La mujer en el feudalismo

Víctor Montoya*

Durante el feudalismo, como en ninguna otra época de la historia, la familia constituía una unidad económica autosuficiente, aunque la mujer seguía sujeta a la autoridad del marido y dependía de un señor feudal —dueño de vastas extensiones de tierra—, a quien entregaba la mayor parte de los bienes que producía junto a su familia.
Los historiadores y sociólogos, al referirse al feudalismo, coinciden en señalar que las mujeres de los variados estamentos sociales eran económicamente activas, puesto que todas participaban en el sistema de producción y estaban asociadas a sus maridos en las funciones económicas de la familia, situación que dio origen a lo que se podría denominar una ‘igualdad tosca’ pero eficaz. Y, aunque existía una división del trabajo entre el hombre y la mujer, ambos cooperaban indistintamente en la producción de los medios de subsistencia necesarios, lo que implica que no existían determinadas labores reservadas exclusivamente para los hombres y otras para las mujeres.
Entre los artesanos y comerciantes, la mujer estaba considerada como socia comercial, y cuando fallecía su marido, tenía el derecho de sucederle en sus obligaciones. En la familia de la nobleza, como entre los siervos y comerciantes, el hombre y la mujer cooperaban en la administración de la propiedad, en el mantenimiento de la buena salud y la conducta de sus numerosos dependientes. La mujer del señor feudal tenía más privilegios, pero no por esto estaba exenta de algunos deberes. Gozaba de más tiempo para el ocio que las mujeres de los estamentos más bajos, pero en su vida había también días arduos y normas severas. Durante la ausencia del marido, ella era la señora de los siervos y vasallos, y su obligación era cuidar la educación de los hijos, además de “salvaguardar el honor del blasón familiar”. Entre las mujeres de la nobleza, la norma de vida más importante y apreciada era la de doblegarse totalmente y sin protestar a la voluntad del padre y después del marido. 
Además, ella no podía elegir a su cónyuge, se disponía de ella a partir de los 12 años edad para pactar una alianza matrimonial. Su papel consistía en ser la criada del hombre. Así aprendía ella el futuro deber de sumisión doméstica. El derecho feudal permitía al marido golpear a la mujer cuando ésta lo contrariaba o no compartía su opinión. Esta conducta se reflejaba también en el resto de las clases sociales. 
El campesino, que era siervo y estaba sometido a la autoridad del señor feudal, alzaba el gallo como dueño de la mujer y los hijos dentro del hogar. De igual manera que el caballero, en su castillo, ejercía el mando sobre la esposa con título de nobleza. Si el caballero estaba autorizado a apostar su mujer en el juego o encerrarla en un monasterio por adúltera, el campesino podía expulsar a su mujer del hogar o venderla al mejor postor. Es decir, cuando la propiedad privada comenzó a imponerse entre los siervos y artesanos se fortaleció el derecho del padre, y, con ello, el del marido sobre la mujer y los hijos. Por consiguiente, la mujer tenía dos hombres a quienes servir: al marido y al señor feudal. Ya en el esclavismo se estableció la costumbre de que la mujer pasaba de la patria potestad del padre a la del marido. Los poderes de dominación de entonces, y sobre todo la religión, habían inculcado la concepción de que la autoridad plena estaba en manos del hombre y que la mujer le debía obediencia y sumisión. Sin embargo, en el feudalismo, el concepto de supremacía del hombre sobre la mujer era más habitual entre las clases pudientes que entre las clases desposeídas. De modo que el señor feudal, aparte de dirigir y controlar la vida social, política, jurídica y económica, era dueño de sus tierras y vasallos, como era dueño de la mujer y los hijos. El señor feudal, al poseer un poder ilimitado sobre los siervos, a quienes les casaba o separaba, gozaba del derecho de pernada, que le permitía disfrutar la primera noche de bodas con la esposa del vasallo recién casado.
En el feudalismo, donde el gobierno, la administración de la justicia, la elaboración de las leyes y la política correspondían a los hombres, las mujeres estaban marginadas de las superestructuras sociales. Se las consideraba moral e intelectualmente inferiores a los hombres, y, ante cuya visión dicotómica de la sociedad, se podía constatar frente a la visibilidad del hombre, quien llenaba el espacio social, la invisibilidad de la mujer; frente al poder del hombre, que dominaba el escenario político, la subordinación de la mujer, que se movía entre el claustro y la familia; frente a lo público como mundo masculino, lo privado como esfera de reclusión femenina. 
Los últimos años del siglo XVI y los primeros del siglo XVII han sido interpretados por los historiadores como el momento decisivo en el colapso de la economía feudal y el simultáneo proceso de capitalización, puesto que la burguesía naciente y el campesinado se alzan contra el régimen feudal. La familia, en esta etapa de transición del feudalismo al capitalismo deja de ser la unidad económica de la sociedad para dar paso al trabajo asalariado de sus miembros y la respectiva acumulación de capital.  La naciente burguesía no vive ya del producto de su propia fuerza de trabajo, como lo hicieron sus predecesores artesanos y comerciantes, sino de la fuerza del trabajo que los obreros vendían a cambio de un salario. Con una parte de su trabajo —convertido en mercancía— cubrían el coste del sustento familiar, y con la otra, no retribuida —plusvalía—, acrecentaban la fuente de riquezas de la burguesía. Coincidentemente, en la separación que se verifica entre la producción y el consumo, entre el trabajo y el hogar, entre la labor doméstica no remunerada y el trabajo productivo, entre lo público y lo privado, se desarrolla la división del trabajo entre hombres y mujeres, inherentes al modo de producción de tipo capitalista; más todavía, junto a la formación de una clase asalariada —proletariado—, la mujer pasa del feudalismo a una época que se caracteriza por su doble explotación: privación de derechos en el Estado y la sociedad, servidumbre en su propio hogar y explotación despiadada por parte del capitalista.

*Escritor y pedagogo