Rosalía Bermejo ante la tumba de sus padres en Torquemada (Palencia)

Aitor Arjol*

Cuenta Hipólito Gómez de las Roces en una columna de opinión, en torno a la “mamadre” de Pablo Neruda: “El padre de Neruda era ferroviario, creo que maquinista y por razón de su oficio pasaba jornadas enteras fuera de la casa familiar. Al quedarse viudo, contrajo nuevo matrimonio y Neruda hijo elogió generosamente cuánto representó en su vida de niño”.
Aquella “mamadre”, se llamaba Trinidad Marverde, a la que el poeta chileno siempre se refirió con cariño y sencillez, y sin demasiado barroquismo. Ciertamente que está casi todo dicho de Pablo Neruda. El poeta de las mujeres. El que cantó al amor. El que escribió más odas que un océano. El intimista. El embaucador. El solidario. Neruda se refería así a su mamadre:
La mamadre viene por ahí, con zuecos de madera. Anoche sopló el viento del polo, se rompieron los tejados, se cayeron
los muros y los puentes, aulló la noche entera con sus pumas, y ahora, en la mañana de sol helado, llega mi mamadre, doña
Trinidad Marverde, dulce como la tímida frescura del sol en las regiones tempestuosas, lamparita menuda y apagándose, encendiéndose para que todos vean el camino. (…)
Ay mamá, ¿cómo pude
vivir sin recordarte cada minuto mío? No es posible. Yo llevo tu Marverde en mi sangre, el apellido
del pan que se reparte, de aquellas dulces manos
que cortaron del saco de la harina los calzoncillos de mi infancia, de la que cocinó, planchó, lavó,
sembró, calmó la fiebre, y cuando todo estuvo hecho, y ya podía yo sostenerme con los pies seguros, se fue, cumplida, oscura,
al pequeño ataúd donde por primera vez estuvo ociosa
bajo la dura lluvia de Temuco.
Gabriela Mistral se refiere a la madre con un sentido mucho más clásico, y hasta surrealista diría yo, por cuanto la rima y el lenguaje nos transfiere ecos de infancia:
Madre, madre, tú me besas, pero yo te beso más.
Como el agua en los cristales caen mis besos en tu faz… 
Te he besado tanto, tanto que de mí cubierta estás y el enjambre de mis besos no te deja ni mirar. El fragmento anteriormente mencionado forma parte de un poema llamado Caricia, quizás porque las manos de Neruda simbolizaban lo mismo que las caricias de Gabriela Mistral en cuanto a la evocación materna. Sin embargo, hoy también quería traer un poeta de la Generación del 27, Manuel Altolaguirre, que siquiera empezó a escribir sus poemas más tarde que otros miembros del mismo grupo, pero que aprovechó el cumpleaños de su madre para lanzar al mundo una torrentera de versos, precisamente el que lleva por título Antes:
Hubiera preferido ser huérfano en la muerte, que me faltaras tú allá, en lo misterioso, no aquí, en lo conocido. Haberme muerto antes para sentir tu ausencia en los aires difíciles. Tú, entre grises aceros, por los verdes jardines, junto a la sangre ardiente, continuarías viviendo, personaje continuo de mi sueño de muerto.
La poesía de Federico García Lorca también contiene referencias a la madre: Mamá, yo quiero ser de plata
Hijo, tendrás mucho frío. Mamá, yo quiero ser de agua. Hijo, tendrás mucho frío.
Mamá, bórdame en tu almohada. ¡Eso sí!
¡Ahora mismo!
Incluso otro poeta de mis preferidos, Pedro Salinas, escribió un poema dadaísta donde la figura de la madre se confunde con los primeros balbuceos de una niña desesperada por comprender el mundo: La niña llama a su padre: “Tatá, dadá”. La niña llama a su madre: 
“Tatá, dadá”. Al ver las sopas, la niña dijo: 
“Tatá, dadá”. 
Igual al ir en tren,cuando vio la verde montaña y el fino mar. 
“Todo lo confunde”, dijo 
su madre. Y era verdad. Porque cuando yo la oía 
decir: “Tatá, dadá”, 
veía la bola del mundo 
rodar, rodar, 
el mundo todo una bola, 
y en ella papá, mamá, 
el mar, las montañas, todo 
hecho una bola confusa; 
el mundo: “Tatá, dadá”.
Referirse a los poetas y sus madres nos llevaría hasta el infinito. Es probable que nunca concluyera con la sin razón de ejemplos, pero no podría concluir sin mencionar unos versos del poeta salvadoreño Alfredo Espino, fallecido prematuramente a la edad de 28 años, producto de sus continuas desavenencias con el alcohol, la bohemia, los burdeles y otros menesteres que no vienen al caso, pero que de toda forma dejaron un poemario póstumo editado por sus amigos, de casi cien composiciones que hoy en día son consideradas como parte de la expresión poética nacional. Uno de ellos dice: Manos las de mi madre, tan acariciadoras, tan de seda, tan de ella, blancas y bienhechoras.
¡Sólo ellas son las santas, sólo ellas son las que aman,
las que todo prodigan y nada me reclaman!
¡Las que por aliviarme de dudas y querellas, me sacan las espinas y se las clavan en ellas!
(…)
Yo que llevo en el alma las dudas escondidas,
cuando tengo las alas de la ilusión caídas,
¡Las manos maternales aquí en mi pecho son
como dos alas quietas sobre mi corazón!
¡Las manos de mi madre saben borrar tristezas!
¡Las manos de mi madre perfuman con terneza!
Por todo ello, cada madre es el primer ladrillo que nos erige. Y al parecer, nos ven crecer, pero parece ininteligible que no terminen de hacerse a la idea de que crecemos. De otra parte, su sexto sentido propicia que la mayor parte de cuestiones que suponemos no conocen, las saben sin necesidad de que las preguntemos.
Yo podría hacerle a la mía una oda a ella y su relación con el teléfono porque literalmente no lo suelta. Son como una simbiosis. Tan inseparables como la uva de su propio racimo.
El caso es que la mía también recuerda a su propia madre, es decir, mi abuela. Lejos de metafísicas, páginas bíblicas, constelaciones familiares, espiritualidades de segunda mano y aforismos de autoayuda, sonreír es una forma de recordarla. Yo también me siento partícipe absoluto de ese afecto.

*Escritor español radicado en Ecuador

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