El apresurado abandono del cargo, y del país, que hizo el anterior presidente y la solución constitucional que aplicó el parlamento han dado lugar a que Bolivia se convierta en motivo de debate internacional, pero también de estudio, de profundo estudio.

La gran divergencia está teñida de las preferencias políticas de los actores y ha dado lugar a posturas discrepantes incluso en reuniones de foros y organismos regionales y mundiales, además de haber marcado un quiebre ideológico en Sudamérica.

Es el estudio sobre la nueva Bolivia el que, sin hacer mucho ruido, avanza en medios de comunicación y universidades donde se interesan por saber hacia dónde está yendo esta nueva corriente de protestas que se dan en todas partes.

Y en ese intento por entender la realidad, el ejemplo boliviano se distingue por ser diferente, ya que el cambio producido fue resultado de la mayor manifestación, eso sí, pacífica, de protesta contra una situación política insostenible.

Mientras en Chile se estaban matando por una protesta juvenil que aspiraba a recibir bonos del Estado y en Colombia los grupos armados, algunos llegados de Venezuela, reanudaban la antigua guerra, en Bolivia se estaba dando lo que ahora se conoce como la “insurrección de las pititas”.

El nombre surgió de la frase despectiva utilizada por el anterior mandatario ante los bloqueos que hacían los bolivianos en todas las calles del país usando unos delgados cordones o cintas. “Yo les puedo enseñar cómo se hace un bloqueo, y no es con pititas”, había dicho el jefe de Estado que abandonó el país cercado por esas pititas.

La explicación más repetida de esta insurrección pacífica, de esta “revolución de octubre” de los bolivianos, es que los ciudadanos se cansaron, se hastiaron de un presidente que intentaba volver a estafarlos, esta vez con unas elecciones dolosas, es decir fraudulentas.

La gente había percibido, mucho antes de que la Organización de los Estados Americanos (OEA) hiciera una auditoría sobre las elecciones, que el Gobierno de entonces estaba cambiando las cifras, las estaba manipulando para inventar un triunfo en primera vuelta.

Y la gente decidió echar al estafador. No hubo caudillos de esta revolución. Ni siquiera el candidato más afectado por los resultados que estaba sacando de la galera el Tribunal Supremo Electoral (TSE) era la cabeza de esta protesta. Es que los ciudadanos habían decidido, con la protesta, primero que nada, echar al estafador y luego esperar que la Constitución encuentre la salida, pero que él no podía volver.

Un león había despertado y hecho huir al estafador. Ese león no tiene caudillos. Ya ha mostrado que cuando se enoja, hace tronar el escarmiento, lo que explica las dudas de los seguidores del mandatario que huyó.

El ejemplo boliviano provocó una gigantesca manifestación en México en contra del Jefe de Estado de ese país y ha puesto muy nerviosos a los dictadores de Venezuela. Que un pueblo ejerza la democracia directa, como ocurrió aquí, es la peor pesadilla de todos los dictadores.