Martin Adan

Aitor Arjol*

Todo empezó en las calles de Quito. En una de esas viejas librerías de lance o de libros de segunda mano. En las primeras gotas de la tormenta que se avecinaba desde el sur. 
Los estantes oscuros y dilatados por la presencia de obras clasificadas por su respectivo país latinoamericano de procedencia. Argentina, Chile, Bolivia y finalmente Perú. Me fijé en un título: La casa de cartón. Un ejemplar con aspecto longevo y perteneciente a la Colección La Honda de la Casa de las Américas de Cuba. Traído de aquella isla por el dueño de la librería, el Siglo de las Luces.
El caso es que hurgué en las páginas de aquella curiosa casa de cartón. ¿Qué tendría en sus entrañas? El título me llevó a su autor: Martín Adan. Y ahí comenzó tan bello resultado de la curiosidad.
Resulta que Martín Adan es uno de los mejores escritores y poetas peruanos del siglo XX. Contemporáneo a toda una generación de escritores que además coincidieron con César Vallejo, tales como César Moro, José María Eguren, Carlos Oquendo de Amat, Estuardo Núñez, Emilio Adolfo Westphalen, Vicente Azar o el mismísimo José María Arguedas. Casi todos navegantes o partícipes de vanguardias procedentes de Europa, como el surrealismo.
Pero Ramón Rafael de la Fuente Benavides, más conocido como Martín Adan, tiene matices distintos a todos ellos. Nacido en una casa del centro de Lima, el 27 de octubre de 1928, desde los tiernos ojos de la infancia será testigo de la prematura muerte de su padre y abuelo. Realiza sus estudios en un colegio de Barranco, posteriormente en el colegio Alemán y desde los primeros tiempos de su juventud se inicia en la literatura, que ya nunca abandonará a pesar de proseguir sus estudios en las universidades de San Marcos y en la Universidad Católica de Lima.
De todo ello nos queda su temprana vocación por las letras y a mediados de los años 30 del siglo pasado una vida que nunca abandonará a caballo entre las habitaciones, los hospitales psiquiátricos y hoteles de mala muerte, además de sus continuados problemas con el alcohol.
Como afirmaría alguna vez Mario Vargas Llosa: Martín Adan, el único poeta maldito de Perú. Una bohemia glosada entre hospitales, cenáculos oscuros y “estrecheces económicas” que dejará  un 29 de enero de 1985, después de una operación quirúrgica en el hospital.
Un poeta sensible, precoz y diferente, sin lugar a dudas, del cual escribo mientras escucho algunas canciones tradicionales de Perú, en la voz de Eva Ayllón y el acompañamiento musical del grupo Inti Illimani. También ahora llueve y algún trueno ha glosado mis recuerdos, mientras vuelvo a la casa de cartón.
La casa de cartón huele a Barranco, dicen que el barrio más bohemio de Lima, inclinado hacia el mar y escenario de buena parte de la historia cultural de la capital peruana. 
No en vano, Martín Adan la empezó a escribir cuando tenía 16 años, y finalmente se editó en 1928. A medio camino entre la novela y la descripción poética, esta obra “es el recuerdo de unas vacaciones escolares en Barranco” y “reproduce aquel verano a través de memorias propias y la que cosecha en la lectura del diario de Ramón, su amigo, rival y alter ego de ese momento”, describe la edición cubana que había encontrado.
Una obra breve pero hermosísima en cuanto a la descripción del paisaje del Barranco y sus habitantes, de profunda inventiva y en la que sobresalen amores, limeñas y tranvías. Lo más paradójico: transcurrieron 30 años sin que apenas fuera leída o examinada, ahora que hoy se considera como precursora del boom latinoamericano, y la más vanguardista de la literatura peruana. 
“Ya ha principiado el invierno del Barranco: raro invierno, lelo y frágil, que parece que va a hendirse en el cielo y dejar asomar una punta de verano. Nieblecita del pequeño invierno, cosa del alma, soplos del mar, garúas de viaje en bote de un muelle a otro, aleteo sonoro de beatas retardadas, opaco rumor de misas, invierno recién entrado…”. Así comienza La casa de cartón.

*Escritor español radicado en Ecuador