Héctor Sánchez Caballero/

Se dice y es correcto: “No existe una verdad exclusiva ni una visión única del pasado”. También es cierto que la historia, en buena medida, está escrita por manos de los vencedores, de quienes tuvieron, y aún no cambia, el poder casi absoluto. Sabemos, por otro lado, que los buenos historiadores se esfuerzan explicando los acontecimientos sin descuidar lo que dicen ‘otros’ con diferentes ópticas interpretativas en la corriente de coincidir con “la multiplicidad de ideas y la complejidad de los factores que lo explican, y lo hacen desde las inquietudes del presente”[1].

Desde hace bastante tiempo se ha llegado al convencimiento, producto de muchos análisis y diversas consideraciones, que la historia ya no es solo un simple repaso de hechos sucedidos, también tiene que ver con lo que pasa hoy, solo así podemos comprender lo que se nos viene a galope. Al historiador le corresponde mostrar la complejidad y la riqueza del pasado, aclarar procesos y hechos, eso sin duda ayuda a comprender nuestro presente y, a partir de ello, perfilar nuestro futuro.

A su vez, se enfatiza en que es necesario superar la idea de que los historiadores se dedican exclusivamente al pasado, sin vinculación con el presente, pues sus preocupaciones y ocupaciones responden a éste. “Uno de los grandes retos de los historiadores es colocarse en el debate público y no solamente a partir de la conmemoración de un hecho o de un personaje, salir de los muros de la academia, de la universidad y hacerse presente en el debate público es fundamental” [2].

El uso académico del revisionismo histórico está referido a la reinterpretación de hechos históricos a la luz de nuevos datos o nuevos análisis más precisos y menos sesgados de los ya conocidos. Su antítesis profundiza los sesgos y desviaciones, está en la corriente de la manipulación de la historia con fines políticos, sin tomar en cuenta para nada el método científico.

Es precisa y necesaria esta introducción al tema de nuestro interés para comprender, con mayor claridad, los antecedentes de lo acontecido aquel 24 de septiembre de 1810 en el Cabildo de Santa Cruz de la Sierra. Veamos con otra mirada lo sucedido.

Lo dicho y hecho hasta hoy continúa siendo muy limitado frente a un suceso de trascendencia regional que, de ser aceptado y comprobado fehacientemente, abriría una puerta a la que le pusieron muchos candados para mantenerla cerrada con pretensiones indefinidas en su estructura histórica que, aparentemente para muchos, ya estaba consolidada y refrendada por su peso específico de más de dos siglos repitiendo, sin que haya existido ninguna iniciativa seria que intentara cuestionar ciertos acontecimientos que hoy se los ve con mayor claridad en el análisis documental y otros que aún continúan en la oscuridad.

Una historia contada a medias

La sociedad con pasos de anciano recibe de manera natural lo que pasó en el área de influencia; sin embargo, en contrapeso a lo afirmado, van saliendo a darse baños de luz evidencias históricas respaldadas de análisis científicos y del brazo con las necesarias certezas documentadas un conjunto de hechos importantes que pueden trastocar los cimientos de una historia contada a medias y con propósito nada bien intencionado, tanto así que fueron demasiados años de silencios, ocultamiento y restricciones de acceso a la información que en el correr de esos tiempos se pensó que todo lo divulgado era  inamovible porque así lo decían y lo siguen diciendo libros, revistas, periódicos y otros documentos que se encargan de contarnos una historia oficial, la misma que, al menos, frenó hasta hoy una investigación más amplia y saneada sobre lo sucedido en un momento crucial de la Guerra de la Independencia en esta parte de nuestra América morena (1809-1825).

La  investigación desarrollada, vista por algunos autores, estudiosos del material que tuvieron a su alcance y de otros que continúan trabajando en la búsqueda de argumentos suficientemente sólidos para demostrar que, primero, fue un acto de insurgencia planeado y ejecutado dentro y fuera de los palos que cercaban el llamado ‘Fuerte Membirai’; movimiento militar que se llevó a cabo dos semanas antes del 24 de septiembre de 1810, fecha que el calendario histórico oficial recuerda como el Grito Libertario lanzado en Santa Cruz de la Sierra y la realización del Cabildo que dio paso al cambio de sus autoridades, abriéndose un importante paréntesis entre el control de la región que tenían hasta ese momento las fuerzas de la Corona y lo que empezaba a generarse por manos del movimiento insurrecto en tierras orientales.

Pese a que no duró mucho aquella primavera emancipadora; primero, permitió que tomaran confianza los criollos e indígenas levantados para continuar con ese largo período de luchas vividas entre victorias y derrotas hasta la llegada del año 1825, cuando nuestra patria se funda con el nombre de Bolívar, en sus inicios, y luego con el definitivo de Bolivia. Segundo, hubo en aquel escenario personajes que sobresalieron por su valentía, capacidad guerrera, dotes de negociadores, facilidades para contactarse con otros grupos sociales y convencerlos que se unan a la corriente libertaria; sin embargo, muchos valientes quedaron en las oscuras sombras del anonimato sin que hasta el momento se hiciera el esfuerzo necesario para entregarles un justo reconocimiento. Tercero, rescatar para la posteridad la importancia del lugar donde se realizaron las acciones del levantamiento en armas contra la Corona española, cómo está relacionado ese hecho histórico con la ‘Cordillera de los Chiriguanos’ y, de manera especial, con Choreti, municipio de Camiri, como el centro donde convergen, en aquel momento, las condiciones objetivas y subjetivas que dan paso a un hecho real que, hasta hoy, permanece en el olvido.

Catorce días de travesía

Estamos sedientos por descubrir mucho más de lo que pasó realmente en aquellos tiempos con personajes especiales, en sitios claves y en fechas por desentrañar; personajes que desde el principio le pusieron chispas a su cotidiano accionar hasta que se prendió el fuego libertario en territorios que hoy los recorremos en pocas horas, sin detenernos a pensar que en aquellos tiempos cuando grupos de valientes —conocidos unos y anónimos otros— luego de lanzar el fuerte y nítido grito de ‘LIBERTAD’ se organizaron con premura y pasan a ocupar viejos caminos de herradura, abrieron nuevos senderos buscando las mejores vías; centenares a pie y los menos montados en animales preparados para tales propósitos.

Recorrieron por caminos de tierra, por sendas abiertas entre arboledas tupidas o alfombradas de pasto y hierbas del campo,  buscando el atajo, esquivando peligros por esas extensas llanuras, escalando escabrosas montañas altas o no tanto, y por momentos enfrentaban a la fiereza de una fauna nada amigable, para llegar en el día o la semana prevista de acuerdo a sus cálculos que los estimaron mirando cada noche estrellada el casi imperceptible movimiento de La Vía Láctea, Las Tres Marías, La Cruz del Sur y otras constelaciones en la inmensidad del despejado universo. Catorce días duró la travesía de trescientos kilómetros medidos en línea recta, entre San Miguel de Membirai y el centro político: Santa Cruz de la Sierra.

Fueron varios escenarios mentales que se hilvanaron punto a punto, con mucho análisis teórico y cálculo político libertario por quienes dirigían la guerra; aunque para el combatiente raso su participación estaba centrada en la línea de abrazar la esperanza de ser libre o simplemente dejarse arrastrar por quien lo sumó a la tropa. 

Un detalle que es necesario mencionarlo de entrada está referido a que, definitivamente, el apoyo a la causa de la libertad era mayormente sentido con fuerza propia en el campo, en el área rural; la ciudad era esencialmente ‘realista’. Hasta la devoción por sus creencias estaba dividida entre bandos, pero así convivían: “Los patriotas tenían a la Virgen de las Mercedes como su protectora y los realistas a la Virgen del Carmelo” [3].

Peña y otros investigadores nos dicen que en Santa Cruz vivían tranquilos con el régimen español, las razones que encuentran para esa aseveración son: no pagaban impuestos; la relación de la gente cruceña con los españoles era llevadera; asistían ambas sociedades a sus reuniones (…) por lo tanto no existía una convicción de rebelarse contra la Corona en la capital. Era en el área rural donde se sentía la rudeza del español contra el indio; mucho más donde la resistencia se manifiesta con mayor fuerza, como es el caso del pueblo guaraní, que no estaba dispuesto a ceder y ningún argumento le convencía que, en algún momento, podía perder tan fácil el territorio conquistado por ellos mucho tiempo atrás, como llegó a suceder en otra geografía.

Por esas razones se puede pensar, más aún ¡afirmar!, que fue en las zonas rurales donde se inició efectivamente la movilización contra el poder realista; luego, como consecuencia lógica, los mismos actores se trasladaron envalentonados a la ciudad a consolidar lo avanzado en San Miguel de Membiray. Justamente, apoyándonos en esta afirmación, el levantamiento insurrecto contra la Corona de España en esta parte de la América ocupada tuvo que darse en lugares donde estaba presente en mayor grado la opresión del blanco contra el indígena, al hombre que trabaja la tierra.

Concluimos haciendo eco de lo afirmado por Maximiliano Reimondi, (Santa Fe, Argentina): “El revisionismo privilegia el tema de la dependencia como clave de la interpretación histórica, punto de unión de sus distintas corrientes. No podemos proyectar un futuro mejor sobre la base de un pasado ficticio”.  

  • [1] Diana Saavedra, Los historiadores responden al presente y aportan soluciones, 12 de septiembre, 2022. Tomado de Internet.
  • [2] Carmen Sánchez Uriarte, secretaria técnica del Instituto de Investigaciones Históricas (IIH) de la UNAM. Fuente Internet.
  • [3] Peña, Paula; 199 años del Grito Libertario; El Deber; 24 de septiembre de 2009; pp.