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Poesía y microcuento

Pablo Cingolani

La última Carga de caballería

Allá van los jinetes. Su rostro al viento, limpio de angustias
Allá van los jinetes. El sol enciende sus labios que son de sal.

Allá van: la piel les arde mientras galopan, sin dudar, hacia el alba
Ellos saben de lo imposible pero igual los incita, los hace vibrar.

 Allá van, allá van los jinetes: son pocos, son suficientes, son ellos
Allá van los que jamás temieron al dolor, al frío, a la tempestad

Allá van porque su misión es ésa: nunca dar un paso atrás
Allá van porque si no lo hicieran, nunca se podrían perdonar
 
Allá van los últimos, allá van los justos, allá van los buenos
Los de corazón puro, alma decidida, sangre que brillará
Allá van los que saben que seguro morirán más no vacilan
Saben que nada se compara a la honra de vivir sin miedo
Morir con gloria, ser leyenda, resistiendo hasta el final.
 

 

De caminos, atajos y convicciones

La vida siempre nos ofrece atajos y caminos. Artemio siempre confió en los primeros. Un día, volviendo a casa, se desmayó de nada y casi se lo come un puma. No importaba. El insistía en usar puras “chakanchadas”, huellas antiguas, rastros perdidos de quien sabe quién. Artemio, le decía Luisa, su mujer: un día te van a tragar los cerros. Vos déjame, ya vas a ver, razonaba escueto el hombre que prefería lo hostil, allí donde nadie acudía. Aseguraba, mientras liaba tabaco: además, Luisita: yo no me demoro, mucho menos me pierdo en mis andares, sé donde quiero ir. ¿No ves, en cambio, que aquellos que transitan los caminos conocidos siempre se despeñan en la zafra o en los bares o son víctimas de atracos o de cosas peores? Luisa vio cómo un pájaro, un pájaro solitario, vino a posarse en su telar, y en el fondo de su alma sabía que Artemio, el errante, tenía razón.
Un día fueron tres días que Artemio no volvía. Luisa se desesperó: que se lo llevó un volcán, que lo atrapó el supay, que tal vez se fue a Bolivia o peor: a Buenos Aires. 
A la tercera noche de angustiosa espera, Artemio se apareció, hecho un andrajo, aunque su sonrisa era más blanca que la nieve del Acay. Al lado del fogón que apenas alumbraba derramó su mochila frente a la mirada aún de temer de la Luisa. Dijo, en un rapto de solemne vehemencia: ahora, Luisa querida, ahora vamos a procurarnos vacas y dos caballos, y ropa para vos y un sombrero nuevo para mí. Unas pepitas de oro, grandes como huevos de suri, brillaban al lado de las brasas que Artemio atizaba. 
Deseaba echarles algo de charque y matear largo y contarle sobre su hallazgo, su faena y la serena convicción que había atesorado siempre.
 

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