David Foronda H.

En un libro de mí autoría, escrito hace varios años ―recientemente publicado en nuestro medio― hablo del persistente uso de barbijos en las calles como algo normal por parte de mucha gente, en el último tiempo, hecho que no dejaba de llamar la atención.

Antes de proseguir debo decirle que no estoy hablando de cosas de agoreros, tratándose por el contrario de una simple deducción lógica. Al respecto esto es lo que señala el párrafo pertinente de dicha novela:

“El tiempo, aliado o enemigo nuestro, aparentaba ser así un abrumador círculo vicioso donde lo cotidiano y rutinario se repite una y otra vez bajo el influjo de las estaciones y los astros, en una eternidad cuyo límite jamás nadie podrá conocer. Tal realidad me hacía exclamar: a Dios gracias, yo he vivido las mejores épocas, tiempos placenteros en los que todo fue solaz, en un ambiente que invitaba a desplazarse apreciando seguridad, mientras hoy se camina en la vía pública con barbijos que más parecen una especie de bozales que otra cosa, por la tan temida contaminación ambiental, las enfermedades raras que acechan al género humano y los virus de diversa naturaleza que pululan en el aire”.

A la vez destaco “penosamente» que para lamento de todos seguirá creciendo ese gigantesco círculo vicioso, por ende, los ciclos de las “persecuciones sociales” no cesarán, siendo que por el contrario se corre el riesgo de que se profundicen más, y quienes deben hacerlas cumplir lo harán esgrimiendo y utilizando el garrote o las armas.

Obrarían de la siguiente brutal manera: no permitirían las disensiones, cada vez exigirían pagar impuestos más y más altos, de todo y por nada; la fuerza de los grupos de poder se instituiría como la punta de lanza para enardecer a las masas con el fin de que estas obren ciegamente, aun cuando siempre lo hicieron, empero luego sería hasta llegar a las acciones más desaforadas; las élites, sin importar la tendencia que tuvieren, seguirían con el afán de enriquecerse echando mano de malas artes con la diferencia de que sería a vista y paciencia de las muchedumbres ya subyugadas; y debemos añadir todo lo que, con seguridad, traman o maquinan las mentes malévolas, superando a la propia ficción.

Continuaría la situación tal cual los períodos precedentes, o sea, ¡igual que siempre!

Lo anterior viene a que, en el país y el mundo se dan situaciones imprevisibles que nadie puede predecirlas, en todos los ámbitos del accionar humano.

Venimos a constituirnos simplemente en paganinis de todo ello, como en el caso del coronavirus, intruso microscópico que ha puesto “patas arriba” al mundo y que ha dado lugar a las más variadas reacciones de los distintos mandatarios del orbe, desde aquel que pide “tirar a matar” a quien contravenga la disposición de una severa cuarentena, o de otro cuyo trato fue por demás brutal hacia su población para que acate el confinamiento domiciliario.

Entiéndase por “paganini” el que termina pagando los platos rotos, vale decir cargar con una culpa ajena, o si prefiere “quien paga, generalmente por abuso, las cuentas o culpas ajenas”.

Ahora, cierto es que la cuarentena en nuestro país no es culpa de las autoridades, mucho menos de la población en su conjunto, y sin embargo se hace necesario que los equipos de la gente técnica y especializada del aparato estatal puedan laborar contra reloj a fin de tratar de remediar los problemas posteriores que podrán venir en el campo económico, empleo, y otros, con la finalidad de comenzar a reactivar la economía, el aparato productivo.

Esto es permitiendo que determinados segmentos de la sociedad puedan volver al trabajo ―bajo estrictas normas y medidas de protección, seguridad y controles sanitarios, tal como se practica con militares, policías, médicos, enfermeras, y otros― en horarios acordes a las necesidades, aunque con clases aún suspendidas, al igual que el transporte público y privado o con horarios que sean drásticamente restringidos.

Empero, el vendedor de periódicos, el peluquero y tantos otros que viven al día, así como empresas de una y otra rama, debieran volver a sus labores, dejando así de ser “paganinis del COVID-19”.

Por supuesto que los equipos técnicos, de funcionarios estatales y expertos, tendrán que hacer “humear” los cerebros para plantear una salomónica salida, a la vez totalmente prudente, cuidando al capital humano del país en el marco de la realidad, dado que una prolongación de la cuarentena total que, dicen algunos, es el único remedio contra esa letal enfermedad, traería más contratiempos que beneficios a la población.

En última instancia, salvo algunos grupúsculos interesados en causar malestar, la mayor parte de la colectividad boliviana confía y se aferra en lo que podrán hacer y obrar con sapiencia sus autoridades.

¡Dios los ilumine y guíe sus pasos!