Pacientes COVID-19 dados de alta en el hospital La Portada, en La Paz. Foto: AMN

Gabriela Ramos/Bolivia Digital

Cuando un paciente recibe el diagnóstico positivo para el coronavirus (COVID-19) ingresa en un estado de depresión. Sin embargo, esta tristeza no es motivada por el miedo a morir debido a la enfermedad, sino por la discriminación y represalias que su entorno, comunidad o vecinos puedan tomar en contra suya, explicó Mónica Sea, directora del hospital Luis Uría de Oliva, de la Caja Nacional de Salud (CNS) y médica tratante en la primera línea de lucha contra la pandemia.

“El estado de ánimo de la mayoría de los pacientes que hemos internado es depresivo, pero no tanto por el virus como tal, sino por la repercusión que tiene la enfermedad en su entorno. Hemos visto que hay mucho rechazo en la sociedad, la gente empieza a juzgar y de pronto el paciente se convierte en un tabú, como si fuera lo peor que pudiera haber en el mundo. Pasa lo mismo que en la época de la tuberculosis cuando tener esa enfermedad era lo peor”, señaló la galena.  

Sea relató que tuvo casos lamentables de pacientes que fueron estigmatizados por su entorno. Incluso mencionó el caso de una persona que vive en el área rural, cuya familia fue relegada y juzgada cuando la gente se enteró que estaba contagiado con coronavirus. Incluso esta persona y sus familiares fueron prohibidos de ingresar a su vivienda.

En la historia de la humanidad existen muchos antecedentes de enfermedades que motivaron el estigma de la sociedad hacia sus portadores, tal es el caso de la lepra, la tuberculosis o el Virus de Inmunodeficiencia Adquirida (VIH).

Cuando se confirmaron los primeros dos casos de coronavirus en Bolivia, ciertos sectores de la población reaccionaron de manera discriminadora con las dos pacientes que habían contraído la enfermedad. En el caso de la paciente cero en Oruro, una vez conocido el diagnóstico, en redes sociales se vieron mensajes en los que se convocaba a atacar su vivienda.

En Santa Cruz también hubo represalias contra la familia de la paciente cero, originaria del municipio de San Carlos. Además, que la mujer tuvo que peregrinar por más de cinco centros de salud, ya que vecinos de estos recintos bloqueaban el paso para evitar que sea atendida, sus hijos fueron aislados y denunciaron que los pobladores del lugar ni siquiera querían venderle alimentos y mucho menos acercarse a su vivienda.

Debido a estas situaciones el Gobierno decidió guardar en reserva la identidad de los pacientes infectados, debido a que eran objeto de estigmatizaciones por la enfermedad, que causa pánico a nivel mundial por su alto nivel de contagio, los efectos devastadores que tiene en algunos organismos, pues causa la muerte en ciertos pacientes.

A esto se suma la falta de certezas científicas, toda vez que el virus es nuevo y no se realizaron investigaciones que den cuenta de su naturaleza, indicó la doctora Sea.

“Cuando comencé a presentar los síntomas mi familia no quería que la ambulancia me venga a recoger a la casa, tenía miedo de que la gente, que nuestros vecinos se enteren de que tengo la enfermedad y nos juzgue”, contó Mario (nombre convencional, para proteger su identidad), paciente con COVID-19 en La Paz.

El hombre es vecino de una zona paceña y cree que se contagió en el mercado, cuando acudió a abastecerse, los primeros días de la cuarentena.

“Aunque las vendedoras trataron de organizar el mercado con el distanciamiento social, los compradores se aglomeraron igual. Yo me acuerdo que escuchaba gente toser a mi alrededor, y por eso creo que ahí me contagié, yo no fui a buscar la enfermedad, estaba con barbijo, no fue mi culpa, pero la gente no piensa de ese modo”, señaló.

Mario está en constante contacto con su familia y revela que cuando la ambulancia fue a recogerlo para internarlo, sus vecinos lo vieron desde sus ventanas. Su esposa le contó que los días posteriores advirtió actitudes como que la gente evitaba pasar por su acera y que vigilaban los movimientos en la casa.  

“Tal vez estamos susceptibles, pero tenemos ese miedo, que la gente nos aísle porque piense que los vamos a contagiar, es que hay mucho miedo por lo que se dice de la enfermedad, pero en realidad si uno cumple las indicaciones que dan las autoridades puede estar seguro, sin embargo, la ignorancia y falta de información hace que las personas actúen de ese modo”, expresó.

La doctora Sea ratificó los miedos de Mario, pues tiene reportes de pacientes, cuyas familias fueron juzgadas por sus vecinos y exhortó a la gente a cambiar porque la presión social contra los enfermos provoca que estos estén “superconflictuados por las consecuencias que pueden ocasionar a sus seres queridos. Esta gente no hizo nada malo, no tiene nada de malo tener coronavirus”.

La directora del hospital Luis Uria exhortó a la gente a cambiar y actuar con lógica pues mientras relegan y discriminan a los enfermos de coronavirus no respetan la cuarentena, acción que puede derivar en que se infecten con el virus.

“La enfermedad mata, es cierto, la enfermedad es supercontagiosa, pero el paciente no tiene la culpa de haberla adquirido. Sin embargo, parece que la gente no le tiene miedo a la enfermedad, pero si discrimina”, lamentó.

Historias de estigmas por una enfermedad

La lepra acompaña a la humanidad hace más de 4.000 años. Es mencionada incluso en el Antiguo Testamento, libro que cuenta que quienes padecían el mal, característico por unas llagas que afectan la piel del paciente, eran alejados de la comunidad.

En la historia destacan medidas como la asumida en España, el 1909, que establecía la necesidad de que se excluya a los leprosos (como se denominaba a los portadores del mal), y se los confine en leproserías.

La tuberculosis es otra de las patologías que motiva la segregación de sus portadores. La organización Médicos Sin Fronteras, publicó un reportaje que recogía las historias de cinco personas enfermas con tuberculosis en Bielorrusia, y que estaban condenados a la soledad dentro del centro de tratamiento especializado al que fueron confinados.

Los testimonios dan cuenta familiares y amigos que les dieron la espalda, por miedo a contagiarse, también familias separadas, situación que repercute de manera negativa en el estado emocional de los pacientes, que están en la lucha por superar el mal.  

Otro caso es el del VIH, que en la década de los 80 era considerada una enfermedad nueva, cuya información era poca y no aportaba certezas, pero que también causó pánico entre la gente, pues en un principio pensaban que sólo afectaba a homosexuales y drogadictos. Tampoco estaban claras las vías de transmisión por lo que hubo registros de médicos que se negaron a atender a quienes padecían el mal. Aun en la actualidad los portadores de este virus, deben vivir con el estigma y reciben malos tratos del personal médico, según recoge el reportaje publicado por el medio mexicano El Universal, denominado “el estigma del VIH”.

Un paciente con tuberculosis permanece solo en la habitación de una centro de atención para personas con esta enfermedad.
Foto: Médicos Sin Fronteras.