San-Javiervale

Luis Mérida Coímbra*

Navegando por el rio Chaparé desde su desembocadura en las aguas del Ichilo, a nueve curvas de navegación de arribada,  hay un afluente de aguas oscuras.  En este lugar con resplandor áureo todo es naturaleza, todo aves multicolores, todo: querubines malabaristas, aéreas ardillas, bufeos sonrientes, arpías reales.
Siguiendo el curso de navegación del arroyo se encuentra una laguna negra —ni tan alta ni tan baja— figura en el mapa con el nombre de “San Xavier”, antigua Misión Jesuita del mismo nombre. No existiendo ser humano en la actualidad, no hay ni hacienda conocida en rededor, ni población indígena. Doy constancia que remansos de aceites oscuros y densos emergen de monte adentro, alimentando el caudal de esta laguna prieta del paraíso terrenal. 
Playas níveas, aguas negras de arroyos salvajes bañan la laguna de “San Xavier”, donde existen calaveras de peces disecados en las arenas del tiempo, qué, al calor de los soles tropicales, se hicieron esculturas sempiternas, monumentos plateados, obras de arte enmohecidas por la humedad carnívora, escasas esculturas sobreviven en esta galería natural de la alta amazonia boliviana.
En la madrugada de esas pampas ubicadas en la frontera Cochabamba y Beni, junto a esa laguna, con amaneceres neblineados hay una islilla de pequeña dimensión, su forma es de crisálida, con palmeras de Motacú a un costado. Sobre estas aguas la isla se mueve, según conveniencia de batracios, de la profecía de las aves, de saurios, o, del humor del tiempo y los vientos. A esta isla la divina imaginación le otorgó mitos, leyendas, misterios, ya que está —siempre— en movimiento, como un barquito de papel, se traslada del naciente al poniente, del sur al norte. La isla se mueve, la laguna no. 
Sus aguas violetean en la mañana, al mediodía bullen a 100º de temperatura,  el espejo  negroide  se dilata y como sexo deseoso, ardoroso, penetra la selva virgen. Entonces… desde las concavidades oscuras, diamantinas, desde monte adentro emana una oloración vaginal drogando el ambiente con un poderoso narcótico que produce la convicción  “de lo que no se ve”.
En esta laguna egregia “las escenas del crepúsculo o del alba están pintadas de rojo bermellón, de pálida rosa, matizadas en púrpura blanca con algodones laminados en oro de 100 quilates”, escribe Levis Strauss. El reino del Enín no tiene murallas ni fronteras; tiene puentes colgantes que bajan y suben al paraíso. Es memoria original, este edén  huele a jazmín y a pasto cedrón. 
Sus aguas pobladas de palometas naranjas que chisporrotean hambrientas en las ondinas encantadas de la bella amazonia, aguas llenas de yacarés cuidando lumbres sagradas de la Isla  Encantada. Éste es el lugar de la elegía, del estupor, donde los ángeles están vestidos de almirantes contemplando el lóbrego atardecer insospechado. Hace siglos los jesuitas dejaron un círculo de esmerado enigma.
Cae la tarde, se enciende el fuego de la noche, aparecen figuras del sueño, los cocuyos se confunden con las tristezas, se convierten en lenguas que abrazan con sus fuegos nada fatuos el instante de la luz eterna y fugaz. Por las noches galopan caballos desbocados sobre la laguna que no tiene más de un metro de profundidad y 600 metros de longitud.  
También se escuchan carretones chillones que chirrían ejes de metal —¡da miedo!—, dicen los aventureros, hombres de madera y lejanía; montaraces con arma al cinto y aguardiente en la boca. De sus aguas de luto emergen piraguas con sacerdotes homicidas blandiendo machetes, buscan muchachas en flor para llevárselas en forma de almas a la Tierra sin Mal  
Doy crónica de esta navegación de la laguna de la antigua “Misión del San Xavier”, que da referencia el Explorador Alcides D’Orbigny cuando regresaba de su expedición (1832), visita de un año por las playas desiertas de lo que hoy es el departamento del Beni. 
De este escrito doy fe sentado  frente a este espejo de aguas y atardeceres en la juntura del río Chaparé e Ichilo, punto geográfico donde se forma  el rio Mamorecillo, precursor del Mamoré, depositario del Amazonas, también llamado por Vicente Yanes Pinzón como el “Rio de Santa María de la mar dulce”.

*Cineasta y poeta