El autodenominarse “independiente” se ha convertido en una muletilla de uso frecuente destinada a ocultar la verdadera militancia de oposición al gobierno legalmente constituido de quienes se etiquetan de tal manera, aun sabiendo que solo pueden convencer a los más ingenuos o a los menos informados.

La utilización de este eufemismo pretende consolidar una narrativa destinada a lavar la cara de mucha gente comprometida con los gobiernos neoliberales que tanto daño le hicieron a nuestro país en algo más de 20 años de gobierno.

Los “independientes” aparecen en todo lado, entre periodistas, medios de comunicación, profesionales de diferentes áreas, sindicatos y otros. Últimamente ha saltado a la palestra mediática un grupo de “juristas independientes” encabezados por dos prominentes dirigentes políticos neoliberales para proponer una reforma del sistema judicial boliviano.

Varios de estos “juristas independientes” tuvieron en sus manos la posibilidad de incorporar mejoras y cambios sustanciales desde el propio entonces denominado Poder Judicial o desde el ámbito legislativo, donde fueron parte, pero nadie recuerda que hayan hecho entonces ninguna propuesta similar.

Los problemas de la administración de justicia en Bolivia no son de esta gestión de gobierno, tienen una data más antigua, se remontan a periodos dictatoriales, pero ninguno de estos “juristas” dijo esta boca es mía cuando podían y debían hacerlo, como magistrados o parlamentarios, elegidos y designados por el poder neoliberal.

Los bolivianos no somos tan desmemoriados y conocemos el pasado de estos salvadores de la justicia vestidos hoy de independientes, los vimos defender las políticas neoliberales que estuvieron a punto de llevar a nuestro país al desastre, mientras unos pocos engordaban, los vimos ser parte de un Poder Judicial corrupto y decadente, los vimos acomodarse del lado del pueblo cuando les resultaba conveniente, para quitarse luego ese ropaje y aparecer como lo que verdaderamente son: serviles a la oligarquía criolla.

No son todos, sin duda, sí la mayor parte, ellos mismos saben quiénes son y qué hicieron, los que salen ahora a abogar por una justicia justa e independiente, cuando en el momento en que pudieron hacer algo, desde las funciones de privilegio que desempeñaron, no movieron un dedo, sino más bien disfrutaron de los sabores del poder que se les brindaron.

La crisis de la justicia en Bolivia es estructural, histórica, siempre estuvo de lado de los poderosos y básicamente continúa así, pues pese a la existencia de una nueva Constitución, de leyes nuevas para ordenar el sistema judicial, de acciones directas del actual Gobierno para mejorar la administración de justicia, desterrar las malas prácticas de este sistema que nunca resultan suficientes, los problemas persisten.

No hay razón para prestar oídos a quienes aparecen como los dueños de la verdad, con cantos de sirena que solo sirven para distraer a la gente, cuando sus verdaderas intenciones apuntan a recuperar protagonismo, como si nunca hubiesen sido parte de eso mismo que critican ahora.

“La justicia es como la serpiente, que solo muerde a los que tienen los pies descalzos”, dice una frase que se ha convertido en una de las más frecuentes percepciones ciudadanas sobre el sistema judicial. Urge una revolución en este terreno, pero estemos seguros de que no es con ellos, con esos autodenominados y autoproclamados “juristas independientes”. Debe ser una revolución junto al pueblo, con el pueblo y para el pueblo.