Paisaje Benjamín Palencia

Aitor Arjol (*)

Cuando en cualquier libro de texto, prólogo, epílogo, fragmento o artículo se refieren a los campos de Castilla, todavía estamos a punto de preguntarnos dónde queda eso. En qué lugar del corazón. En qué quebradas. Si es un punto de la cordillera andina. Si es una chacra mal trabajada. O el nombre que le dio a su última cerámica un artesano imaginario por el color bermejo y solitario del barro.
Supongamos que soy uno de esos tranquilos residentes en un pueblo rodeado de oteros, campos poco o mal labrados, y donde solo suena la cachaba de algún enredado anciano. El sol de la tarde cae sobre mi escritorio como si se tratara del rayo de Zeus. El campo está silencioso. Veo Villamuriel a través de la ventana. Ése es su pueblo. Cerca de Palencia. Cerca de Venta de Baños. A tiro de piedra de Dueñas. No muy lejos de la asonada del Cerrato. Desde allí se huelen Magaz, Villamediana, Amusco, Palencia o las primeras estribaciones burgalesas allá por Castrojeriz, Villaquirán de los Infantes o Carrión de los Condes.
Son esos paisajes los que nos unen de todos a alguna forma. A los que nacimos aquí por una cuestión de lógica identidad, casi la más profunda por no decir la más, porque es donde nuestra madre, voluntaria o indirectamente nos quiso parir, así como nuestros abuelos y demás parentela. Y a los que son de fuera, les queda que la naturaleza pinte un matiz diferente y tengan la curiosidad de meterse en la piel del paisaje que no les ha parido pero que está ahí.
Basta que el paisaje sea un poco más violento, valiente, seco, apacible, amoroso, acogedor, crítico, amargo, salado, nefasto, vivo, muerto, recogido, solitario o desolador para que nos embargue con sus sentimientos. Basta con que el paisaje esté vivo. Y un paisaje está vivo siempre, más que nosotros, y más permanece si nos unimos a él. 
Cuando nosotros morimos, nos vamos al carajo, fenecemos, fallecemos, nos come la mugre, vamos al cielo, nos transformamos en la energía de la que se alimenta un cedro o abrazamos de nuevo al ser querido que nos precedió en esa ruta existencial, nos devolvemos al paisaje o éste hace que regresemos con los huesos al mismo lecho.
En ese conglomerado de sentimientos, los campos de Castilla son como una de las infinitas órbitas a las que pertenecemos, es una de las mías, del que firma estas letras. Están hechos de desolación. De ventanas deshabitadas. De un despoblamiento masivo. De caminos intensos. De larguísimos latifundios. De corrales en ruinas. De encinas siniestras. De cárcavas profundas y lineales. De festejos donde se vuelven a reunir oficios y familias. De pueblos tan diminutos como un costal. De riberas angostas y abrazadas a los ríos por donde fluyen las corrientes del silencio hacia el mar. Amores del Duero. Clamores del Pisuerga. Mansedumbre del Arlanza.
Así son los campos que el poeta Antonio Machado cantó en innumerables ocasiones, hasta dotarlos de esa característica que hace que el mensaje de una poesía no pierda actualidad: inmanencia. Pero estos campos de Castilla mantienen intactos muchos de estos adverbios. También desvelo. Tristeza. Emoción. Acompañamiento. Amor. Hogares. Chimeneas. Olvido. Y quién cómo los manifestantes del quehacer artístico han sabido transmitirnos su esencia, más allá de unos ojos que parece que no disponen del tiempo necesario para detenerse.
Benjamín Palencia fue otro de los poetas que retrató con exactitud los campos de Castilla, pero a diferencia de Antonio Machado, no escribió aquello de “caminante no hay camino, se hace camino al andar”, sino que transmitió la dureza del abandonado a través del trazo de sus pinceles. 
El pintor de los campos de Castilla, de aquellos paisajes y pueblos donde es común ocuparse de un viejo bar, tal vez el único existente en el municipio, para servir copas, cafés y algunas viandas más a los ancianos que alegran el lugar. La versión al óleo de los versos de Antonio Machado. Un potente colorido. Un amarillo tenaz. Un caótico verde oscuro. Un contundente marrón claro. Una soledad azulada. Un blanco atenazado. Los paisajes abundan tanto como las personas.
Sobre el Autor
Aitor Arjol Bermejo (Bilbao, 1975), poeta, comunicador y abogado. Nació un 18 de julio de 1975 en Bilbao (País Vasco, España). La brújula y los vientos le llevaron a residir en Ecuador en marzo de 2004. 
Desde entonces, son casi trece años entre idas y vueltas con una multiplicidad de trabajos como asesor de políticas públicas, abogado, docente de lengua y literatura, tallerista, colaborador en medios y generador de diferentes proyectos en el ámbito de la gestión cultural. 

(*) Escritor y abogado español

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