Genio Foucault

Homero Carvalho Oliva *

A principios de los años ochenta, por fidelidad a mis lecturas marxistas, tenía ciertos prejuicios para leer libros que no fueran del universo de la acción política, y por eso me aproximé con cierto recelo a filósofos como Michel Foucault, Gilles Deleuze y otros. De pronto un día vi un libro titulado Las palabras y las cosas, una arqueología de las ciencias humanas, el título me atrajo de inmediato porque también andaba inmerso en el mundo de las palabras, atracción que se convirtió en provocación al leer, en la primera línea del prefacio, el contenido que había nacido de un texto de Jorge Luis Borges. 

Esta lectura fue un descubrimiento, que me hizo cuestionarme muchas de las supuestas certezas de mi joven existencia. Años más tarde, cuando leí los tomos de la Historia de la locura, también de Foucault, supe que estaba ante un extraordinario filósofo que no solo generaba pensamiento, sino que cuestionaba lo establecido en algunos campos, sin que esto contradiga necesariamente a los clásicos de la antigüedad, porque todo lo pasado ya forma parte de nuestro presente y construye al sujeto histórico: “No juzgar a nuestro pasado en nombre de una verdad que solo nuestro presente posee”, afirma Foucault. Después de leerlo me sentí un extraño en mi propia mente.
Con Foucault descubrí que la pretensión de totalidad carece de sustentación ontológica, porque el ser se funda en la diferencia y estas pueden ser infinitas. Así también pude ampliar mi pensamiento acerca de las lógicas del dominio como provenientes del saber y del lenguaje, ambas construcciones intelectuales nacidas al cobijo de una élite. Por eso Foucault afirma que pensar es poder, porque al pensar proyectamos el futuro planificando el devenir y que el poder está presente en todo, ya sea en las relaciones escolares, de amistad, de familia, sociales y/o gubernamentales, por supuesto. Y es en la política donde el poder encuentra su piedra de toque. Sin embargo, el poder también engendra su opuesto: la resistencia, lo que en la lógica andina vendría a ser la complementariedad de los opuestos. Esta concepción me ayudaría, años más tarde, en una autocrítica literaria, a escribir mí novela La maquinaria de los secretos, en la que abordo la perversa relación entre los omnímodos servicios secretos y la sociedad.

Acerca de El Quijote, Foucault afirma: “Don Quijote es la primera de las obras modernas, ya que se ve en ella la razón cruel de las identidades y de las diferencias, juguetear al infinito con los signos y las similitudes, porque en ella el lenguaje rompe su viejo parentesco con las cosas para penetrar en esta soberanía solitaria de la que ya no saldrá, en su ser abrupto, sino convertido en literatura; porque la semejanza entra allí en una época que es para ella la de la sinrazón y de la imaginación. (…) de allí proviene, sin duda, en la cultura occidental moderna, el enfrentamiento de la poesía y la locura. Pero no se trata ya del viejo tema platónico del delirio inspirado. Es la marca de una nueva experiencia del lenguaje y de las cosas (…) el poeta hace llegar la similitud hasta los signos que hablan de ella, el loco carga todos los signos con una semejanza que acaba por borrarlos. Así, los dos —uno en el borde exterior de nuestra cultura y el otro en lo más cercano a sus partes esenciales— están en esta “situación límite” —postura marginal y silueta profundamente arcaica— en la que sus palabras encuentran incesantemente su poder de extrañeza y el recurso de su impugnación. Entre ellos se ha abierto el espacio de un saber en el que, por una ruptura esencial en el mundo occidental, no se tratará ya de similitudes, sino de identidades y de diferencias”.

* Escritor y Poeta