A mediados del siglo pasado, después del triunfo de la revolución nacional encabezada por el MNR, el país volcó su mirada hacia una región hasta entonces abandonada y en la cual se podía apreciar un enorme potencial que dio lugar a la llamada marcha al oriente boliviano.

Fue entonces que, bajo el nombre de colonizadores, contingentes numerosos de bolivianos del ande y los valles se fueron a poblar las ubérrimas regiones orientales, llevando consigo la esperanza y la ilusión de ampliar la frontera real de nuestro país y aportar al desarrollo boliviano. Allí, durante siglos ya habían estado habitando y trabajando muchos pueblos de tierras bajas, con su cultura e idioma, que recibieron con los brazos abiertos a quienes llegaban a estas zonas hasta entonces desconocidas casi por completo para el Estado y los Gobiernos que pasaron por el Palacio hasta ese entonces.

Posteriormente, con la llegada de las dictaduras militares en las siguientes dos décadas, la migración hacia esas zonas tuvo un cambio de origen, se privilegió la llegada de extranjeros con la misma calidad de inmigrantes, pero desde luego en condiciones diferentes a la de nuestros colonizadores.

El Banco del Estado, el Banco Agrícola y muchos otros proyectos fueron establecidos desde el Estado para favorecer a los migrantes, desde luego en mayor medida a quienes vinieron de fuera de nuestras fronteras y así se fue consolidando una fuerte división clasista y conformando una élite o burguesía oriental, principalmente dedicada al comercio importador y al agronegocio.

Durante el septenio dictatorial banzerista, cuando Santa Cruz empezó a tomar un aspecto urbano y a desarrollar actividades económicas cada vez más importantes, también la burguesía colla empezó a instalarse en la región oriental, consciente del enorme potencial que ofrecía la zona en franco crecimiento y de las facilidades que otorgó el gobierno de facto a estos empresarios criollos que fueron a sumarse a esa naciente oligarquía cruceña.

Logias, fraternidades, comparsas carnavaleras, clubes sociales y deportivos empezaron a surgir en la pujante ciudad como mecanismos destinados al control del poder económico y político. Ahí fue donde se consolidó la idea racista y discriminadora de que ellos eran los cruceños (los extranjeros y los criollos de occidente) y que los otros (quechuas y aymaras), aunque hubiesen llegado antes a esas tierras y hubiesen puesto mayor esfuerzo y trabajo en hacer de Santa Cruz lo que es ahora, serían por siempre forasteros.

Esa idea se ha internalizado en las nuevas generaciones. Hijos de collas o extranjeros, empresarios, blancos y de apellidos foráneos, nacidos en Santa Cruz, son los verdaderos cruceños. Crearon una narrativa especial de tradición y cultura cruceña y se apropiaron de ella, despojando de su patrimonio a quienes habitaron esas tierras desde tiempos inmemoriales, a los pueblos indígenas a los que ni siquiera los consideran como personas sino para fines turísticos. Se apropiaron también de sus tierras, así como las tierras del Estado y se hicieron dueños gracias a las dádivas dictatoriales banzeristas.

Pero todos sabemos, incluidos ellos mismos, aunque jamás vayan a aceptarlo públicamente, que Santa Cruz es Bolivia y que los únicos dueños del departamento de Santa Cruz somos todos y todas las bolivianas, como somos dueños de los nueve departamentos que integran nuestra patria, unidos todos, trabajando por un futuro mejor para todos.

Santa Cruz es de Bolivia y los cruceños son bolivianos, como los paceños, tarijeños, potosinos, orureños, chuquisaqueños, cochabambinos, benianos y pandinos, somos todos bolivianos y no podemos ni debemos aceptar que ningún grupo, de ninguna naturaleza, bajo ningún motivo, quiera apropiarse de un solo metro cuadrado de nuestro territorio. Los bolivianos somos dueños de nuestros nueve departamentos, de todo nuestro territorio.