Diego Martínez Estévez /

Con la obra, su autor, el multifacético intelectual Víctor Montoya, en la primera página nos aclara que su publicación “obedece al llamado de mi conciencia, que, por razones inherentes a la sensibilidad humana, no pudo borrar de los recuerdos aquel trágico episodio que me tocó vivir en la infancia y cuya impronta permaneció como una llama encendida en mi memoria”.

“Quizás por eso, a pesar del tiempo transcurrido y a modo de saldar cuentas con el pasado, me propuse emprender la tarea de reunir en un volumen a los autores nacionales y extranjeros que, de manera vivida y sufrida, escribieron en torno a las causas y consecuencias de la masacre de San Juan”.

A propósito de “recuerdos” a los que alude el escritor, unos cinco años atrás, un coronel, que el año 1967 ostentaba el grado de Subteniente, me comentó que la tarde del 23 de junio de 1967, en la pista de Uncía aterrizó un avión de donde se bajó el general René Barrientos con el único propósito de desearles a los militares destinados en la zona el mejor de los éxitos en la misión que en horas más irían a cumplir. Al despedirse, a cada uno de los presentes les obsequió un revólver calibre 38 mm marca Tauro de industria brasileña.

Esa misma noche, para justificar la ocupación militar de las minas, el Comando del Batallón V de Ingenieros que construía un puente vehicular sobre el río Lawa Lawa a la altura del poblado campesino de Chucuita despachó un radiograma a Oruro, informando que, a media noche, su campamento sería atacado por mineros.

¿Qué motivó para que el Ejército ocupara las minas de manera tan violenta?

En consulta con los archivos militares de aquella época se establece que las causas para aquella sangrienta ocupación fueron, entre otras, las siguientes:

– La declaratoria de ‘territorio libre’ a su distrito, decretado por los mineros primero en Catavi y Siglo XX y el siguiente mes de junio en Huanuni.

– La información brindada por agentes infiltrados que dieron cuenta sobre la instrucción militar que venían recibiendo grupos de mineros en el interior de la mina de Siglo XX y en un campo de entrenamiento abierto, situado lejos de las poblaciones. Según una de las fuentes, hasta el mes de junio ya disponían de 90 hombres entrenados para ser empleados en las guerrillas altiplánicas y de monte.

– Otra causa fue el apresamiento en Camiri, en el mes de mayo, de cuatro mineros que pretendían enrolarse a las filas del Che integrada por 52 exmineros.

Aquel tiempo y desde finales de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se dividió en dos visiones radicales y contradictorias entre sí; el capitalismo versus comunismo y su canal de expresión por su naturaleza violenta fueron los brazos armados de cada Estado. En el caso de Bolivia, sus cuadros de mando, y por decisión del segundo gobierno del MNR, a partir del año 1957, fueron sucesivamente becados por tandas y hasta el año 1979 al Canal de Panamá, para recibir entrenamiento militar en moldes esencialmente anticomunistas.

En ese contexto ideológico, político y hasta académico debiera interpretarse la conducta asumida por las FFAA bolivianas. Lo que no se acepta por ser un craso error de concepción militar, es el de haber acusado a moros y cristianos —entre ellos a los niños— de comunistas. Pudo el mando militar emplear a sus órganos de Inteligencia para hacer un seguimiento y luego atrapar únicamente a los líderes de la insurrección, evitando así asesinar gente inocente. Contaba para ello con el valioso concurso de sus órganos de información cooptados entre los propios mineros, como René Chacón, nada menos que Secretario General del Sindicato de Mineros de Siglo XX. Pero no, obró y como veremos más adelante, cual si las unidades bolivianas estuvieran dislocándose para enfrentarse contra un ejército convencional proveniente de otro país.

Plan ‘La Mascarada’

Fue en este marco y aquellas causas expuestas más arriba, aparentemente ligadas a un supuesto mando único de conducción de la guerrilla altiplánica y selvática y, por consiguiente, muy atentatorias para la estabilidad e independencia de la república, que el Comando en jefe de las FFAA ordenó se pusiera en ejecución el plan ‘La Mascarada’.

En cumplimiento a dicha orden, a media noche del 23 de junio de 1967 fueron transportadas por tren, desde Oruro hasta la estación de Cancañiri, tres compañías de maniobra, una de apoyo y otra de servicios, orgánicos del Regimiento Méndez Arcos, 24 de Infantería.

En ese punto desembarcó la Primera Compañía y avanzó por la dirección: Cancañiri – El Cuadro – Plaza principal de Siglo XX, con la misión de capturar el edificio del Sindicato Minero donde funcionaba la radio La Voz del Minero.

La Segunda Compañía de Maniobra más la Compañía de Apoyo desembarcaron en el túnel del cerro El Calvario, con la misión de controlar desde esa altura todo movimiento en la población de Llallagua.

La Tercera Compañía como reserva prosiguió su viaje hasta Uncía, de donde una sección se desplazó hasta Catavi (a la altura de La Tranca), para aislarla de Siglo XX y Llallagua; entretanto, una escuadra al mando de un oficial se dirigió hacia la radio 21 de Diciembre de esta población, con el objetivo de silenciar sus emisiones.

A las 05.00 de la mañana, aproximadamente, en las poblaciones de Siglo XX y Llallagua los cohetillos y cachorros de dinamitas, que ya esporádicamente tronaban con motivo de la celebración de San Juan, comenzaron a ser reemplazados por disparos de armas de fuego, incluso por explosiones de granadas de mortero.

El sector más afectado por los disparos fue el barrio de Río Seco, por encontrarse situado entre dos fuegos: el proveniente de El Calvario y de los soldados tendidos delante Las Cinco Casas.

Una niñita de cinco años, que jugaba dentro una habitación, corrió a los brazos de su madre para morir por un proyectil que le atravesó su corazón.

Un campesino desesperadamente trataba de sostener sus intestinos salidos de su estómago.

Una señora embarazada que se encontraba sentada en la acera, por el efecto de la explosión de una granada de mortero, fue desecha y sus restos se impregnaron en la pared de su domicilio.

A eso de las tres de la tarde, en la calle 10 de Noviembre, en el momento en que un jovenzuelo abría la puerta de salida de su casa, fue alcanzado por un proyectil disparado desde el sector de Las Cinco Casas.

Casi al anochecer, mientras los soldados cenaban su ración de reserva de procedencia norteamericana, por detrás de ellos, una joven ataviada con abrigo rojo y acompañada de su madre caminaba en dirección a Siglo XX; de pronto, la hija comenzó a rebotar cual si fuese una pelota y así, rodando, su cadáver llegó al río. El proyectil que la mató provino de El Calvario.

Un poco antes, en la pequeña meseta de aquel cerro, un grupo de soldados que habían ligeramente cavado posiciones, con sus fusiles Garand hacían puntería sobre una solitaria figura que desde muy abajo osó enfrentarlos armado de un rifle. Por un instante logró protegerse detrás de un promontorio de piedras para enseguida huir, mientras los proyectiles levantaban polvo en su entorno.

Estos y otros testimonios, más las opiniones de destacados intelectuales, Víctor Montoya los incorpora en la parte de su obra a la que la denomina En prosa.

La expresión poética o En verso de tan horrendos crímenes y en palabras del autor, vertidas “con el fuego de la palabra escrita, en un contexto herido y convulsivo, tiene una fuerza capaz de tocar las fibras más íntimas del ser y trastocar las emociones alojadas en las galerías del alma”.

El lenguaje dramáticamente poético con que Jorge Calvimontes Calvimontes, en la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca, aquel 26 de junio de 1967 expresó lo sucedido dos días atrás en el norte de Potosí, le provocó al profesor Miguel Ángel Turdera la muerte por infarto.

Nilo Soruco, el cantautor tarijeño, anoticiado de semejante crimen, compuso la canción titulada Han matado a mi padre, dedicada a la memoria de Rosendo García Maisman, el dirigente minero que corrió al edificio del sindicato para hacer aullar la sirena en señal de alerta. A continuación se dirigió al local de la radio La Voz del Minero, donde se defendió con una carabina M-1, para ser casi enseguida dado de baja con una ráfaga. La letra de esta canción es otra de las locuciones contestatarias, de protesta, incorporadas en la obra.

Son en total ocho poesías y 21 artículos entre testimonios y los publicados por destacados intelectuales, que compila el libro.

A todas luces, es un libro testimonial escrito En verso y En prosa, que vale la pena leerlo y también releerlo, a modo de reflexión y enseñanza, porque refleja uno de los pasajes político-militares más tristes de la historia boliviana.