laura preguntó que quién era y qué quería. Sólo por respuesta fue otro sentido suspiro.
Laura cogió la otra pata. Estaba llena de sangre, se manchó la mano con lo tibio del líquido espeso. A la luz de la luna no sabía distinguir bien lo que era. La cosa reposó su cabeza en el suelo y los hermanos se dieron cuenta de que estaba muy mal herido. Ascencio sugirió llevar a la cosa dentro del corral. Laura dijo que sí, que ahí podrían encender una vela y ver mejor de qué se trataba.
Cogieron al hombrecillo animal y lo arrastraron con cuidado hasta el corral. Entraron, Asencio corrió a buscar una vela. 
(Segunda parte en la siguiente edición)

*Docente emérito de la Universidad Anglia Ruskin, en Cambridge. Reino Unido.