Marco Antezana /

Nuestra época está caracterizada por una de las mayores indignidades que el ser humano ha experimentado a lo largo de la historia: hoy no valer el ser, vale el tener.

La visión humanitaria ha quedado en el olvido, la participación solidaria de la sociedad ha sido destruida por un libertinaje económico sin justicia social, no se ha respetado el derecho del hombre al trabajo con remuneración equitativa, se ha interpretado equivocadamente la tenencia de la propiedad privada y se abusa de forma cotidiana de los límites de la democracia.

La ausencia de ética en la economía del libre mercado ha colocado al hombre dentro de una sociedad  irrespetuosamente global y consumista, en un Estado de ingobernabilidad en el cual quienes detentan el poder económico, lo hacen a costa de la extrema necesidad de millones de personas.

Soy un convencido que el desarrollo social –espantosamente descuidado en América Latina– debe mostrase en las oportunidades de acceso a condiciones dignas de convivencia, lo cual significa, mayor diversificación productiva, cambiar el régimen de propiedad de los modos de producción, menor insuficiencia tecnológica, incrementar el nivel competitivo de productos y de servicios, adecuada dirección del enfoque ambientalista y desarrollo de las economías comunitarias alternativas con presencia de decisión en los escenarios políticos. Pero, mientras  millones de jóvenes vivan y trabajen de la calle y en la calle, el destino de este continente no será otro que la miseria personal y colectiva.

Resulta deprimente constatar que casi el 50% de la población de Latinoamérica está comprendida entre los 18 y 30 años de edad, la etapa más productiva y dinámica de la vida no tiene posibilidades de prosperidad. La juventud como elemento nodal de progreso efectivo de la sociedad, está condenada a “vivir para sobrevivir”, en unas naciones donde no convergen las mínimas condiciones de estabilidad política ni las más elementales garantías democráticas directas para generar y desarrollar políticas laborales juveniles, que permitan pasar de la demagogia al fortalecimiento práctico de las revoluciones culturales con desarrollo social.

Desafortunadamente, la precariedad de las políticas generacionales se constituye en la mayor gestora del subempleo y el desempleo juveniles en las sobrepobladas urbes de un continente azotado por la opresión,  la represión y la depresión. Un continente –que a falta de horizontes de realización personal con empleo digno de por vida- fomenta ejércitos de migrantes, de bailarines, de cantores de poca monta y de futbolistas, con la única aspiración de salir de la miseria como sea.