La Roca Madre 2

Pablo Cingolani*

Viernes de ch’alla. Luego del Armagedón en el cerro Huacuni —la destrucción de los ámbitos de lo sagrado por uso intensivo e insensible de maquinaria de demolición de montañas—, me propuse no llorar sobre la lecha derramada y el cerro devastado, sino empeñarme, tal y como le dije a mi amigo Fabián, en volver sobre las huellas para restituir esos ámbitos y reencantar la montaña que había sido seriamente herida, no sólo en sus altares, sino en un ataque certero a su corazón, un ataque tan  destructivo que podía hacerte dudar. 
En la vida hay dos cosas que son irremediablemente 
inútiles: llorar y dudar. Por eso no dudé ni un segundo en sentir que por sobre la hecatombe el destino señalaría el lugar amado, el lugar a ser amado, que reemplazaría el lugar amado que había sido abolido. Cuando te digo que no hay que aflojar es eso: nos pueden destruir, pero no nos pueden vencer. Fue así que hoy acudimos a la ch’alla con la Carolina y el nuevo lugar para amarlo se nos develó. Lo sentí así y lo bauticé como Roca Madre, la Roca Madre. 
La Roca Madre. Una roca invencible y nutriente, matricial y germinadora, como son todas las madres. La Roca Madre, una hechura femenina: simiente de todas las convicciones y de toda la fe que anda por ahí: ella las rejunta y las ampara, ella las alimenta y las cuida para que crezcan, para que florezcan.
 La Roca Madre, la Madre de Todas las Rocas, la madre mineral, madre eterna, madre poética, la madre indestructible: aquella que es capaz de enfrentar todos los desasosiegos, aquella que es fértil frente a la adversidad, aquella que por el simple hecho de estar/se allí es dueña, es monarca, es la reina del espacio, del horizonte, del cosmos. La Roca Madre: símbolo de fuerza y símbolo de victoria, de esa victoria cruda e irresistible, capaz de volver a elevar a los cerros, volver a imantarlos, volver a revivirlos. 
La Roca Madre: Carolina me incitó a buscarla. Los hombres somos unos desquiciados, nos domina la prisa, nos secuestra la fuerza —esa fuerza a lo Dostoievski— mal digerida. Vamos y volvemos siempre sobre las mismas heridas. Será nuestra marca de cacería la que nos guía o qué será. Será por eso también que hoy la ch’alla —la primera ch’alla a la Roca Madre— fue en memoria de Lars, a propósito de los 20 años de su desaparición en la selva. Será por eso también que esta ch’alla primicial fue también para Facundo, ch’alla transoceánica, en agradecimiento a la Madre Tierra por su ayuda en su resucitación. Lars. Mother Rock. Facundo. Mama Kala. 
Todos juntos alrededor de la Roca Madre para que sepamos siempre que hay un lugar, un lugar para sanar, un lugar para amar. Y si hay un lugar debe haber también un camino, un camino por el cual llegar. Si hay un camino, hay emoción, hay esperanza, porque no hay nada más feliz en la vida que encontrarse uno, un camino, un cauce y un ritual: caminarlo. Sentir el camino es comenzar a volverse uno mismo el camino. Un camino de piel y fragilidad y de pasiones que se mezclan pero camino, al fin. Contra todas las inmovilidades que te cercan, contra los amarres que se inventan, los nudos que asfixian tu alma, vas y desenlazas los lazos del desenlace, vas y los precipitas, vas y los caminas, buscando al destino, anhelando al destino, ansiándolo. 
Lars y su desenlace, el desenlace de su destino: ya será selva, montaña, río. Ya será roca, el compañero Lars, nuestro hermano Lars: otra Roca Madre, quizás allí mismo, en el lugar amado de su desaparición —20 años antes: noviembre de 1997—, en el río rojo, en el Pukamayu, como lo bautizaron los indomables buscadores de cascarilla, tipos rudos, osados. 
En el lugar amado: en el Ecabijjinekijji, donde viven los sábalos, como lo llamaban los ese ejja que aparecieron por allí y atacaron a flechazos la barraca de San Carlos y echaron a los caucheros de la Tambopata Rubber Company, allá en 1913. 
En el lugar amado. allí donde la serranía culmina, allí donde todo ese fervor no se agobia y se derrama en aluvión y fertiliza al mundo para devenir aire que te sacude, agua que cicatriza, viento que limpia la maldad, arena que envuelve mis manos y las hace brillar (como brilla en mi corazón el recuerdo, siempre invicto, de Lars) 
Esa misma arena, esa misma Roca Madre, vamos, vamos juntos, Facundo, a seguir buscándola. 
Esa arena, tan efímera, se vuelve faro cuando entiendes su gloria: tapiza los caminos, acompaña a tus pies, tapa tu huella —como grita la zamba: para que puedas volver a verla. La Roca Madre, Mother Rock, Mama Kala, se está, ya sabemos, al sur de todos los sortilegios y al oeste de cualquier desdicha. Y el camino es mitad ensoñación y mitad más de esa arena, la arena de siempre: la arena de los que no esperamos ninguna recompensa de esta vida, sino, simplemente, vivirla, vivirla hasta el final. 
Río Abajo, 10-11 de noviembre de 2017
Mis agradecimientos sinceros a Álvaro Díez Astete por clarificarme acerca del sentido de este escrito devocional. Hoy hablé con Ciro y con Ricardo, a ellos también esta búsqueda de la gracia porque también son parte de esta historia. 

*Escritor argentino