RABONA 7

Jackeline Rojas Heredia

En la educación cívica recibida se enfatiza en la pérdida marítima, en aquellos héroes que sobresalieron durante su defensa, en fechas, personajes y hechos; sin embargo, quedaron relegados los soldados, sus historias y su camino hacia la batalla en compañía de sus familias.
Hace dos años impactó la noticia del hallazgo de los restos de un soldado peruano y dos bolivianos en Tacna, donde se libró la batalla del Alto de la Alianza, los que retornaron a sus países, en el caso de Bolivia a la ciudad de Sucre, y han propiciado el inicio de investigaciones de parte de historiadores en ambos países. 
Gustavo Rodríguez Ostria, economista e historiador y actual embajador de Bolivia en Perú, se dio a la tarea de indagar más sobre la identidad de los restos y sobre el batallón al que pertenecieron. Como resultado publicó, con el apoyo del Ministerio de Defensa del Estado Plurinacional, la obra Huéspedes Guerreros El Batallón Sucre en el Sur del Perú 1879-1880, en el que se hallan elementos para su estudio e historia. Uno es la existencia de las ‘Rabonas’, mujeres con un nexo sentimental con los soldados y sargentos, quienes con sus hijos los acompañaron en su recorrido rumbo a la batalla, en muchos casos rumbo a la muerte. La obra de Rodríguez, además de explicar la conformación de los batallones en el Ejército boliviano, menciona la importancia y el aporte de las mujeres.
“En el libro de Querejazu sobre la Guerra del Pacífico ya había visto fotografías de un grupo de mujeres, eran las ‘rabonas’.   Ellas podían estar antes o después de las batallas. Como en muchos casos hubo cierta invisibilidad sobre ellas, más en un escenario de guerra, entonces entendí que el Ejército boliviano que rechaza la invasión chilena era un ejército familiar, la tropa se desplazaba en un arenoso campo en el desierto del sur de Perú, hoy el norte de Chile, se desplazaba al son de la banda y al son de las guaguas, tenían que moverse en ese ritmo. Las ‘rabonas’ les proporcionaban comida, remendaban los uniformes, los curaban cuando caían heridos luego de una batalla, los amaban”, explicó el autor.
Contar con un ejército familiar en ese tiempo fue debido a la falta de logística o la falta de eso que se denomina ‘rancho’, donde se prepara una olla común para alimentar a todos los soldados. En el caso boliviano, el que carecía de ‘rabona’ estaba perdido. De ahí que el autor enfatiza en su importancia. “A cada soldado, oficial o sargento se le otorgaba una cantidad de dinero y con eso subsistían y compraban alimentos, entonces estas mujeres, que eran las ‘rabonas’, se daban modos todos los días para comprar y cocinar alimentos para sus hombres”.
El historiador explicó que sólo los mestizos e indígenas tenían sus ‘rabonas’, en el caso de los oficiales blancos no. Para estos últimos se puede decir que existían las ‘vivanderas’, otras mujeres que no necesariamente tenían un nexo afectivo, pero se encargaban de preparar alimentos y comercializarlos todos los días en medio de las tropas y campamento por campamento.
La obra describe los orígenes de los soldados que integraban los tres batallones de línea,  los Colorados (los más famosos históricamente) llevaron primero el nombre de Batallón Daza, luego Alianza y finalmente Rojos. Los uniformados de chaqueta amarilla pertenecieron al batallón Sucre, y los verdes se denominaron Illimani. Todos integraban el batallón de línea, que significa que eran profesionales que al estar de manera permanente en el seno del ejército recibían entrenamiento constante, a diferencia del resto de los soldados que fueron reclutados y voluntarios, que no tenían experiencia de combate porque en general eran artesanos. La obra hace énfasis especial en el apoyo que Bolivia le brindó a Perú, que revela el fuerte nexo de hermandad entre ambos. La mayor parte de las batallas con Chile se realizan en defensa del sur peruano. Rodríguez afirmó que no existe un balance sobre el número de bajas para Bolivia, lo que hay son estimaciones, y una de ellas es que posiblemente entre el 79 y 80 haya tenido 1.500 en las batallas de Pisagua, San Francisco, el de Tarapacá, en el Alto de la Alianza, en Tacna, e incluso en la defensa de Arica.
El autor también destacó en su obra la integración del batallón Loa, compuesto por bolivianos, particularmente del valle de Tarata (Cochabamba), que eran trabajadores y que habían ido a laburar en las salitreras peruanas cerca de Iquique, Pisagua. “Ni bien se produce la invasión chilena, estos trabajadores se enlistaron y se incorporaron al ejército peruano y después al boliviano”, dijo. 
En 183 páginas se hallan elementos que de un modo u otro sitúan al lector en el lugar de los hechos, en la historia de vidas y de familias bolivianas que no dudaron en participar por la defensa del mar, que lo atesoraron y “escucharon su llamado”. Historias de mujeres y de niños que nacieron en medio de esos enfrentamientos bélicos, en medio de meses de largos recorridos a pie para enfrentar a las tropas chilenas. En homenaje a las ‘rabonas’ existe un batallón en Oruro que lleva ese nombre, mujeres que también fueron presas con sus hombres y que permanecieron recluidas en Chile, otras que retornaron a Bolivia sólo con los hijos en brazos. Mujeres que los dejaban en el campo de batalla ni bien los cañones chilenos empezaban a tronar y que retornaban al campo a buscarlos, mujeres siempre presentes, invisibles e indispensables en la historia de Bolivia. Otra razón más para buscar la lectura de la obra Huéspedes Guerreros El Batallón Sucre en el Sur del Perú 1879-1880.
 

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