-literatura-erotica

Alberto Hernández*

No es lo mismo un poema de amor que uno erótico. Pero cuando se juntan las ganas, las del amor con la fuerza erótica, aparecen poemas que van más allá de poemas de amor y de poemas eróticos. Aparece la poesía.
Para algunos podría parecer fácil escribir un poema de amor. Es más, quien esto traza no cree mucho en eso: los poemas de amor no existen. Existen los amores poéticos, pero un poema de amor se niega a ser escrito porque el amor es tan delicado que va más allá de escribirlo. Por lo que empeñarse en eso es caer en la cursilería, lo que para muchos no es grave, aunque ésta, la cursilería, es enemiga de lo erótico. No del amor. 
Otros dirán que se trata de un sentimiento sagrado, de recurrir a todos los mecanismos teológicos, hormonales o cognitivos para alcanzar la cima del amor. Es decir, el cuerpo se prepara y le da paso al deseo, que es parte de este asunto que estamos tratando, porque no puede haber erotismo si no hay deseo. Y el amor, tan discreto a veces, se cuela y se hace fórmula imperfecta para revelarnos que sin él es imposible seguir llenando la tierra de personas, felices e infelices. Más las últimas, porque el amor también le da cuerpo a la infelicidad. No se puede obviar el deseo, sobre el que tanto se ha escrito. El deseo es la fuerza impulsora del erotismo y la sustancia que sostiene un amor duradero. El deseo también es cuña del poema. 
Tanta teorización errada, de mi parte, como todo descreído de los poemas de amor, me permite escoger algunos textos de Homero Carvalho Oliva, con los que me identifico, no porque sean poemas de amor, sino porque son buenos poemas. Son versos en los que el autor hace del amor un espacio que le permite hacer el amor con las palabras. 2.- La luna entre las sábanas, publicado por el Grupo Editorial Kipus, Cochabamba, Bolivia, 2015, alberga en su seno poemas o textos, versos y amparos, que descubren en este lector la parte poética de los ‘poemas de amor’. Es decir la parte creativa, recreativa, deseosa, erótica y gozosa de la poesía. Porque leer unos poemas como estos despejan el alma y hace que el cuerpo se aligere y forme parte de dos cuerpos que se juntan para hacer lo que hacen cuando se juntan. Es decir, penetrarse, tenerse, conquistar uno o dos orgasmos y llegar a decir:
“…y sentí celos porque/ el río se bañaba en ti// En ese instante/ dije piel y dije mucho…”
O despojarse de todo y tantear en la orilla mientras se asoma Heráclito de Éfeso, fisgón: “Te bañas/ y el río trae/ todos los cuerpos/ que se bañaron en sus aguas”,
Y aunque el viejo presocrático afirmaba que no nos bañamos en el mismo río, este cuerpo de mujer, convertido en varios, destaca el carácter plural del deseo, de querer estar en el río junto a ese cuerpo que se hace muchos. 

3.-Una poética surge de improvisto. El texto se imbrica en la piel, en las hormonas. El símil aborda el cuerpo que será tomado. O los cuerpos que serán tomados como préstamo para elaborar las imágenes. 
“El poema se escribe/ como se hace el amor, / se empieza por la palabra/ nacida como deseo/ y luego renuncias a la dignidad…”. Sobre el lecho, bajo las sábanas, la sintaxis de los fluidos. Cuerpos que se hacen líquidos, jadeos, impertinencia en el pensar. Y a través de la ventana, la luz de la luna. Para muchos que se aproximan a los textos donde el tema es el amor, la luna es un símbolo, una señal, un imán. Pero también el autor se basa en cada expresión que suscite un acercamiento al deseo, al hecho de tomar los glúteos, los senos, el vientre, los pliegues por donde se desliza el delirio. 
Hacer el amor, tirar, fornicar, follar, pero igual los ‘sinónimos’ que el poeta encuentra para escribir un poema:
“Los diccionarios/ de sinónimos/ dicen que penetrar/ también es intuir, / atina, enterarse, / descifrar, conocer, / interpretar, adivinar, / comprender, / sentir, / percibir, / entender, afectar y alcanzar.// Era primera vez/ por fin entendí/ lo que significaba/ un sinónimo”.
Y tanto lo entendió que: “En el amor somos piel y en el olvido huesos”. 4.- El comienzo del mundo, desde la perspectiva bíblica, fue una vertiente de la sombra, porque una llama misteriosa develó la mirada de Dios. El amor, el que es cuerpo atado al espíritu, encuentra su fuerza en el instante en que dos rostros se miran. 
Un génesis, un principio, un instante hecho de carne y leche:
“Dios dijo apáguese la luz/ tu ropa cayó al piso/ y el mundo se iluminó”.
El cuerpo como fosforescencia, el sexo, la forma del deseo: la nomenclatura del amor, que tanto aspiran a diseñar poetas y soñadores. Pero para que el deseo no pierda su encanto es necesario que haya un espacio, una topografía en la que esos cuerpos devotos se acomoden, se estiren, se enrollen, se muevan, vivan y mueran, respiren y se ahoguen.
En Encamados se resuelve el mundo íntimo:
“En los poemas de eróticos el único lugar común es la cama, / territorio liberado en el que desembarcan nuestros cuerpos/ con todos sus recuerdos; un espacio de provocaciones y/ de posesiones donde podemos leer entre pliegues, para/ que cada palabra aparecida en la piel, al tacto de nuestras/ manos, sea una revelación”.
Un descubrimiento. Sí, el poema es el mismo deseo como cuerpo vital.
El autor, luego del ‘territorio liberado’, vira la mirada hacia la realidad pública. La política como distorsión en la que se corre el riego de no ser más. De perder el cuerpo y las palabras.
En Poemas de amor, Homero Carvalho escribe: “Derrotadas las dictaduras/ los poemas de amor/ se volvieron peligrosos/ porque son los únicos/ en los que nos jugamos la vida. / ¡La aurora siempre trae poema!”
Es decir, el amor se democratiza, elabora una constitución para que la libertad erotice los días, las horas y se haga posible el milagro de ser más que cuerpo: “Aún recuerdo la noche cuando me hiciste fruta”. 
Los poemas de amor son más eso: son poemas. El amor es otro asunto, un argumento que suscita el deseo, que recrea un cuerpo, por lo que “menos mal que nuestras manos no hablan”.
Y así, en medio de los jadeos, de todos los sentidos ocupados, precisar que
“En el amor el cuerpo se vuelve plural”.

*Poeta y escritor venezolano