Por: Zenón Pedro Mamani Ticona/

De acuerdo a la literatura económica, para medir el desempeño de la economía nacional generalmente utilizamos el Producto Interno Bruto (PIB), que es el valor total de todos bienes y servicios producidos por un país en un periodo (trimestral, semestral y anual) impulsado principalmente por dos motores: uno interno (demanda interna) y otro externo (demanda externa), donde cada motor tiene su incidencia en el desempeño de la actividad financiera de un país.

La demanda interna mide el grado de desarrollo y el bienestar de un país, cuando este indicador crece, la economía tiende a crecer con mayor producción y empleo. En otras palabras, este indicador corresponde al gasto en bienes y servicios para consumo e inversión, que realizan las personas, empresas (privadas y públicas) y el gobierno (nivel central, entidades territoriales autónomas, universidades y el resto de las entidades). En cambio, la demanda externa, más conocida como exportaciones netas de bienes y servicios de un país, es igual al valor de las exportaciones menos las importaciones.

La teoría económica establece que: a mayor crecimiento del país, la demanda tiende a crecer. Si revisamos las cifras, durante el periodo 2006 al 2019, el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) promedio fue de 4,7%, un crecimiento sostenido generado principalmente por la incidencia de la demanda interna que estuvo en un promedio de 5,3%. La fortaleza de la demanda interna supo aguantar los golpes externos durante la crisis financiera y desplome de los precios de materias primas, y el desempleo urbano abierto disminuyó de 8,1% en 2005, a 4,8% en 2019, resultado atribuible a la administración de la economía bajo el Modelo Económico Social Comunitario Productivo (MESCP).

En la gestión 2020, producto de la paralización de la economía y la mala gestión económica, sumados al impacto de la pandemia por la COVID-19 a nivel mundial, Bolivia redujo la producción de bienes y servicios, por lo que el PIB cayó a menos -8,8%, influenciado por la caída de la demanda interna en menos -11,9%, el único factor que trató de balancear la economía fueron las exportaciones netas que se situaron en 3,1%.

Esta drástica caída en los indicadores macroeconómicos obedeció a la aplicación del viejo modelo neoliberal instaurado el gobierno de Jeanine Añez, con medidas que paralizaron la inversión y producción interna. Entre los catastróficos resultados, también está el incremento de la tasa de desempleo hasta el 11,6%, a junio de 2020.

Con la implementación de medidas económicas de reconstrucción, incentivando la oferta y la demanda en el país, la producción de bienes y servicios al primer semestre de 2021 volvió a crecer, aunque no en niveles de pre pandemia. El PIB creció en 9,4%, al segundo trimestre de 2021, influenciado por la demanda interna que creció en 8,2%, a lo que se suman las exportaciones netas (demanda externa) con 1,2%.

Por tanto, queda claro que cuando fortalecemos la producción de bienes y servicios internos del país, la economía crece.

Para la gestión 2022 se tienen expectativas positivas del futuro económico del país, con todas las medidas económicas que se vienen implementando se prevé un crecimiento del 5,1% del PIB, el fortalecimiento de la demanda interna impulsada por mayor inversión pública con $us 5.015 millones, incremento de la capacidad productiva del país generando mayores fuentes de empleo y nuevos ingresos. En este contexto, la demanda interna es un motor muy importante en el crecimiento de un país, reducción de la tasa de desempleo y pobreza, así como la disminución de la desigualdad.( Zenón Pedro Mamani Ticona)

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