// FOTO: Archivo Comunidad Diversidad

.David Aruquipa/ Crónicas/

El 17 de julio de 2020 recibo un mensaje de mi amiga Karicia Fukuy, una de las primeras cholitas trans (transformistas) de nuestra ciudad, su texto está cargado de cariño y desolación por la muerte de su amiga, me dice: “David, ayer murió la última china morena, La Mónica”.

En ese momento hago un paneo de mi memoria y quiero recordar ese nombre dentro del ramillete santoral de las chinas morenas que por cierto las conozco muy bien, no lo logro, nunca había escuchado ese nombre, me resuena una y otra vez: La Mónica.

¿Quién podría ser esta musa perdida en las páginas de la historia? Y sigo leyendo el mensaje de Karicia: “en la noche del velorio una de sus sobrinas compartió unas fotografías donde ella figuraba, La Mónica sonriente, altiva, muy joven de china morena, rodeada de la banda, como si la música embriagara el ambiente, los vasos de cerveza visibles en las imágenes, como si festejara en este momento la develación de sus tesoros escondidos y otras tantas fotografías donde ella está de mucha más edad, bailando la kullaguada.

Karicia continúa comentándome que las fotos compartidas en el velorio eran muy lindas, eran de los pueblos donde ella fue a bailar con sus amigas y promete que hará todo lo posible para pedir a su familia que nos presten sus fotos para contar esta historia, me alegra su intención, pero la espera se hace larga.

Después de un tiempo, me escribe Yolanda Calle Quispe: “Buenas tardes, David, soy una admiradora suya y le escribo para comunicarle que mi tío falleció y quiero compartir su legado con usted, tengo sus fotos, entre ellas de China Morena de antaño la cual creo que puede enriquecer su investigación, además quiero que la recuerden y sepan quién fue La Mónica”.

La Manka Payera
Parece una confabulación que La Mónica nos ha preparado, acuerdo con Yolanda en vernos en la parada del teleférico Lila de El Alto, con todas las medidas de seguridad por la pandemia. Después de una larga fila subo al encuentro de Yolanda, nos saludamos como si nos conociéramos hace mucho tiempo, nos une el amor por la danza de la kullaguada, me habla con familiaridad, y comienza la historia: “Mi tío se llamaba Zenón Quispe Ventura, era más conocido como La Mónica, yo de pequeña escuchaba que la llamaban Mónica y no entendía por qué, pero me fui acostumbrando, vivió con la familia hasta sus 21 años, después vivió solo, primero tuvo que migrar a la frontera con Argentina a trabajar en un campamento minero, atendía este campamento con unos amigos como él, sufrió mucho, después tuvo que migrar a la zona de Callapa , empujado por la discriminación que sufría por su entorno cercano, actitudes machistas y de desprecio hicieron que se aleje de nosotros y elija para vivir y morir esta zona alejada de la urbe paceña, como queriéndose esconder de quiénes no la aceptaron.

Son 40 años de vida en esta zona, donde él supo abrirse camino y luchó para que lo aceptaran tal y como era. Toda la comunidad la conoce como La Mónica. Ella se dedicaba a la gastronomía, vendía comida en la plaza principal de Callapa y atendía a las distintas fraternidades folklóricas. “La Mónica era muy querida por toda la comunidad”, recuerda su sobrina. Por su parte, Karicia, en ese su tono burlesco de marica joven, me cuenta que La Mónica decía: ¡Yo soy manka payera, que cosa siempre!, toda orgullosa hacía sonar las tapas de las ollas con sus cucharones, todos la conocían en Callapa, su puesto en la plaza era icónico, era un punto de encuentro comunitario, nunca estaba vacío, cocinaba como las diosas, especialmente el ‘levantamuertos’, una sopa espesa, que la servía abundante, deliciosa y barata, un platillo a base de menudencias, pata, panza de cordero, un manjar, nadie se resistía a estos sabores, ella alimentaba al pueblo como si fuera su propia familia, para que resistan toda la jornada de trabajo. Entre saludos, afectos, sabores y buen trato, La Mónica va a hacer mucha falta, y pensar que no vamos a probar más estas delicias después de su eterno viaje, se lamenta Karicia.

El baile de las que saben
La fiesta de Callapa es a devoción del Espíritu, se conoce como la celebración del Espíritu Santo. En la liturgia católica es la fiesta más importante después de la Pascua y la Navidad, es movible, entonces puede ser la 3ra o 4ta semana de mayo, una fiesta sonada que dura tres días de festejo en la zona, donde La Mónica lucía sus mejores galas, además de atender a los comensales que se deleitaban con su comida.

Ella empezó a bailar en este barrio, en la fiesta patronal hace más de 40 años de china morena. Cuando los años ya no le permitieron seguir con este personaje, inició su recorrido festivo en la danza de la kullaguada como awila, acompañada de sus amigas tan regias como ella, La Felisa y La Ana. La Felisa ya murió, La Ana que aún vive es la única testigo de estas andanzas. Esta parte de su vida desconocida por los familiares de La Mónica es revelada por las fotografías que encuentran sus sobrinas Yolanda y Erika, la tenía en una cajita, quien con mucho pesar me cuentan: “Para nosotras ha sido muy triste que las haya ocultado así, al ver cada fotografía empezamos a recordarla y atesorarla, soy folklorista me dice Yola, me hubiese gustado que me cuente que le gustaba el baile, de esta pasión sólo sabía mi madre, que es su hermana con quien compartió muchas fiestas, y a quien le confesó que bailaría sin importarle lo que digan los demás, y se puso a bailar, me hubiese gustado acompañarle, ayudarle a ponerse sus trenzas, maquillarle, en fin, lo que me queda son los trajes que encontré, polleras, centros, botas, blusas y monedas de kullaguada, además de la muñeca que cargaba, que por cierto era un regalo que mi madre le hizo.”

La Mónica trabajaba para poder bailar y lo demostraba en todas las festividades. Ella era alta, robusta y con las polleras voluptuosas con centros anchos se veía poderosa. Tenía predilección por las muñecas, y se enamoró de la muñeca de su hermana, la vistió y la usaba en la danza, cargándola en su aguayo, como un sentido ritual de fertilidad y suerte. Un día, la sobrina de niña le pregunta: ¿Por qué tienes la muñeca vestida de cholita?, La Mónica le responde: “Para bailar”. Cuando falleció, La Yola encuentra la muñeca vestida de kullagua, esa muñeca que tanto amó y le acompañó por tantos pueblos, ahora la acompañará a ella como herencia de vida; “cada color de traje de mi tío combina con los trajes de la muñeca”. Pero La Mónica no sólo vistió a esta muñeca, también vistió y protegió a los hijos que adoptó a lo largo de su vida, dándoles afecto, techo y comida, fue muy generosa con su familia extendida.

El último baile de la Mónica

El año pasado tenía que bailar en Pucarani, pero la enfermedad la detuvo, tenía diabetes, que se complicó con la próstata y a su edad de 72 años no resistió las complicaciones, falleció el 16 de julio. Al enterarse, toda la zona se movilizó, fue un gran personaje del barrio, el más representativo; por esa razón, no dejaron que la familia se lo lleve a enterrar a otro lado, decidieron enterrarlo en la zona. Esa determinación estuvo conectada con el deseo de la junta de vecinos de hacerle una plaqueta en la plaza con su nombre, para reconocer todo el apoyo que les brindó, era la más querida de Callapa. En su velorio cocinaron lechón, como ella quería. Karicia recuerda que en las muchas reuniones que tuvieron en su puesto de venta bajo la consigna de “ven pues, vamos a hablar mal de la gente”, La Mónica en medio de historias y risas les decía: “Si yo me muero no quiero que estén sirviendo ají de fideo u otro platito, en mi velorio tienen que invitar lechón, no puede ser que en el entierro de una manka payera sirvan ají de fideo, me puedo revolcar en mi tumba”, dicho y hecho tuvimos que cocinar un lechón en su velorio, cuenta Karicia.

Su recuerdo estará en medio de tantas fiestas, en las que demostraba su contoneado baile de awila en los pueblos de Pucarani, Patacamaya o las zonas de Cota Cota, Sopocachi y Obrajes. Todas las invitaciones están en la memoria de quienes velaban su cuerpo. Cómo no mencionar los ruegos de los prestes para que La Mónica les acompañe en las fiestas, le entregaban sartas de botellas de whisky, enlatados, fideo, arroz, carnes y demás productos introducidos en una olla grande para que pueda aceptar y cerrar con la promesa del baile.

En muchas fiestas donde bailó, La Mónica será recordada como la del 4 de octubre, en la iglesia de San Francisco, donde la costumbre ritual era que los prestes que siempre eran “carniceros” rogaban a los padres de las jovencitas adolescentes para que bailen todas enjoyadas de oro puro, eran fiestas grandiosas en las que La Mónica y La Ana también bailaban. “Esta fiesta está cada vez más reducida”, se lamentaba La Mónica en sus últimos años.

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