Plaza san pedro

Homero Carvalho Oliva*

Llegué a La Paz siendo niño, desde Santa Ana del Yacuma, en un avión de los que transportaban carne, un vejestorio de la Segunda Guerra Mundial que, en ese entonces, para mí, fue un prodigio de la tecnología. Nunca jamás podré olvidar la sensación de asombro y sobrecogimiento que significó mirar la montaña helada que se repite tres veces en su hermosura y la importancia de su imponente presencia en mi vida. 
La imagen de la ciudad sumergida en la hoyada se quedaría para siempre en mi corazón, fue ver territorio mágico que albergaría mi pequeña humanidad. No me equivoqué, amo la ciudad que me formó.
Durante mi larga estadía en la ciudad de Nuestra Señora de La Paz de Ayacucho, Chuquiago Marka, hice muchas amistades, algunas de ellas las conservo hasta hoy y seguramente hasta siempre. 
Vivía en un barrio paceño tradicional, San Pedro, un barrio que lo tiene todo: el mercado Rodríguez, ferreterías, colegios, farmacias e incluso la cárcel más famosa de Bolivia: El panóptico, lugar en el que se han filmado películas y documentales. 
El 29 de junio, fiesta de los apóstoles San Pedro y San Pablo, el barrio se convertía en un pueblo dentro de la ciudad y se armaba una feria con sacasuertes y gitanas incluidas. Era una fiesta hermosa que nos congregaba a propios y extraños.
Yo vivía en la calle Almirante Grau # 657, entre Boquerón y Bartolina Sisa; esa calle fue para mí el mundo conocido durante muchos años. La calle era nuestra y nos adueñamos de un garaje donde nos juntábamos con Raúl ‘Pitín’ Gómez, Freddy ‘Pachuli’ Valda, Guido Criales y Marcelo ‘Nawa’ Delgado; si bien había otros amigos, ésta era la banda estable. Ahí jugábamos fulbito; por cierto, era un pésimo arquero. 
Tuvimos una adolescencia típica de barrio, de esas que ya no se dan hoy en día; hablábamos de superhéroes, de chicas, de autos y fútbol, así como de la radionovela Kalimán. Mis hermanas, Alcira y María Edith, eran mayores y no se mezclaban con nosotros; compartíamos con Mónica y Viviana, las encantadoramente bellas hermanas de ‘Pitín’; con Patricia, hermana de ‘Pachuli’, tan hermosa como sus grandes ojos, y Geovanna, la dinámica y guapa hermana de ‘Nawa’. Un poco más arriba vivían Delma Mattaz y Carmen Arnez, dos beldades tempranas que nos hacían suspirar. 
En la calle Bartolina Sisa estaba la casa de los hermanos Ortuño, Fidel y Efraín, celosos de su preciosa hermana que yo veía pasar encandilado. 
Por la plaza del barrio, coronada por una imponente iglesia colonial, más indígena que española, residía mi compañero de curso Arturo Costas y su hermano Ricardo, cuyos padres son inolvidables para mí. Arturo intentó, inútilmente, enseñarme a tocar guitarra. La plaza en sí misma es una historia, había de todo: revisterías para alquiler o canje, helados de canela y chicha de maní, y el famoso Davico, que hacía de las suyas con nuestros juguetes o revistas. Por la calle Yacuma nos esperaba un rebelde, Fernando Dávila. 
Pasaron los años, cada quien tomó su camino. Y en la calle Colón las preciosas hermanitas Arandia. Perdón si me he olvidado de alguien, ya soy viejo y estas cosas pasan. Algunos viven en el extranjero, yo me mudé de ciudad y ahora vivo en Santa Cruz. Si La Paz fue mi primer amor urbano, la capital cruceña es el último.
En los años 70 formé parte de dos grupos que eran remedos de pandillas juveniles: los Black Power y los Huesos Negros; usé el pelo largo y negras chamarras de cuero, y por supuesto que escuchaba, entre otros, a Jim Morrison, Deep Purple y Pink Floyd interpretando sus mejores piezas. Recorrí un par de veces el Camino del Inca, el Takesi; me enamoré a los 14 años de una niña de largos cabellos lacios que pasaba por mi casa y de una monja del colegio María Auxiliadora, soñaba con declararle mi amor en un confesionario, nunca lo hice y creo que ésa es mi mayor frustración. 
Estando en la universidad tuve otros amores inolvidables, que ahora recuerdo con mucha ternura.
En la UMSA me metí en política y conocí a otros amigos, caí preso por participar en la histórica huelga de hambre iniciada por Domitila Chungara y otras mujeres mineras; salí al exilio en la dictadura de García Meza. En esos años descubrí mi vocación literaria y, gracias a la Divinidad, nunca me ha abandonado, pese a que le he sido infiel. 
Me casé dos veces, tengo tres hermosos hijos. Años más tarde, cumpliendo una promesa que le había hecho a mi madre, de salir profesional, obtuve el título de licenciado en derecho, con el que me gano la vida brindando cátedras en universidades privadas. 
A la mayoría de los amigos de San Pedro, mi barrio, los he ido encontrando en el Facebook, para eso sirve esta red social, aunque nos robe nuestros datos personales y los use para cosas oscuras. 
Este texto es para todos y todas ellas; quiero que sepan que los amo y que los extraño, que tengo nostalgia de nuestra calle, de nuestro barrio, saudades de las aventuras que pasamos juntos. Les prometí escribir una novela acerca de esos feroces y juveniles años entre dictaduras y no lo he olvidado, sé que las promesas se cumplen y tengan la certeza de que este relato es parte de ese libro que ya lo inicié con mis recuerdos aún dispersos.

*Escritor, poeta y gestor cultural