Los perros y sus dueños

Víctor Montoya*
 

Todas las mañanas y todas las tardes, exactamente a la misma hora, veo cruzar por la ventana de mi escritorio a un perro que es el vivo retrato de su dueña, una muchacha rubia cuyo atractivo físico enloquece a cualquiera. Es tanto el parecido entre el perro y ella que, vistos desde cualquier ángulo, son como dos gotas de agua caminando en dirección al bosque. De seguro que esta semejanza es motivo de no pocos comentarios y el espectáculo más llamativo del vecindario. 
No es que el perro y la dueña estén clonados. No, lo que ocurre es que, a la hora de elegir la dueña se decanta por un animal con ciertos rasgos comunes, como si el perro fuese un espejo donde ella mira su imagen. No en vano el saber popular dice: “como es el perro, es la dueña”, por lo menos con respecto a los hábitos, pues la relación del perro con su dueña es como la de esos matrimonios que, a fuerza de convivir muchos años, acaban pareciéndose en las buenas y en las malas.
El hecho de que el perro se parezca a la dueña, tanto en su apariencia como en sus hábitos, tiene a veces un carácter patológico. Los veterinarios suelen hablar de “la obesidad del perro de la obesa”, debido a que la glotonería de la dueña influye en su animal. “Si le gusta comer a ella —advierten los zoólogos—, es normal que el perro esté sobrealimentado, y eso puede degenerar, al igual que en su dueña, en trastornos hepáticos”.
A pesar de lo antedicho, se debe aclarar que no todos los perros se parecen a sus dueños; por ejemplo, en este mismo barrio, ubicado en una periferia de Estocolmo, existe un hombre grande y gordo, quien, todas las santísimas tardes sale de paseo con una perrita salchicha entre sus brazos; un contraste grotesco que me trae a la mente ese cuento de amor entre una paloma y un elefante. Y, por si acaso, no estoy refiriéndome al amor entre Frida Kahlo y Diego Rivera, sino a esos seres que se sienten atraídos por su polo contrario, aunque ver a un hombretón de proporciones mayores, paseando a una perrita de proporciones menores es como ver a un mastodonte y a una garrapata prendidos de una cuerda. Sin embargo, no hay nada que argüir contra los perros, pues son animales nobles y tienen la facultad de despertar una corriente de simpatía natural. El perro ha evolucionado junto al hombre durante milenios, ha convivido con él como su más fiel compañero, ha sabido adaptarse a sus caprichos de una manera casi mágica y ambos han logrado un entendimiento casi milagroso. Pero eso sí, supongo que criar a un perro de lujo debe ser una labor compleja, pues requiere paciencia, amplios conocimientos, amor y sensibilidad creativa, porque los perros, a diferencia de los gatos, no son limpios por naturaleza. Además de no asearse, muchos tienen la costumbre de revolcarse en charcos, barro, basura y polvo. Por eso la dueña, para mantenerlo limpio como si fuese su propio hijo, debe evitar los nudos del pelaje muerto y la proliferación de los parásitos externos. Un aseo obligatorio que implica tener a mano cortanudos, cepillos para peinar, algodón para la limpieza de orejas, tijeras, máquinas de esquilado, alicate para cortar garras, jabón líquido, insecticidas para baños antiparasitarios y una serie de otros instrumentos que ayuden a mantenerlo a imagen y semejanza de su dueña, quien, con toda la paciencia del mundo, le cepilla diariamente los dientes con bicarbonato y le da de comer pan duro y manzanas para conservar su boca limpia. 
De otro lado, la muchacha de pelo platinado, rostro angelical y trasero espléndido, que todas las mañanas y todas las tardes cruza por la ventana de mi escritorio, es ya un personaje cuya belleza forma parte del ornamento andante de este barrio, donde las mujeres la persiguen con la mirada, mientras los hombres se le acercan con el falso pretexto de acariciar al perro. Ella sonríe y se afirma a la correa de cuero negro, en tanto el perro, intuyendo instintivamente las malas intenciones de los admiradores fortuitos de su dueña, enseña los colmillos y  bate el rabo. El otro día, mientras los miraba desde la ventana, comprobé que el perro de la muchacha no era macho sino hembra, porque venía acompañada de un can de desbordante vitalidad y postura, algo parecido al perro que hace años me lo raptaron en mi pueblo, el mismo día en que lo saqué a pasear por el parque, sujeto a una correa enganchada en su collera. Al echarlo de menos, advertí que ya no estaba. Fue tan grande mi pena, que lo busqué por doquier, gritando su nombre a los cuatro vientos. Lo busqué varios días y varias noches, calle arriba y calle bajo, pero no lo encontré ni volví a verlo, sino en las fotografías que lo muestran con la cara de niño bueno; tenía el pelaje suave y de color marrón, el rabo corto, los belfos colgantes del hocico, la frente plegada y los ojos ardientes como ascuas. Era un perro de raza y de buena alzada. Parecía hecho de furia y de ternura. Poseía la voz potente, feroz, pero era un perro cariñoso y manso con la gente. No en vano jugaba con los niños, siempre dispuesto a defenderlos y soportar sus diabluras, aunque a veces, dando brincos y haciendo cabriolas, los tumbaba contra el suelo, pues él mismo parecía un niño juguetón, que necesitaba trotar, correr y desfogarse.
Ojalá estuviese todavía conmigo, jadeante y al acecho de una nueva aventura, para sacarlo a pasear por los bosques de este barrio y así poder acercarme a esa muchacha de despampanante belleza, al menos para preguntarle su nombre.

*Escritor y pedagogo