Mujeres cochabambinas

Luis Mérida Coímbra *
 

Guárdese el laurel, guárdese la luna mortuoria de ese  mayo  entumecido de 1812. Entiérrese el rencor sagrado de aquel momento glorioso. El pueblo femenino en la plaza, en la puerta del cuartel, la milicia de mujeres en lo alto de la Colina de San Sebastián; sacaron a la Virgen del Carmen, también era una guerrera, había presenciado iniquidades, desdichas y tormentas, había recibido un proyectil de arcabuz.  Iban a escribir con sangre e iban a escuchar la sangre, se rasgaron sus vestiduras, sus polleras eran de viento, levantaron trincheras con sus hijos y fabricaron la humareda en la intemperie de la historia. 
Una historia borrada y sepultada por la sal de la Colonia, transmitida hasta nuestros días por la memoria de la muerte. Las protagonistas fueron  mujeres  del  pueblo,  en  especial vivanderas, carboneras, chicheras, cocineras, floristas, cultoras de diversos oficios, como las vendedoras del mercado popularmente  conocidas  como  “chifleras”.
Durante la República, la memoria de las mujeres anónimas fue inmortalizada en el mercado con la actual organización de Hijas del Pueblo, herederas directas de las inmoladas en La Coronilla. El 27 de mayo de 1812 escribieron con valentía y coraje detrás de un  sol postrero, agónico, inconcluso; ensangrentado. Este día fue declarado como el Día de la Madre Boliviana, propuesta concebida por la poeta Adela Zamudio.
El bastón de la mojigata Manuela Gandarillas subió a la colina del valor y la dignidad, junto a las hijas del pueblo. Suspiró el arroyo donde otrora lavaron hortalizas, verduras fragantes, asimismo treparon las resplandecientes adolecentes que combatieron esa aciaga tarde de mayo. Las contemplo a todas abriendo el túnel de la historia-luctuoso, elegiaco- combatiendo con palos y macanas. Siento a Manuela Terceros haciendo el pan con el fuego de su amado Esteban Arce. Invoco a las mujeres insurreccionales complotando ese otoño insurreccional de las espigas, con sus faldones al aura, con su dignidad intacta, con su arrojo y nobleza. Día arrobado, entumecido, tarde con sentimiento guerrero, con gritería beligerante: “¡Mueran los Tablas! ¡Muerte a los wampus! ¡Nuestros hogares son sagrados! ¡Mueran los sarracenos! ¡Moriremos matando!”
Arreboladas sus almas, sus brisas color tempestad, cielo enrojecido punzó, vida perdurable, voz de las tinieblas, banderas llenas de eternidad. Ácratas heroínas ardiendo de furia, estallado en canciones de valentía, de fragante emancipación. Anónimas libertarias muertas y resucitadas. La tarde se retira y el sol se hunde en los cuerpos en ese año del señor, en pleno siglo de la emancipación americana. Mi postrer escrito a las Manuelas, a las Juanas, a las Bartolinas, a todas las Marías siempre perdurables y perennes. 

(*) Poeta y cineasta