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Entrevista a Rolando Encinas

Después de 32 años de carrera y 21 discos editados, la orquesta criolla Música de Maestros se consolida como una de las principales agrupaciones del país. A su trabajo, que consiste en la puesta en vigencia de las obras de los grandes compositores bolivianos de los siglos XIX y XX, se suman las composiciones de obras propias y de la formación de decenas de artistas que formaron parte del grupo.

“Lo nuestro no es una estudiantina ni una orquesta, es un concepto de buena música. Eso diría que es Música de Maestros. Es un concepto de música de maestros”, afirma Rolando Encinas, director y fundador, cuando se le pide que defina a la agrupación que hoy por hoy es un referente nacional.

La Esquina conversó con Encinas obre la orquesta y sus perspectivas de la música boliviana.

¿Cuáles son las principales satisfacciones que le dio Música de Maestros?

Son muchas. La satisfacción de contar con un potencial humano joven que hace que la orquesta logre los objetivos que hace 32 años proyectamos con Yolanda Mazuelos, directora de la Compañía Nacional de Danza (Conadanz). Ella manejó la parte de la filosofía del grupo y yo la parte musical. También está haber dado la posibilidad a los jóvenes de salir del país para que vean un espectro diferente en la parte humana y musical, y aportar al país musicalmente, recuperar materiales quizás perdidos o tergiversados, encontrar, escudriñar obras que compositores y autores del pasado trabajaron de una manera dedicada.

¿Cómo surgió el interés por rescatar la música boliviana de los siglos XIX y XX?

Cuando visité el Departamento de Etnomusicología y Folklore en la década de 1980, Yolanda Mazuelos me invitó a escuchar unos vinilos de un grupo cochabambino de cuecas compuestas por Simeón Roncal y Miguel Ángel Valda. En ese momento, dijimos, ‘¿y estas cosas por qué no se escuchan?’. Entonces nos propusimos compartir esta música para traer de vuelta a las generaciones pasadas y dar oportunidad a los jóvenes de escuchar nuevamente esos bailecitos, esas cuecas, esas obras maravillosas. Es por eso que Yolanda le puso el nombre de Música de Maestros, de los grandes compositores, al proyecto. Es así que esa música la grabamos con 16 maestros invitados: William Ernesto Centellas, Carlos Daza, Clarken Orozco, Donato Espinoza, Fernando Jiménez, Jenny Cárdenas, Freddy Santos, Oscar Corihuanca, Takatzu Kinoshita, Rafael Arias, entre otros. Gente que apoyó ese primer proyecto de una manera desinteresada. Dimos la posibilidad al público de volver a escuchar la música de nuestros abuelos y padres. No es que recuperamos, no había nada que recuperar, había que reponer la concertina, el sonido de las estudiantinas, el sonido de una orquesta.

 

También fue una escuela…

La orquesta siempre estuvo abierta a gente con calidad humana. Ahora también hubo gente que no entendió de qué trataba el proyecto y formaron conjuntos que hacen algo igual, pero sin una ideología, sino que confunden a la gente, imitan el uso de la indumentaria y del repertorio. Me da vergüenza que estén haciendo eso. Si uno se siente músico, se siente propositivo, tiene que presentar algo diferente.

¿Quiénes son a su criterio los principales compositores de la música popular boliviana?

Siempre tenemos referentes, nunca podemos decir ‘los mejores’ porque eso es subjetivo. Yo soy seguidor de la música de Adrián Patiño, del maestro Simeón Roncal, de Miguel Ángel Valda, de José Lavadenz, de Néstor Olmos. Yo creo que son los músicos que aportaron de una manera significativa a la música boliviana. Obviamente de nuestro tiempo tenemos a Matilde Casazola, Alberto Villalpando, Cergio Prudencio y Ernesto Cavour. Hay otros, pero no tienen tanta producción.

¿Cómo se estructuró el repertorio de la orquesta?

En los 21 volúmenes que editamos, interpretamos música de todo el país. No hemos alcanzado a interpretar todos los ritmos, pero sí música del oriente o del valle. Nunca pensamos en una música regional y quizás por eso fuimos uno de los primeros en volver a interpretar tamboritas, chovenas y taquiraris. Es un trabajo minucioso de viajes en lo que se recuperó de esta música.

Háblenos del proceso de investigación que siguen…

Hemos visitado varios centros de información y documentación, y accedimos a manuscritos de partituras. Siempre se hizo una selección especial que no depende de lo que le guste a la gente o de lo que esté sonando, o que sea un éxito, eso no nos interesa. No estamos para eso, pero sí para documentar cosas que valgan la pena, en letra y en música.

Pero además presentaron una propuesta propia…

Hemos hecho obras que tienen que ver con la mitología local: el lucero de las montañas, Surimana, la leyenda de la papa, una obra inspirada en una investigación de cinco años de la vida de Túpac Katari y la última: el kari kari. Son propuestas que no tienen que ver con lo tradicional, totalmente contemporáneas, pero logramos hacerlas porque casi todos los integrantes de la orquesta leen música.

¿Cómo evalúa la recepción del público?

Tenemos un público diferente. Es un público universitario, de gente profesional, de antropólogos, de historiadores… Ése es el público que nos sigue. No es por ser elitista, pero la música de la orquesta no es de consumo masivo porque la música que hacemos es para pensar, está hecha para la cabeza, no para los pies. No tenemos seguidores en cantidad, pero sí en calidad. Lo que más me gusta es que hay muchos jóvenes que nos escuchan y que quieren ser parte de la orquesta.

¿Y cómo les fue con públicos extranjeros?

Debemos ser uno de los que más salió al extranjero en estos últimos 30 años. Estuvimos en Japón unas 23 veces, cada gira con unas 120 actuaciones; en Europa, en cada gira tuvimos unas 50 actuaciones o más, junto a Conadanz, pero también solos. Hay una recepción especial porque no es lo que ellos esperan de la música boliviana. Ocurre que en los años 70 y 80 salieron muchas agrupaciones del país y de los países vecinos y, hay que decirlo, cansaron al público de la música andina. Se mostró algo de postal, una quena, una zampoña y se simplificó mucho la música. Cuando nosotros llevamos violines, chelos, cornos, música con una estructura más compleja y fuimos vestidos con chalecos —como mi abuelo usaba, con este atuendo que no es un disfraz— hubo una buena aceptación. En Europa tenemos público y amistades que saben de qué se trata Música de Maestros y Conadanz, y nos reciben alegres.

 

 

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