Por: Javier Reynaldo Delgadillo Andrade/

Hace no mucho tiempo, las autoridades políticas del país eran algo así como unos semidioses, que llegaban a las comunidades campesinas y a los barrios periurbanos, bajaban de sus autos, recibían un par de guirnaldas, mientras sus “guardaespaldas” apartaban a la muchedumbre a empujones porque “al honorable no le gusta que se le apeguen”.

Estas figuras endiosadas, figuretis de la palestra política, paseaban por las calles de la ciudad, detrás de los vidrios oscurecidos de sus autos oficiales que el Estado les facilitaba, por supuesto, mirando por la ventana la folklórica realidad de la población nacional, que trabajaba duro desde muy temprano hasta muy tarde para alcanzar a pagar el alquiler y la comida (mínimamente) para sus hijos e hijas.

Nunca recibían a nadie y si lo hacían se sentaban a la cabeza de una señorial mesa de reuniones, en sus oficinas amplias y bien calientes y con altanería exigían saber de qué se trataba la reunión, porque nunca tenían tiempo, especialmente para recibir a la plebe y discutir cosas tan superfluas como sus necesidades urgentes, cuando habían cuestiones de Estado muchísimo más importantes para tomar su tiempo.

No era tampoco que esos personajes tenían todo calculado y lo sabían todo. De hecho, en ese modelo de gestión política abundaban los cargos de “asesores” de las autoridades, que eran los que analizaban, ordenaban la información y “sugerían” la decisión “más correcta” para que esas figuritas del entorno político salgan frente a las cámaras a explicar las nuevas medidas en el ámbito político, como pretendiendo tener todo bajo control, a pesar de las dificultades que se encontraban a la vuelta de la esquina.

Luego llegó Evo. Y con él, se comenzó a cambiar la manera de ser autoridad y Servidor Público. Esa gestión mucho más cercana al pueblo, la posibilidad de sentarse en la misma mesa con el Presidente, de escucharlo, pero además de hacerse escuchar con él, de sacarse un par de fotos y entregarle en mano propia, el listado de todas las necesidades que tiene mi comunidad, mi barrio, mi pueblo, hicieron de su gestión la más sostenida y sostenible en términos políticos, porque se basaba justamente en esa relación cercana y horizontal con la gente que vive el país de manera diaria.

Con Evo vino una camada de nuevas autoridades que, a instrucción directa del Presidente, generó conexiones y vínculos directos con organizaciones civiles, campesinas e indígenas, que ayudaban a ordenar, priorizar, profundizar y en varios casos ajustar políticas públicas que de otro modo hubieran quedado en “evaluaciones técnicas expost” que puntualizaban melancólicamente aquellas cosas que no funcionaron por falta de conexión con la realidad.

Aquella distancia, la de aquellas figuras políticas de antaño con la gente de a pie, había quedado como un ejercicio de la vieja política burguesa, que pretendía generar apegos en la idea de “ser mejores” que los demás. Así se lo propuso y se consolidó en la Nueva Constitución Política del Estado, en 2009.

Ahí se puso claramente la necesidad de que los actores políticos, y las y los servidores públicos en general, mantengan esa conexión permanente con las necesidades de las mayorías y que, a partir de esa relación, se generen políticas públicas que respondan de manera efectiva y directa a mejorarle la calidad de vida de la gente.

Pero esos almidonados y encorbatados actores políticos de antaño no desaparecieron. Se camuflaron. Cambiaron la corbata por el look de moda (el que por cierto, ya había impuesto, sin querer, Evo y su entorno) e intentaron “bajar un poco al pueblo”, como parte de su estrategia de recuperar su posición y sus privilegios, perdidos precisamente por la acción popular cercana a su gobierno.

Después vino el golpe de Estado, en 2019. Se rompieron los conductos constitucionales y se impuso un gobierno que, bajo la excusa de llevar paz, reposicionó aquella manera de hacer política y ser político. Ya no existía conexión con la gente. Las autoridades ya no recibían a la población o si lo hacían, se empeñaban en hacer notar que ellos (las nuevas autoridades) eran personas más importantes y, por tanto, no tenían tiempo para perder en reuniones con la gente de a pie. Se había vuelto a posicionar aquella vieja manera de hacer política, en cuatro paredes, ajena a la realidad del país.

Por suerte, esa realidad duró bastante poco y en 2020 el presidente Arce pudo volver a posicionar aquella manera de hacer política que habíamos aprendido de Evo. Se habían vuelto a abrir las puertas de la Casa del Pueblo para el pueblo.

Pero algunos actorcillos políticos que habían quedado de la gestión de facto, se habían reacomodado (ágiles en esas lides, debemos reconocerlo) en otras posiciones, producto precisamente de un proceso transparente y democrático de las elecciones. Es el caso de cierto Asambleísta Departamental en La Paz, que ha ejercido como autoridad en el gobierno de facto y que ha logrado camuflarse en una agrupación ciudadana, para acceder a un cargo público, producto precisamente de un proceso eleccionario transparente y altamente participativo, pero que sigue creyendo que su posición le entrega algún tipo de superpoderes y estatus diferente a las demás personas de este país, y piensa que producto de su posición puede denigrar a ciudadanas y ciudadanos paceños, alardeando conocimientos que, se nota, aún no tiene por completo, tratando mal a gente humilde, pensando que este tiempo es el mismo en el que él fue autoridad de un ejecutivo de ruptura constitucional, cuando ya hemos demostrado (se lo ha hecho justo frente a él) que el tiempo de los privilegios políticos ha quedado en el pasado.

El país, la gente de nuestra tierra, necesita gente que esté a la altura de la construcción histórica de nuestro nuevo tiempo, reconociendo que (tal como se pregona en nuestra Constitución Política del Estado y en las enseñanzas de nuestros pueblos) ser autoridad es una responsabilidad de entregarle a la comunidad algo de lo que ella nos ha dado y que la humildad es una virtud imprescindible para ser “un buen político”, que al final del día es una manera más de ser Servidor Público.