Nelson Chitty La Roche

“La exclusión social ha acompañado a casi todos los programas de ajuste en todo el mundo. Las verdades del reaganomics, que muchos economistas corearon desde los años 90, de que todo crecimiento se derrama sobre todos y que la mejor política social es una buena política económica, no tuvieron resultados en ningún país desde entonces y hasta hoy. No puede derramarse sobre todos, un crecimiento económico que no va acompañado de la creación de capacidades humanas para que las personas puedan insertarse en la economía que crece, o un crecimiento que no tiene políticas activas del lado de la oferta que favorezcan la creación de empleos que exijan mediana calificación, o un crecimiento que no acompañe del funcionamiento de un sistema de seguridad social realmente inclusivo. Donde quiera que el crecimiento haya sido inclusivo, estuvo acompañado de políticas pro-inclusión. Venezuela no tuvo casi ninguna en los años 90 y solo tuvo políticas populistas en el siglo XXI, que no aseguraban ni crecimiento ni inclusión”. (Werner Corrales).

Me he permitido la cita que precede como acápite, convencido de que en su interior se puede ver la principal falencia de la democracia que se exhibe por cierto, como reo de todas las inconformidades, insatisfacciones y denuestos por aquellos que le imputan, como sistema político, la falacia de las libertades que pretende asegurar.

Me refiero al reclamo que, como un contencioso recurrente y contumaz, regresa al discurso que le imputa a la democracia, la promoción de espejismos de igualdad, ante la cruda realidad que por el contrario fragua en la desigualdad, en la segregación y en la exclusión.

Mirar el asunto desde el punto de vista de los guarismos que miden, cuentan y pesan, el crecimiento económico y depositan en el fenómeno, una secuencia benefactora para la sociedad, como una conclusión impajaritable además, carece de fundamentación y en la base racional de los abundantes estudios sobre la riqueza nacional y su distribución, como aquel que ponderaba el bienestar societario, utilizando el supuesto del ingreso per cápita, ha sido abandonado, superado, sustituido por parámetros, como el índice de desarrollo humano que apuntan más, a la persona humana como una construcción que lo postula trascendente, como miembro de la sociedad, económicamente defendible y socialmente sereno.

La democracia no anda sola en el mundo de las ideas. Anda con la libertad que como su hermana gemela nace con ella, consustanciadas también pero, no nos confundamos; ambas muestran trazos específicos y definitorios.

La isonomia, la Isegoría y la Isocracia hacían posible una suerte democrática fundada en la convicción de la militancia activa del ciudadano.

Su participación, su incidencia, su presencia deliberativa constituían su libertad y, en ese reducido pero suficiente espacio público, en la polis, en el ágora, se hacía patente el ejercicio de su voluntad, de su discernimiento, de su responsabilidad.

Allí pues, anudaba la libertad de los antiguos, recordando a Constant y, no en la ausencia de impedimentos para la expresión, para la actuación, para la inserción tallada en la sociedad. Berlín nos asiste para comprender más, al distinguir como negativa aquella acción adelantada sin tropiezos ni impedimentos, esa que deja hacer pero, señala que será positiva otra, cuando la voluntad consciente y guiada por el esfuerzo que estimula pero que también limita, modele la autorrealización.

Concurren pero no necesariamente coinciden la libertad y la democracia no obstante. La segunda requerirá para su ejecución una concienciación de membresía societaria, supondrá la concertación para actuar fabricando un marco político y legal. No hay ciudadanía en el que se aleja o se siente fuera de la cosa pública y tampoco obra el espíritu democrático en él.

El asunto se complica cuando queremos separar la libertad de la democracia y ya Orwell dejó ese asunto prístino a lo largo de su obra. Algunos se pretenden libres, pero ausentes del espacio público pero al hacerlo se idiotizan como dirían los griegos y en ese comportamiento solipsista e irreal pierden el sentido de la trascendencia propia del proyecto humano integral.

Otro aspecto a, brevemente comentar, es aquel que patentiza el carácter segregacionista de los fanatismos. Nada es más antidemocrático que el sectarismo, entendido éste, en sus dos vertientes.

De una parte, en la composición de un grupo o porción comunitaria que labora desde una perspectiva que cultiva incluyendo la exclusión o, de otra parte, negándole cualidad y respeto a quienes osan disentir. En Venezuela y mostrando lo profundamente enferma que esta nuestra sociedad política, vemos cómo se configura peligrosamente una tendencia en esa dirección y sienten que son libres de hacerlo, pero no hay forma de que sean o actúen como genuinos demócratas.

En lo estratégico, la democracia debe asumir la identidad del demos para saber hacer y equilibradamente, el gobierno, el kratos del cuerpo político. Me explico, sin alteridad no hay libertad ontológica ni tampoco ciudadanía. Es un requisito sine qua non para asumir el proyecto de realización humana y política.

Desde ese ángulo, ubico otro elemento capital para forjar una sostenibilidad democrática. Me refiero a la justicia. Nada puede permanecer sin justicia. Y si bien decía Gandhi que la paz era el camino humildemente hago notar que sin justicia no puede haber paz.