Bohio-nenenanshim

Teresa Constanza Rodríguez Roca *

Vine a despedirme para siempre, niño Santiago. Me voy por el camino que agarró Juan Felipe. Sólo tengo el tiempo preciso hasta que en la casona noten lo que acabo de hacer y suban a la colina por mí.  
Hace tres años, usted escucha mis penas debajo de esta cruz, a la sombra del tajibo que va creciendo para convertirse en un árbol grandote, como hubiera llegado a ser usted si no nos abandonaba. Se nos fue el único heredero porque la dueña de estas tierras era su madre, alma bendita, y no la tal doña Sibila, que ya le dio una hija al patrón. 
Con el permiso de la mamita de Cotoca, me hubiera gustado enterrar a la Sibila en lugar de a mi verdadera señora.  
Bien recuerdo esa mañana de lunes. El rocío reflejaba el cielo claro, como los ojos de usted, Santiaguito. Yo venía de recoger leña pa la cocina y usted jugueteaba con una bolsa de yute. De pronto, una víbora se asoma de la bolsa. Cuando usted la quiso agarrar, santo cielo, que se le enreda en el brazo. Todavía siento sus gritos llamándome, “nana Tenchi, nana Tenchi”. Los sirvientes tratamos de ayudarlo, pero el mal ya estaba hecho. 
A la coralillo ni matarla pudimos —yo no la perseguí por mi gordura—, se escabulló entre unas troncas como si tuviera prisa. No nos quedó más que rezar desde que se lo llevaron en la camioneta. Dicen que usted iba desvanecido en los brazos fuertes del mozo Pitungo, la piel como sebo de vela y los ojos que se le volteaban parriba. A la nochecita nos dieron la noticia: el veneno le había paralizado el corazón. 
El mismo lunes de la desgracia, Juan Felipe, el mozo más viejo de la hacienda, llegó a caballo con la luz parda del anochecer; había estado en el pueblo desde el viernes. La choca Sibila, en la tranquera, toda ensombrerada, con sus pantalones cortitos y los puños sobre la cintura, dijo en tono de mandona: 
—Te me largas, viejo criminal. La bolsa era tuya. 
Conchita y Vicente pelaron los ojos, Pitungo largó la jeta, yo sentí un gusanote en el estómago. Felipe no pudo defenderse, ni chance que hubiera tenido. Aquí sabemos que más vale obedecer a doña Sibila, pues lo tiene embrujado a don César, quien no dice ni hace nada sin consultarle primero. 
Esa noche, el patrón llegó tarde, había ido a la ciudad en la madrugada para entregar los moldes de queso. Llegó a medio velorio, ni siquiera saludó a don Germán, el veterinario, que vino a consolar a la señora. En mis sesenta años de vida nunca había visto llorar a un hombre como a su padre. Estaba enloquecido, mandó buscar a Felipe, que lo trajeran a cualquier precio. Salieron unos 20 hombres armados de rifles y linternas. 
Qué no se hizo para dar con Felipe —algunos dicen que se había escondido en una de las cuevas que él conocía de memoria, otros que encontraron sus zapatos y restos de carne fresca; se lo habría comido el tigre—. No sé cómo no esperó la llegada del patrón; así hubiera aclarado las cosas directo con él y se hubiera defendido. Siempre tuvo buen trato con don César; aunque él ya no es el mismo. Antes se reía con nosotros, hacía chistes; ahora nos mira con desconfianza, vive callado. 
Ni la presencia de su hija, la nueva heredera, puede ahuyentar la nube oscura que lo envuelve. Cuando no sale pa la ciudad se hunde en la hamaca, toma harto aguardiente y mira el tajibo de la colina, donde sus ojos se quedan horas como si fueran de vidrio.  
Ya empezaron a cantar las cigarras. Pronto las luciérnagas escribirán sus tintes de luz en el fondo oscuro. Aparecerá la luna menguante. 
Y yo, Santiaguito, llevo el corazón y la cabeza entreverados: Antes del mediodía, en lo que limpiaba a fondo el costurero de doña Sibila, vi un sobre caído detrás de un cajón. Diga que era la escritura de don Germán; con el permiso de la Virgencita, me enteré de lo que realmente había pasado la mañana en que la víbora lo mordió a usted. Qué diría don César si leyera esto, me dije. 
Y hace un rato nomás, cuando atizaba el fuego pahacer la comida, se me ocurrió que sería bueno mostrarle a don César el escrito, pero me vino la duda; mejor dejo las cosas como están, dije pa mis adentros. 
Llené la olla con agua de la tinaja, la puse en el fogón y trocé los pollos. Antes de destruir la carta, quise verla de nuevo.  
— ¿Qué estás leyendo? —una voz rabiosa me sobresaltó. Era doña Sibila que miraba fijo el papel amarillento. Se me abalanzó con fuerza y las dos caímos a la tierra dura. Sus ojos eran dos canicas lechosas con un puntito azul en cada una. En medio de los revolcones, hasta sentí una piel áspera y fría. 
—Gorda cochina, ¿de dónde sacaste eso? 
Se enredó tanto en mí que yo no podía ver su cara con la que siempre se mostraba a la gente, si no la escondida, la de coralillo. Me arrebató el papel y lo tiró al fuego. De ahí se irguió para contemplar los bordes luminosos que iban tragándose las palabras de amor. Yo aproveché el momento y la empujé contra la ollota de caldo. La Sibila tambaleó y fue a caer en las llamas, retorciéndose.
Entretanto, el humo de las letras subía en una espiral serpentina para desaparecer por la ventana. 

* Escritora y maestra cruceña.