Eduardo Fidanza

Pocos días antes de un cambio de gobierno que genera tantos entusiasmos como temores y odios soterrados, se conocieron estos días dos reflexiones sobre la Argentina que cumplen cabalmente el requisito de la exotopía. Y tal vez por eso pueden ser consideradas lecciones, sin homologarlas a la jerarquía de Todorov, particularmente útiles para la nueva etapa política. Provienen de dos intelectuales argentinos que pertenecen a generaciones y quehaceres distintos, pero que viven y trabajan desde hace tiempo fuera del país: Mario Bunge y Federico Finchelstein.

Con intacta lucidez, y fiel a su espíritu independiente y transgresor, Bunge reconoció que estaba arrepentido de dos decisiones en su vida: haber sido comunista y haber sido gorila. “Fui gorila. Lo confieso con toda vergüenza, mi iracundia política no llegó a entender al peronismo”, dice. Acaso por eso hace un reconocimiento crítico de este y se desmarca de la cultura de la aldea para sostener que “el intelectual es o debiera ser un ciudadano del mundo: tomar partido solo por causas grandes, nunca por causas pequeñas y perecederas”.

De su texto se deduce que la gran causa es conciliar la libertad con la justicia, un logro que quizás hayan conseguido muy pocas sociedades, entre las que destaca a los países nórdicos junto a Francia y Alemania. Por último, en su mirada exotópica de la Argentina sobrevuela un elogio implícito a nuestra democracia: “¿Cuándo se jodió el país? Pues el 6 de septiembre de 1930, con el golpe de Uriburu contra Yrigoyen”, afirma con dolorosa convicción.

El tono de Finchelstein, un joven historiador que enseña en la prestigiosa New School for Social Research de Nueva York, es diferente al de Bunge, menos testimonial y más analítico. Descree de la idea de un país dominado por una facción autoritaria. Enfatiza, al contrario, los equilibrios alcanzados después de las elecciones y se pregunta si en esas condiciones no podrá darse “un populismo moderado que baje algunos cambios a la idea de que el líder es la encarnación de la patria y el pueblo”.

Como en Bunge, también en Finchelstein se encuentra un juicio equilibrado sobre el peronismo y un reconocimiento de la democracia argentina. Afirma que la actual transición es una primavera, seguramente efímera, en un país polarizado que atraviesa “una crisis de las muchas que ha vivido”, donde “es necesario dialogar dentro y fuera del Congreso para hacer una política responsable” que atienda las demandas de la primera minoría —a la que el peronismo representa— respetando a las otras minorías.

Acaso Bunge y Finchelstein, como tantos argentinos autoexiliados, compartan un atributo paradójico, que podría llamarse “distanciamiento apasionado”. Una cualidad que les permite contemplar el país sin la autoflagelación de los que viven en él, aunque con más matices y equidistancia que ellos. Renuncian a posturas dogmáticas pero no hacen concesiones al autoritarismo y la injusticia. Son realistas y críticos, sin renunciar al afecto por la patria, esa tierra distante.