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Pablo Cingolani*

Esto creen los mayas o los sioux, no recuerdo bien. Dicen que de noche la tierra, el fuego, el agua, el aire suben y se meten en los huesos de los hombres como humos verdes o salados, y que ésa es la materia de los sueños. Por eso digo: nuestros sueños pueden ser tan vívidos, tan sentidos, cuando dormimos.
¿Cómo explicar sino a la sirena de la portada de la iglesia de San Lorenzo en ese Potosí enclavado en medio de las montañas? Es una sirena soñada o añorada de alguien que la soñó o la vio realmente, y luego la labró en la piedra. Las sirenas más cercanas a ese Potosí colgado de los cerros se hallan en el lago Titicaca, a 700 kilómetros en dirección noroeste.
Hay dos sirenas famosas, míticas ya: Quesintuu y Umantuu, las mujeres-peces que pecaron con los dioses. Ellas quedaron atrapadas en las aguas del lago sagrado de los Andes cuando éstas se plegaron en los pleistocenos del mundo, y el océano Pacífico se elevó junto con sus arenas, corales, perlas y las sirenas más. Pero no son las únicas por más que ellas sean las más célebres. Hay más sirenas. Una, otra es la sirena con charango de la catedral de Puno.
 Puno, Puno, Puno. Cuando culminaban nuestras expediciones en la selva y subíamos para volver a casa, San Juan del Oro era un oasis (había cerveza fría), Sandia era la seguridad de un buen descanso, una cama caliente (allí vivía Juvenal) y Puno, la ciudad de Puno, era una pequeña Babilonia. En Puno había todo: luces, calles, callejuelas, bares, ruido, carros y gente, mucha gente. Puno era nuestra certeza de que habíamos regresado.
Recostada sobre las orillas del lago Titicaca y franqueada por las montañas de los Andes, en Puno, terminaba ‘la raya’, la línea que dividía dos mundos que eran a la vez complementarios: el mundo quechua y el mundo aymara. ‘La raya’ a su vez partía en dos la plaza de armas donde también se situaba la catedral y sus sirenas.
La historia de la sirena tallada en el frontispicio de la catedral de Puno me la contaron en uno de esos bares babilónicos donde a veces sonaba algún grupo de rock y otras veces te contaban historias como la de la dama, la sirena puneña, la sirena de Puno.
Había una vez un minero, un minero gordo y español que tenía minas en el cerro de Laykacota, el cerro de Puno. Los indios sufrían los abusos y la explotación de este hombre obeso y avaricioso. Látigo les daba a sus mineros, garrote les daba, cepo si insistían en quejarse y rebelarse. El minero gordo me dijo mi testimoniante en el bar rocanrolero de la ciudad de Puno, el maldito minero gordo se llamaba Pascual, así se llamaba. Trae por favor dos cervezas más le dije a un pibe que atendía las mesas (era el mismo que luego tocaba una Fender medio uso, pero que sonaba infernal y que se la había comprado en Tacna).

*Escritor argentino