TRIBUNA
Erika J. Rivera

La pandemia actual del coronavirus no ha impedido que en varios países se efectúen operaciones militares de gran envergadura. Es, además, un tiempo propicio para las potencias intermedias. Entre las grandes potencias están, por supuesto, los Estados Unidos, la China y Rusia. Son miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con derecho a veto. A esta institución pertenecen también y con los mismos privilegios Gran Bretaña y Francia.

   Inmediatamente por debajo de este rango se hallan la India, Pakistán, Irán y Turquía, para nombrar solamente aquellas naciones del Tercer Mundo con ansias de pertenecer al exclusivo club de las grandes potencias. Hay que señalar que la India y Pakistán poseen la bomba atómica.

   En los últimos días se han acumulado noticias acerca de eventos bélicos en Libia. En este país africano se suceden golpes militares unos a otros, sin lograr pacificar y unir al país desde 2011, año en que cayó la dictadura militar y fue salvajemente ejecutado el dictador Muamar el Gadafi. Desde entonces este país, uno de los principales productores de petróleo a nivel mundial, se encuentra envuelto en una guerra civil con fuertes elementos regionalistas y tribales. Parecía inminente que uno de esos líderes regionales, el autoproclamado mariscal Halifa Hafter, se iba a apoderar de todo el territorio, pues a comienzos de esta semana sus tropas ya habían conquistado los barrios residenciales de la capital Trípoli: el mariscal está apoyado por una coalición en la que participan Egipto, los Emiratos Árabes Unidos, Francia e Italia. En Trípoli reside todavía, casi sin fuerzas ni territorio, el gobierno civil reconocido por las Naciones Unidas y un grupo heterogéneo de estados europeos y africanos.

   Sorpresivamente Turquía, esta potencia intermedia con un gran pasado, intervino militarmente y logró consolidar provisionalmente al gobierno civil de Trípoli en esta semana. Hay que tomar en cuenta que Turquía es el Estado sucesorio del Imperio Otomano, que hasta 1912 incluía el actual territorio de Libia. Por todo lo expuesto, Turquía que ya tiene tropas ocupando el Norte de Siria y que realiza a menudo incursiones militares en Irak, quiere perfilarse como una gran potencia en el Mediterráneo Oriental y en el Cercano Oriente. Si tiene éxito, el apetito por otros territorios vendrá después. Los turcos desde la escuela primaria aprenden que su país dominó hasta comienzos del siglo XX amplias regiones del Norte de África y del ámbito árabe, regiones que muchos turcos nacionalistas consideran parte integrante de su legado histórico. Esta tendencia expansionista está hoy fuertemente alimentada por el presidente Tayyip Erdogan, quien propone una corriente aceptada y bien vista en aquella región: islamismo moderado, nacionalismo moderado, antioccidentalismo moderado y autoritarismo moderado. Este es el programa que consolida el liderazgo del presidente de Turquía. Podemos concluir que en el tablero geopolítico se posicionan las potencias intermedias para influir en la toma de decisiones de las potencias de primer orden con un militarismo persuasivo.

   Turquía ha mostrado éxito: es miembro de la OTAN pero se contrapone a Estados Unidos y Europa en los casos de Siria y Libia; es aliada ocasional de Rusia por ejemplo en la guerra civil de Siria, pero las fuerzas turcas derriban aviones rusos y disputan a estos exitosamente en el Norte del Estado fallido.

   Un caso similar es Irán, con intereses, tropas y recursos de todo tipo en Irak, Siria, Líbano y Yemen. Como se ve, las potencias intermedias ganan continuamente en influencia y poderío complicando el panorama mundial.