Fotos: Jorge Mamani

Estéfani Huiza Fernández /

Roberto cuenta que desde niño su abuela le enseñó que los colores vivos ahuyentan a los malos espíritus y los obliga a permanecer en la oscuridad. Un día, motivado por las enseñanzas de su awicha (abuela), creó sus propios pigmentos y otro universo se creaba en los lienzos que pintaba, uno de lunas moradas, estrellas naranjas, montañas verdes, un mundo multicolor protegido y bendecido por la Pachamama.

Cuando los primeros rayos de sol posan sobre las montañas del altiplano hacia el horizonte, Roberto Mamani Mamani se convierte en un altivo cóndor que sobrevuela el alaxpacha (cielo). Expande sus alas y planea sobre la ciudad, recorre todo el altiplano y los mantos blancos de los nevados.

Hacia el mediodía se despoja de su ego, entonces tiene que luchar contra su vanidad, adopta en ese instante la figura de un chachapuma (aquel que se desprende del yo). En la noche, al unísono de la luna y las estrellas es un Katari (agua que fluye) que se adentra por la ciudad para compartir los placeres y las desdichas que genera la oscuridad.

Juana Mamani tejía y leía la hoja de coca, sus vecinos la conocían como la awicha de Chualluma, no necesitaba mucho para vivir, tenía una modesta casita, estaba conectada con la naturaleza, bailaba cuando cosechaba y cultivaba varios de sus alimentos en el patio de su casa. Desde las laderas de esa localidad situada en la ciudad de La Paz todas las tardes cargaba al hombro a su nieto Roberto, tomaba un puñado de la hoja sagrada, se lo metía a la boca, miraba el Illimani y empezaba a levitar, se conectaba con los Apus (montañas sagradas), con sus ancestros quienes parecían responder en ese silencio que casi nadie sabe oír.

Era un encuentro mágico, pero no fortuito, para la awicha nada era casualidad.

La sabiduría aymara, como varias culturas ancestrales en el mundo, tiene como sustento conceptual la conexión de todo lo que existe en el planeta. Las personas están destinadas, unas a otras, junto a la naturaleza, los animales y los seres de abajo, son como hilos que se entretejen entre sí. Juana creía que si se rompía ese orden habría caos, daños a la ecología y desastres.

Ese momento, en el que Juana se conectaba con los Apus, quedó en la memoria de aquel pequeño niño que, al igual que su abuela, miraba las montañas con respeto y fe. La awicha fue la guía e inspiración en las obras de Roberto Mamani Mamani, ella le enseñó a crear colores con los pigmentos naturales que utilizan las tejedoras. Le inculcó el amor y la gratitud por la Pachamama, pero sobre todo a no tener miedo a los colores vivos ya que éstos “ahuyentan a los malos espíritus”.

“Pintaba con el carbón de mi madre y mi abuela sobre papel periódico, para mí ese material es noble, porque fue así como empecé con mi arte. Después de un tiempo recién comencé a darle color a mis trabajos. construí mis propios materiales, con los ovillos, tintes, grasas y aceites”, cuenta el artista.

AMOR PROHIBIDO

“Soy fruto de un amor prohibido”, dice Roberto Mamani Mamani al ser consultado sobre las circunstancias de su nacimiento. Su mamá, Angélica Mamani es de Tiwanaku y su papá, Ángel Mamani de Puerto Acosta, por las costumbres y creencias de cada familia les estaba prohibida su unión, pero ambos decidieron continuar con su amor pese a todo. Fruto de ese cariño intenso nació Roberto, el primer hijo de esa pasión que los obligó a huir a Cochabamba, Potosí, Oruro, Sucre y luego La Paz. 

El artista recuerda que sus padres vendían papitas fritas y maní tostado en las populosas ferias cochabambinas para sustentar a su familia.  Al emprendimiento se sumaron sus dos hijos conforme crecían. Los Mamani visitaban varias ferias culturales para ofrecer sus productos, fue así como Roberto convivía con el arte, la música y todas las expresiones culturales casi a diario.

El artista considera que gracias a que creció en las calles, junto a comerciantes que cada día luchan por salir adelante, es que aprendió a valorar la riqueza que sólo sabe dar la felicidad. “Recuerdo que tuve una infancia feliz”, agrega.

EL LLAMADO DE LOS APUS

Mamani Mamani creció rodeado de animales, oía cada mañana el canto de los pájaros que se posaban sobre la calamina de su cuarto. Ese fue su primer llamado, aquellas aves que escucha desde niño y que sus papás decían que anunciaban la llegada de algún familiar, el presagio se cumplía poco tiempo después, eso le parecía mágico. Quizá por ese motivo califica a su pintura como “realismo mágico”.

La segunda vez que sintió el llamado de los colores fue cuando se conectó con la Pachamama a través de las hojas de coca que su abuela leía. La awicha sabía que su nieto era el portador de los colores, destinado a llevar por el mundo los símbolos y códigos de su cultura. El tercer llamado lo descubre cuando recupera su apellido Mamani, mediante ese acto refuerza su identidad aymara y de esta manera se apropia de las tradiciones, creencias y refuerza su identidad.

“Mi abuela decía que los dioses me llamaron para que lleve los colores, que para mí representan la alegría de la vida. En mis obras se encuentran los diferentes símbolos y códigos que se representan en el agua, rayo, la chacana, las constelaciones andinas, pero la esencia de mis obras es el color”, explica el artista.

VIVIR A COLORES

“A esta vida hemos venido a ser felices a colores, yo miro a colores, respiro a colores, sueño a colores, seguramente mi sangre es a colores”, dice Roberto con una sonrisa que poco a poco se pierde al recordar que nada es eterno.

“Le estoy ganando tiempo al tiempo, los años no pasan en vano, pero a esta vida le estoy sacando mucho”, dice mientras recorre su taller, en su mirada se nota un aire de melancolía. De pronto las luces se apagan, “son los fantasmas de la casa”, expresa, se pierde por un momento y luego agrega: “Quiero dejar obras, murales para cada lugar donde he caminado”.

Mamani Mamani cuenta que quiere dejar un legado a las nuevas generaciones, por eso creó la Fundación Artístico Cultural que lleva sus dos apellidos. La organización está orientada a informar, concientizar y realizar acciones que tienen el propósito de fortalecer el espíritu creativo y humano de niños, niñas y jóvenes, desde el reconocimiento de las diversas realidades sociales.

El artista cree con firmeza que no sería el máximo representante del arte boliviano en el mundo si no hubiese nacido en las tierras sagradas de los andes. Su espíritu artístico lo obliga a crear ya sea pinturas, esculturas, ropa, incluso compone en sus ratos libres alguna que otra morenada.

“Achachi, karachi del lago sagrado soy, las chinas sirenas enamoradas del Mamani están, achachi karachi(…)”, canta y añade que el próximo paso es sacar un disco de morenadas.