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Luis Mérida Coímbra*

Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto nació con su madre muerta. A sus 16 años escribió su primer poema: Luna. Cuando nací mi madre se moría/ con una santidad de ánima en pena…/ Esta luna amarilla de mi vida/ Me hace ser un retoño de la muerte…
Luego conoció a su primera novia, que él bautizó como Mariluna en su Parral natal, en ese sur con su invierno inmenso, con sus lluvias eternas, sus ferrocarriles de rieles interminables donde trabajaba su padre.
En 1921 viaja a Santiago de Chile, donde adopta el nombre de Pablo Neruda y viene su Crepusculario. Conoce a Marisol, a la que le escribe sus Veinte poemas de Amor y una Canción Desesperada. En 1927 es designado cónsul de Chile en Birmania y luego en Ceilan, Java y Singapur. En su estadía en oriente —1925 y 1935— escribe con angustia y soledad el pináculo insuperable de su poesía: Residencia en la Tierra, uno y dos. Sauk Yurquievich escribe al respecto: “Es la crisis de la conciencia romántica (Neruda sigue siendo un expresionista, el romántico exacerbado que proyecta sus estados corporales y anímicos a la realidad objetiva)”.
 Residencia… en la Tierra es una colección de poemas, de versos, monótonos, rituales, con misterio y dolores entrañables, con soledad, abandono, silencios abismales; lleno de metáforas nacidas con dolor. Su caudal es la visión desintegradora del mundo, rompe los moldes tradicionales, su lenguaje es hermético, es un surtidor de metáforas, símbolos oníricos, visionados, ubicados entre la sombra y su espacio corporal. Surrealismo en estado de gracia, como la surrealidad lo demuestra, lo confirma.
Es el inicio de su obra órfica, de su religión de textos: “Como cenizas, como mares poblándose, / en la sumergida lentitud, en lo informe, /o como se huyen desde lo alto de los caminos”. La destrucción, la soledad, la muerte hacen confundir a la materia; hace que las olas, las lentas medusas, los monzones, los caballos verdes sean sueños de la verdad; las miradas polvorientas, los rostros mordidos, las abejas muertas, muestren la terrible visión: lo invenciblemente intuido por el poeta visto y contemplado, tomado y amado. La poesía vista como la resurrección de las presencias.
Neruda mítico y neurótico rasguea su Residencia con una profunda crisis de valores, está obsesionado, su voluntad está desvencijada, sus palabras se hacen polvo, le habita un mar muerto y sus asideros no son ni culturales, ni históricos, ni sociales. Está deshabitado y su distancia con el mundo está deshecha de irrealidades, de fragmentaciones, de numerosos funerales; es una poesía llena de amor, de ardiente pasión, de amargura en el océano; es el conocimiento de la nostalgia, del exilio, es la recordación del amor, la comunión con los objetos, la maldición de la amada. 
El agua poética nerudiana se había hecho real y sus metáforas eran encuentros verdaderos. La prueba de fuego de su vida se llenó de olvido, había creado no la copia de la realidad ni de la fantasía, sino que creó la posibilidad de un mundo poético extrañamente excitante, sin pureza. El rostro de su poesía es adánico, su ombligo es mítico, su voz es la del primer nombre del hombre, es la palabra prohibida. El agua poética nerudiana se había hecho real, sus metáforas eran encuentros. Neruda respira en Residencia agua sexual permanentemente, su aire es infinito, no tiene orden su geografía. Su probabilidad es infinita y esconde en el mar sus instintos de animal salvaje. En Materia Nupcial escribe: “La pondré como una espada o un espejo, / y abriré hasta la muerte sus piernas temerosas / y morderé sus orejas y sus venas, / y haré que retroceda con los ojos cerrados / y un espeso río de semen verde.
Neruda panteísta, Neruda sacrílego. Neruda erótico, orgiástico, poeta de ritmo cíclico, su arrobamiento con los cuerpos hacen que las palabras sean organismos vivos que se renuevan periódicamente en fecundidad y plenitud. Hace tocar lo impalpable, lo poético es el silencio del espacio devastado por el insomnio. Su tiempo es el ahora, su espacio es el aquí. 
Libro donde todo es agua oscura y todo noche. Su ritmo es una marea ligada a la vida y que su deber original es la poesía. “…Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos / se unen como dos sabanas sepultándome, /…y los primos juegan extrañamente con sus primas / y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente…”. Es vesperal este libro lleno de erotismo llameante.
Neruda corruptor de jóvenes mujeres, enemigo de la moral. Neruda orfebre de la palabra, sin jerarquía celestial, pero con una trascendencia terrenal; Neruda reside en la tierra del cielo, en lo vital y cósmico, en lo sexual, lo erótico, reproductivo, donde descompone la sintaxis, “la oración la hace blasfemia, recompone la vivencia del pecado original como existencia de la realidad bella, sensible.” Tocable, visible, llameante. 

* Cineasta y poeta