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Homero Carvalho Oliva*

Descubrí a Macedonio Fernández (1874-1952) hace varias décadas, cuando un amigo, Alfredo Estenssoro, me trajo el libro Papeles de recién venido, obra del escritor argentino y me dijo que lo leyera porque percibía cierta influencia macedoniana en algunos de mis cuentos.
Fue toda una revelación para mí porque tenía razón. Hace unos días tuve la oportunidad de ver un documental sobre este extraño escritor. La película, dirigida por Andrés Di Tella, está basada en el guión de Ricardo Piglia, quien a la par de contarnos a su estilo la vida de Macedonio nos va guiando por el Buenos Aires de la primera mitad del siglo veinte.
Piglia retoma, en el documental, el proceso creativo de su novela La ciudad ausente y la ópera, de Gerardo Gandini, basada en esa novela, para exponernos un escritor atormentado por la soledad y enloquecido por la muerte de su esposa, Elena, la Eterna amada, la Bella muerte. En La ciudad ausente, Macedonio es un personaje que construye una máquina para perpetuar el alma de su moribunda mujer. Según el crítico José Noé Vázquez: “La ciudad ausente de Ricardo Piglia es una novela que aborda elementos de géneros literarios como la ciencia-ficción, el relato fantástico, la trama policiaca, la crítica de la literatura dentro de la misma obra. 
Piglia toma como sustento para esta trama fantástica algunas teorías del filósofo argentino Macedonio Fernández, quien instauró una serie de propuestas o de teorías sobre el arte de novelar. La obra aborda una crítica a las ficciones generadas por los estados o ficciones públicas como una manera de incidir y modificar la percepción que tenemos sobre la realidad que vivimos. 
La máquina de Macedonio se encuentra en un museo, y a partir de ahí genera núcleos de ficción que se desarrollan envolviendo y acompañando la trama principal. Estos relatos pueden llegar a incomodar a los poderes públicos. La obra se convierte en una defensa de la ficción literaria contra las mentiras de los Estados”.
Según muchos críticos tanto de cine como de literatura, la película va más allá de las diferencias entre cine y literatura, fusionando ambos lenguajes artísticos, haciendo del trabajo de Andrés Di Tella, Ricardo Piglia y del propio Macedonio Fernández algo extraordinario. 
Al final de su vida, Macedonio fue un solitario que sobrevivía en hoteluchos, atendido por la solidaridad de algunos amigos y alejado de sus hijos, a quienes no quiso volver a ver desde que murió su esposa. 
En otra época, de la que él mismo no quería acordarse, fue fiscal, pero ninguno de los acusados por él fue sentenciado nunca jamás; luego quiso ser consejero de filosofía en los barcos que recorrían el rio Paraná, pero fracasó en el intento porque el trabajo no existía. 
Lo que si llegó a ser fue candidato a la presidencia de la Argentina y basó su campaña en el lema de que era más fácil ser presidente de la República que farmacéutico, porque menos personas postulan a presidente. Por supuesto que sólo sus amigos votaron por Macedonio y eso le bastó para sentirse querido.
Macedonio fue muy amigo del padre de Jorge Luis Borges y del propio Borges, quien llegó a reverenciarlo halagando su inédita obra, al punto que muchos escritores e intelectuales llegaron a afirmar que alguien así solamente podía ser un invento del autor de El Aleph. 
El mito de Macedonio fue tan grande que el personaje ensombreció al autor, su obra fue redescubierta décadas después por varios escritores y críticos literarios argentinos que reconocen que  formó parte de Vanguardia literaria argentina junto a Leopoldo Marechal y Oliverio Girondo. 
Como si fuera una paradoja digna del autor del Museo de la novela eterna, fue su hijo Adolfo de Obieta, otrora abandonado, quien se encargó de rescatar sus manuscritos y publicarlos.
Hoy podemos afirmar que la literatura argentina, con sus grandes alturas urbanas, sus pampas silentes y su erudición europea, le debe mucho a Macedonio y puedo afirmar con Ricardo Piglia que el siglo XXI será el siglo de este autor que escribía como una necesidad, que conversaba como si estuviera escribiendo y que creía que “hay un mundo para todo nacer” y que “la realidad, la que verdaderamente hay, la hacemos nosotros”. 
Hemos perdido físicamente a Macedonio pero el museo de sus palabras cada vez cobra vida entre un público de escritores y lectores que crece cada día.  

*Escritor y poeta