Leyendas de árbol

Carlos F. Toranzos Soria*
Hace muchos años, pero muchos años, la verdad siglos, y casi tampoco siglos, más bien milenios, vivían en la zona del norte, de lo que es ahora Bolivia, unas tribus muy bien organizadas: los yuracaré, los mosetén, los trinitarios y otras.
Todas tenían la característica de haber desarrollado genialmente el uso de la agricultura y la pesca. Tenían construidas una especie de plataformas que en época de lluvias servían de caminito para ir y realizar la actividad o también de desvíos del río para secar tierras. En épocas de secano, las utilizaban para cultivar particularmente, un producto que ellos conocían como tembe. 
El tembe era muy nutritivo y delicioso, una especie de palmito. Había que recolectarlo, pelarlo, limpiarlo y cocinarlo o guardarlo preparado en unas cajas hechas de hojas de plátano y palma.
Eso, junto al pescado, jabalíes o monos que cazaban, les daba una dieta saludable y perfecta.
Claro que las tribus eran un poco diferentes entre ellas. Por ejemplo, los yuracarés eran muy fuertes, grandes y trabajadores de la tierra, los moseteños eran rápidos y excelentes cazadores, los trinitarios eran grandes músicos y componían hermosas canciones y fabricaban instrumentos musicales que imitaban, sin paralelo, al canto de los pájaros, los loros, los colibríes, los monos, incluso dicen que con su música podían hablar con los dioses.
Una tarde asoleada después de comer tembe, Chimoré estaba paseando por la selva. Sus padres y hermanos estaban durmiendo la siesta.
Para Chimoré era la mejor hora para dar una vuelta por la selva. Podía ver a los monos dormitando tendidos en las ramas, a los tucanes, que con sus picos multicolores se saludaban uno a otro como si se dieran besos. Los tapires jóvenes, como ella, saltaban al agua haciéndola salpicar por los cielos, a veces con el agua subían los peces al cielo.
Chimoré tenía un lugar favorito donde siempre iba a sentarse y pensar en el plan del día siguiente. 
Ella planificaba las tardes de reunión de la tribu, contaba historias y les enseñaba los secretos que había aprendido en la selva, debajo de su árbol favorito. Decía lo importante que era cuidar de la naturaleza y los animales, enseñaba que había que tener mucho cuidado con el fuego. El dios del fuego había dado este milagro a la tribu para que tuvieran mucho cuidado y lo controlaran siempre en sus fogatas. 
Esa tarde, Chimoré estaba algo cansada; al ver a un macaco descansando pensó imitarlo, cerró los ojos y se quedó dormida.
Estaba profundamente dormida cuando sintió unas cosquillas en el dedo gordo del pie. Se despertó y vio que quien le hacía cosquillas era un animal que ella no conocía, no lo había visto antes. Era como un perezoso, pero con cola grande y más pequeño. Tenía una cola peluda que se movía al ritmo de la brisa.
Chimoré le preguntó quién era y qué quería. Este animalito dijo que era una ardilla, que ella la había visto muchas veces, pero como era muy rápida Chimoré no la conocía.
Chimoré se acercó más y vio que tenía en las patitas delanteras una gran semilla. 
—¿Qué es eso que llevas en las manos? Preguntó
—Es la semilla de un árbol que dará muchos frutos, pero que solamente tú la puedes plantar.
Y por qué yo dijo Chimoré. 
Porque tú eres la que tiene la mano para que esta semilla germine y crezca, dijo la ardilla.
Dejó la semilla a los pies de Chimoré y se fue, saltando velozmente, entre las ramas de los árboles.
Chimoré se puso de pie, se frotó los ojos y bajó la vista donde estaba la ardilla. Cogió la semilla. Era de un color marrón, igual que el tronco de una palmera seca. 
La llevó cerca de la nariz y tenía una fragancia deliciosa, la puso en los labios. En ese mismo instante, la semilla saltó y fue rodando como si alguien la arrastrara. 
Chimoré la persiguió y después de unos cuantos metros la semilla se detuvo. 
Se detuvo delante de un árbol viejo, grande y robusto, con hojas verdes y amarillas y con algo de tristeza que parecía salir de él.
Chimoré fue a coger la semilla y una rama del árbol le impidió. La cogió suavemente de la mano y la guió al otro lado del su tronco. 
Ahí estaba un joven como ella, estaba herido, sentado en el suelo con una rama del árbol que le cubría la cabeza y parte del cuerpo. Tenía una herida en la pierna y se veía que había sangrado. 
El joven estaba con los ojos cerrados.
Chimoré se acercó más. Notó que respiraba. Se puso de rodillas y le cogió la pierna. Era una herida grande y ella sabía que si no se le curaba pronto se moriría. Se puso de pie y el tronco del árbol habló.
-Es mi hijo, mi hijo, Sejjesishma, que, por defenderme de un dios malo, fue herido. Está muy mal y solo tú puedes salvarle.
Chimoré dijo que tendría que llevarlo a su casa, en la tribu. Que el brujo tenía las medicinas para curarle. 

*Docente emérito de la Universidad Anglia Ruskin, en Cambridge, Reino Unido