Jaime Iturri Salmón /

Nadie supo leer mejor al Perú serrano, al Perú andino, al de los pobres, el de los ninguneados, de los indios, de los desprotegidos que la literatura. En particular José María Arguedas, el de los ríos profundos y Manuel Scorza con sus cinco tomos de La guerra silenciosa (Redobles por Rancas, Historia de Garabombo el invisible, El cantar de Agapito Robles, El jinete insomne y La tumba del relámpago). Arguedas era el hijo de un hacendado que después de enviudar se casó en segundas nupcias con una señora que nada tendría que envidiar a la madrastra de la Cenicienta, pues envió al hijastro a dormir a la cocina sin saber que ahí las indígenas que cocinaban y trabajaban en la casa le darían los mejores alimentos y los más mullidos cueros de oveja. Pero además le enseñarían su idioma: el quechua. Ese niño retribuyó el amor de los pobres: escribió la vida que fluía dentro de esos seres que parecían invisibles. Scorza, limeño pero que vivió en la sierra central peruana, supo retratar a través del realismo mágico la lucha de los trabajadores del campo serranos por recuperar su tierra de manos del hacendado, estos combates que darían la luz a la Reforma agraria y aquel inmenso grito de Velasco Alvarado: “Campesino el patrón no comerá más de tu pobreza”.

Arguedas y Scorza mostraron al mundo que había otro Perú diferente a la Lima virreinal, la de los balcones, y hoy ese país de invisibles a salido a la luz mediante el voto. Ha sacado sus libretos ocultos y los ha mostrado: ha elegido a un profesor rural hijo de campesinos para que gobierne. Para que los saque de la exclusión para que sepulte al neoliberalismo que habpia abierto más y más el abismo social.

En su lucidez la literatura ya lo había anunciado. Ahora los desposeídos escribirán nuevas páginas de la izquierda, unidos a los radicales, a la izquierda que nunca arrió las banderas en medio del reinado del capitalismo salvaje, de los indígenas que hoy levantan orgullosos la cabeza porque desde las barriadas pobres o desde los caseríos campesinos saben que hay un nuevo mañana, uno que no lo definen en los barrios pitucos de Lima.

Qué trascendente es ese grito: “No más pobres en un país rico” y eso sólo es posible si se reparte la riqueza, si se eleva a los marginados, si se mejora la educación.

Cuando volvió de su primer exilio Scorza comenzó a publicar los populibros, una colección de clásicos impresos en papel barato y vendidos a precios ínfimos para que todos tuvieran derecho a leer. Con esos libros se formó Pedro Castillo, el hijo de campesinos, ese desconocido que tiene ahora la misión de gobernar para los de abajo. Respetando la democracia pero llevándola a todos. ¿Qué mayor venganza que ser felices? Porque finalmente como decía Luis Saint Just “la revolución debe detenerse sólo en la felicidad”.

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