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Homero Carvalho Oliva*

En 1976, Peter Lewy, a la sazón presidente de la Cámara Departamental del Libro de La Paz, organizó una feria en el paseo de El Prado que fue inaugurada por el alcalde Mario Mercado, iniciando así una tradición que sigue hasta el día de hoy, aunque con otras características. 
Ese año yo vivía en la ciudad del Illimani y muchos de los libros que conservo los adquirí en esas ferias, que dejaron de existir, cuando a otra autoridad municipal se le ocurrió que afeaban el principal paseo de La Paz. 
Entonces a las cámaras departamentales del libro se les ocurrió trasladar las ferias a ambientes cerrados, con actividades culturales y literarias paralelas y con muchas librerías e importadoras ofreciendo libros. 
A mis años he tenido la suerte de participar en ferias de libros en muchos países, recuerdo la de Nueva York, en 1989, organizada por Latin American Writers Institute, donde conocí a Tomás Eloy Martínez, Manuel Puig e Isabel Allende. 
El año 2000, junto a Manuel Vargas, asistí a la Feria del Libro de Miami y en un estand expusimos libros nacionales; un día pasó por allí Mario Vargas Llosa y hablamos de literatura boliviana. 
En los últimos años he estado en las ferias del libro de Buenos Aires, Lima y Santiago, y a la última que asistí el año pasado fue a la de La Habana. 
Ferias en las que he tenido la oportunidad de hacer amistad con otros escritores. También he participado en ferias de pequeñas ciudades y en las que se autodenominan ferias de autores, organizadas por los propios escritores para vender sus libros. 
Ahora bien, las ferias internacionales de La Paz, Santa Cruz y Cochabamba han sido actos heroicos desde sus inicios y, hace algunos años, se han convertido en fenómenos culturales. Además de servir de vitrina para los libros y de ampliar el mercado de lectores, se han transformado en espacios de integración cultural con autores de otras regiones de Bolivia y del mundo. He tenido la suerte de acompañar a las tres desde sus inicios y apreciar cómo fueron creciendo. 
Tan importantes son la ferias que hay autores y editoriales que esperan todo el año para presentar sus libros. 
He visto de todo en esas presentaciones: autores que se hacen presentar hasta por siete amigos; presentadores que hablan mal de los libros que presentan o que confiesan cínicamente que no los han leído; antologadores despistados que declaran descaradamente que todos los cuentos que recopilaron son malos (un día le pregunté a uno de ellos porque los publicó y me respondió que quería tener su nombre en una antología); he visto a gente del público que reprocha violentamente a los autores por algunas supuestas falsedades en sus ensayos históricos; escritores que presentan el mismo libro todos los años; ‘eventólogos’ que no se pierden una presentación para comer los bocaditos, tomar vino gratis y encima denostar a los autores. 
En la Feria de Santa Cruz, que ha llegado a su decimoctava versión, hay un sujeto que todos los años, en el festival de poesía, hace incluir a un poeta, que sabe que no va a estar presente, y el día asignado aparece él leyendo los poemas del otro. “Me encargó que yo leyera”, afirma robando ese espacio a otros poetas que quisieran participar en este festival. 
En los pasillos de las ferias, mientras miramos títulos y preguntamos precios, los escritores tenemos la oportunidad de firmar autógrafos, felicitar a nuestros colegas, encontrarnos con amigos y lectores; así como de hacer escarnio de nuestros enemigos o de autores que no nos caen bien y viceversa y, por supuesto, de especular sobre obras que aún no hemos leído. No faltarán los engreídos pavoneándose entre los estands como si fueran los dueños de la feria y de la literatura. 
Este año la de Santa Cruz tuvo como invitado a Alemania, país que se vino con un programa especial con más de 40 actividades. 
Además participan en ella cerca de 50 escritores extranjeros, hay encuentros literarios, mesas redondas, seminarios, talleres, teatro, cine, danza, en fin… las palabras están de fiesta y en una fiesta cabe todo.

*Escritor y poeta

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