Castrojeriz

Aitor Arjol*

Hay una España que pocos conocen más allá de los estereotipos, de los cuchicheos, de ciertos romanticismos asociados a la idílica vida en el campo o de la limitada visión del turista low cost. Una España que difiere de todo cuanto nos hayan hablado y acerca de aquello que el poeta Antonio Machado dijera tiempo atrás:

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

Una España que escapa a la frágil responsabilidad de quienes la habitan, más acostumbrada a bostezar que a enderezar el rumbo tomado por sus respectivos responsables políticos y empresariales, quienes la tienen sumida en un abandono ático y, lo que es peor, como si tal evidencia les importara.
Las dos Españas a las que se refiriera Antonio Machado en los versos mencionados bien pudieran interpretarse de múltiples formas y términos. Por su “corazón de tierra”, o su “agua bendita”, parafraseando a Víctor Jara, pero quisiera referirme a un aspecto mucho más emocional y literario.
La España que bosteza ya la conocemos. Basta con advertirla en la lectura que ofrecen los medios de comunicación. Y no es muy diferente a lo que sucede en otros países, donde se privilegia la ignorancia y condena el humanismo. 
La España que muere, por otro lado, viene asociada a la vida en el campo. A gente que casi todos los mi generación llevo en mis entrañas. Abuelos que se repiten en el recuerdo. Viejos pueblos. Campos de cereal. Los pormenores de una cruenta Guerra Civil. Muertos en las cunetas para el festín de unos pocos. Un largo periodo de dictadura franquista. El lógico éxodo del campo a la ciudad en busca de mejores oportunidades. Cierta memoria proclive a tachar hombre de campo como un vulgar ignorante, en contraposición a la ciudad como monopolio de todas las bondades.
Por diferentes factores, hubo muchísimos pueblos con una sólida riqueza histórica y patrimonial, que se fueron vaciando de sus gentes hasta llegar al más absoluto abandono y expolio, o por el contrario han ido sobreviviendo a duras penas, hasta el día de hoy, como si la dentadura del progreso se los comiera irreversiblemente. 
Pueblos en los que quizás todo comenzara a partir de los años cuarenta o cincuenta del pasado siglo. Arquetipos perdidos en la montaña o en la soledad de los campos, a los que recién empezaba a llegar la electricidad. Algunos a pie de carretera. Otros aislados en la severidad abrupta del medio y a los que el médico tenía que llegar por caminos de caballería. 
Los he visto con mis propios ojos. Habiendo dejado mi carro o vehículo en las soledades del vacío. A pie. Con un aspecto descorazonador. Iglesias con la nave partida en dos. Puertas y muladares. Casonas que se conservan en pie gracias a la buena obra de sus sillares. 
Todos estos vestigios quedaron impresos en un tipo de literatura que indagan en el abandono, como la de Miguel Delibes, que se ocupó de la añosa y vieja Castilla. Pero considero como uno de los bellos detonantes La lluvia amarilla de Julio Llamazares, donde narra en primera persona el espanto del último habitante de Anielle, uno de estos tantos pueblos perdidos en la alevosía del silencio y hoy perdido en las montañas de Huesca. Obras a las que se sumarían otras sin sucesión específica en el tiempo de mi cabeza. 
O al fin, el magnífico ensayo que da título a este testimonio. La España vacía del aragonés Sergio del Molino. Un viaje sin ánimo de lucro por esa España desolada que recorro sigilosamente. Una obra que se cuenta entre las más leídas y bellas, por devolvernos una parte de nosotros que no debe morir.

* Escritor español radicado en Ecuador