Sus roles eran diferentes.

.Luis Oporto Ordóñez/Crónicas/

Paralelo al curso de la guerra, el Obispo Juan de Dios Bosque, primer presidente de la Cruz Roja Boliviana, organizó a las matronas de La Paz para reunir insumos para equipar las Ambulancias y bordaron un estandarte para el cuerpo y los enviaron al frente de guerra.

nta Ana procedentes de Italia, el 20 de enero de 1879, para atender a los heridos. “Por un rasgo de exquisita delicadeza, las señoras de la ambulancia “Arequipa” recibieron a nuestros heridos en las camas que de antemano les tenían preparadas. A la mañana siguiente, después de ayudar a la curación, procedieron a distribuirles la dieta y el vino obsequiado por el señor Valdez y a alistarlos del mejor modo posible para la continuación de nuestra marcha”.

Dalence recogió los nombres de Andrea Rioja de Bilbao, Ana M. de Dalence, María N. vda. de Meza y su hija Mercedes, que integraron el cuerpo de ambulancias, atendiendo a heridos, tomando a su cuenta “la lencería, la inspección de cocina y el aseo general de la ambulancia”. Vicenta Paredes Mier y Rosaura Rodríguez, llegaron desde Tocopilla luego de la invasión chilena, y pidieron ser enroladas en la ambulancia, siendo comisionadas como inspectora de cocina y cocinera respectivamente.

Ignacia Zeballos
Entre ese puñado de mujeres descolló la cruceña Ignacia Zeballos Taborga, quien llegó hasta el frente de guerra, para enrolarse como hermana de la ambulancia sedentaria y después fue transferida a la tercera ambulancia peruana. Su biografía es épica. Nació en La Enconada, Santa Cruz, municipio de Warnes, el 27 de junio de 1831. Contrajo matrimonio en dos ocasiones, enviudó en ambos casos. Luego del fallecimiento de su segundo marido, se trasladó a la ciudad de La Paz y se dedicó al oficio de costurera.
En torno a su figura, se entrelaza la historia y la leyenda. La historia documentada señala que Ignacia Zeballos residía en Puno cuando decidió acudir al llamado de la Patria. Su testimonio es revelador. El 10 de septiembre de 1880, le escribe al presidente Narciso Campero.

“Cuando se declaró la guerra de Chile contra nuestra desgraciada Patria, me vi obligada por el sentimiento nacional y amor al país, a salir de Puno hacia esta ciudad [La Paz] a ofrecer mis servicios al Gobierno supremo, con tal motivo me puse en marcha a Tacna, teatro de la guerra, donde serví al Ejército por diez meses sin retribución alguna. Después el general Camacho tuvo a bien asignarme un sueldo de 30 Bs. mensuales y más tarde el de 32 Bs. por haberme pasado a la ambulancia”.

Ignacia Zeballos había servido a la ambulancia del Ejército durante más de un año y medio, seis meses como voluntaria, tiempo que dejó un tesoro preciado en la ciudad peruana: “al presente, que hacen más de 16 meses que me he retirado de Puno, dejando una hija tierna, tengo necesidad de ir allí a recogerla y abonar los gastos que por ella hubiese hecho la familia a quien la recomendé. Con este fin pido por gracia especial y en atención a los servicios que tengo prestados al Ejército y que los prestaré que usted tenga la bondad de hacerme dar unos 300 Bs., con los que emprenderé mi viaje, para luego volver a mis tareas de la ambulancia”. El intendente de Policía, César Sevilla, entregó la suma con anticipación. El presidente Campero, el 13 de septiembre de 1880, instruyó: “páguese por la caja nacional la suma de doscientos cuarenta bolivianos, a buena cuenta de los haberes que ha devengado”. La orden, luego fue endosada a Lindaura Anzoátegui de Campero quien reembolsó al Intendente de Policía, la suma en efectivo, el 18 de ese mes.

La certidumbre histórica de su propio testimonio revela tres hechos hasta hoy desconocidos: a) Que en la época de la invasión del Litoral, residía en Puno (Perú); b) Que tenía una hija tierna, producto de su segundo matrimonio; y c) Que se identificaba como “viuda de Blan”.

La ‘Rabona’: aguerrida compañera, espía temeraria y cariñosa manceba
En Bolivia, las ‘rabonas’ bolivianas acompañaron a sus hombres al frente de batalla. Otro grupo de mujeres participó en el frente de guerra cumpliendo tareas en las ambulancias del Ejército, entre ellas destaca la figura de Ignacia Zeballos. La valiente y temeraria actuación de la niña Genoveva Ríos, rescató la tricolor nacional, en un heroico episodio. Finalmente, ante la ausencia forzada de los hombres, en el interior de la República, miles de mujeres quedaron a cargo del hogar y tomaron bajo su responsabilidad la organización de kermeses para la recaudación de fondos y trabajos de beneficencia.

¿Quiénes eran aquellas mujeres aguerridas, llamadas despectivamente ‘rabonas’? Joaquín de Lemoine, la caracteriza como “una mestiza, baja de estatura, de formas turgentes, facciones incorrectas, tez cobriza, cabellera de ébano, cortada al nivel de la nuca, y de tal modo desgreñada que suele cubrir su rostro pálido, ajado, como el velo de la viudedad, de la inocencia”, cuya vestimenta era muy llamativa: “azul, acampanada y corta pollera de bayeta, rebociño rojo, sostenido en el hombro por un topo (prendedor) de bronce; pañuelo de vivísimo color envuelto en la cabeza a la manera de un turbante turco o de coiffure de campesina napolitana; zapatilla rebajada”.

Se transportaban siguiendo a sus hombres, destinados a la carrera militar por largos años, algunos de por vida: “allá van cabalgadas en acémilas y asnos, llevando pendientes, tanto por detrás y por delante, como por uno y otro costado, útiles de cocina, comestibles, arreos harapientos de viaje, un niño de pechos a la espalda, un kepi en la cabeza, un fusil en la maleta, una fornitura en la cintura o una bayoneta en la mano”. Sus roles eran diversos. Servían como espías, haciendo labor de inteligencia, para advertir a su hombre de su destino, pero sobretodo, para atenderlo en su necesidad: “Han sido las primeras en saber el orden del día (…) Pero de lo que sí se cuidan es de tomar la delantera a las fuerzas militares, para esperar cada una su soldado respectivo en la jornada, con el desayuno formado de cuanto han podido plagiar en el camino. Rateras de oficio. Si se han demorado en la tarea, el soldado las castiga a golpes de sable, o si han andado listas, les da por premio su enfurruñado silencio.

Semeja a la negra esclava bajo el látigo del amo (…) Al primer toque de corneta continúa el ejército su marcha. La mujer besa la mano de su adorado tormento, y sigue tras él”. Eran, también, mancebas, amantes dispuestas a todo, prestas a saciar escondidos deseos en el vivac: “acurrucadas en el suelo, la cabeza empolvada, forman abigarrados grupos en torno de fogatas. Aquí un pabellón de armas; allí el cuadro que forma una banda de música tocando un aire militar a la luz de unos cuantos faroles, más allá un grupo de banderas. Enjambre de carpas distribuidas sin simetría. Los fogariles se apagan, y la oscuridad los reemplaza. Al toque del tambor batiente, el silencio desaloja al bullicio. La multitud (hombres y mujeres) revuelta se refugia bajo las alas del sueño, es un harem al aire libre, un serrallo sin eunucos. Y en premio de ello, si el rapto fue el principio de su amor, el abandono será el fin”.

Viudas de pos – guerra y mujeres de la élite
Hilaria Trujillo, vecina de Potosí, esposa del sargento 1° David Pardo del Batallón “Sucre” 2° de Línea, acompañó a su marido y lo asistió en el combate del Alto de la Alianza, donde aquel perdió la vida. La viuda se refugió en La Paz, donde llegó venciendo el desierto, e imploró mediante carta de 8 de julio de 1880, dirigida al ministro de Guerra, Belisario Salinas, “se le pague los sueldos devengados de su marido de los meses de marzo, abril y mayo”. El Ministro le pidió que demostrara su condición y ella identificó y rogó a los jefes del sargento Pardo que atestiguaran. Dignos militares declararon por escrito: “éste combatió en el Alto de la Alianza donde lo vio muerto tendido en el suelo. Hilaria Trujillo lo ha acompañado en toda la campaña y vivían hace muchos años ilícitamente, le consta que ésta es pobre y sin recursos de ninguna clase, y al mismo tiempo forastera y le consta que estuvo impago por sus haberes últimos”.

Luciana Lastra, natural de Potosí, viuda del cadete César Pimentel, acudió al Ministro de Guerra el 3 de julio de 1880, para solicitarle el pago de sueldos devengados de los meses de marzo, abril y mayo, afirmando que: “después de cinco años de servicio ininterrumpido a la Patria [el cadete César Pimentel] ha muerto en el combate que hubo lugar el 26 de mayo último en el campo de la Alianza, dejándome a mí en lejanas tierras y sin amparo alguno”. El comandante Ayoroa, suscribe el 9 de julio, que: “es justo el reclamo que hace la mujer de César Pimentel que murió en defensa de la Patria”. El sargento 2° Felipe Núñez, afirma que “la presentante lo ha acompañado al finado durante toda la campaña y en ella ha tenido dos hijos menores de edad”, hecho que el cura rector de la Catedral, presbítero Marcelino Ortiz, expide los certificados de bautismo de Mariano y Enrique. Ante la falta de respuesta, Luciana Lastra acude al presidente Narciso Campero. Con insensibilidad innombrable, el ministro Belisario Salinas, el 10 de agosto, “ordena que la ocurrente se haga discernir el cargo de curadora de menores”. La mujer acude al Juez Instructor, quien le otorga la calidad de curadora de menores. Finalmente, el presidente Campero ordena a la caja nacional se pague “el valor que arroja la liquidación”, el 15 de septiembre de 1880. Luciana Lastra, al igual que otras viudas de guerra, cobró la ínfima suma de 18.40 Bs.

Las esposas de los comandantes cobraban la tercera parte de los haberes de sus esposos, de manera expedita, como Adelaida de Camacho que recibió 80 Bs., o Paula Prieto, madre del comandante José Ruiz, a la que se autorizó entregar la suma de 150 Bs. El caso de Casimiro Corral, ministro plenipotenciario en Ecuador es ilustrativo, pues se le autorizó entregar a su esposa la suma de 100 Bs. mensuales.

Lujo y boato en medio del drama
En esos álgidos y turbulentos meses, luego de la derrota del Ejército Unido en el Campo de la Alianza, la poetisa Lindaura Anzoátegui, esposa del presidente Narciso Campero, se enfrascó en la remodelación del Palacio Quemado, que se encontraba en deplorable condición, adquiriendo enseres por Bs. 713.20, todo perfectamente documentado: “64 varas de tripe rizado (papel de pared), catre de fierro sin toldillo ni parrilla, otro ancho corona de metal, dos lavatorios de metal, dos cancel (uno de salón), cuatro caballetes y una tinajera, tres mesas de cabecera, una tetera de plaqué, 17 varas de género adamascado para mantel y servilletas, platos, copitas, vasos para agua, copas para vino (y otras, finas), tazas para caldo, para té, para café, frascos para agua, cuchillos, tenedores, cucharas, cucharillas y dos charolas….”. Acudió a casas importadoras en La Paz y contrató servicios de selectos artesanos: “El pintor Manuel Gálvez, los cerrajeros Carmelo Gutiérrez y Donato Calatayud, los carpinteros Antonio Osorio y Andrés Velásquez y el maestro albañil Vicente Herrera”.

El atribulado Presidente se vio en la necesidad de ordenar a la caja nacional el pago con la partida 9, del presupuesto general”, “Cuentas y comprobantes de los gastos extraordinarios de Palacio”, es decir, “gastos reservados”.

Fue una guerra en la que la mujer de campaña, la rabona, fue sometida a trato humillante, tanto en el campo de batalla como en la ciudad de La Paz. Similar trato recibieron las mujeres de las ambulancias del Ejército. Las mujeres de la élite percibían toda clase de beneficios. La esposa del Presidente, la poetisa Lindaura Anzoátegui de Campero, mostró una insensibilidad hacia sus congéneres y dedicó sus esfuerzos a atender cosas superfluas, banales.