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Aitor Arjol*

Una vieja canción de los años 80 decía: corren malos tiempos para la lírica. Supongo que para la lírica del corazón, pues del corazón apenas se vive si uno tiene hambre y, al respecto, Antonin Artaud bien señalaba: “antes de seguir hablando de cultura señalo que el mundo tiene hambre, y no se preocupa por la cultura, y que sólo artificialmente pueden orientarse hacia la cultura pensamientos vueltos nada más que hacia el hambre”.
Cuando hay hambre de nacionalismo todo se vuelve más complicado, pues aspectos tan primordiales como la cultura, la historia o la lengua terminan en boca de quienes no la representan adecuadamente. Nos las quitan de las manos aquellos que pretenden justificar identidades excluyentes, inventándose perogrulladas y alharacas más propias de otros tiempos en que ya se sabe el tipo de espíritu que los movía a codiciar continentes ajenos.
Sin embargo, no conviene ver el pasado con los ojos del presente, sino con la certeza de que somos el resultado del mismo y al mismo tiempo podemos ‘desaprender’, examinarnos, leer a los autores que se han ido, nadar alrededor de sus palabras o convencernos de que, a pesar de las tragedias irreversibles de la historia, estamos con los ojos abiertos. Lo menos deseable es que nos ordenen la ideología, e incluso el sentimiento, pues el nacionalismo debería ser un estado emocional. Tiene mucho que ver con el lugar que nos predetermina en virtud del nacimiento, aunque luego la rosa de los vientos nos mande por donde sea menester. Y siendo así, un amor por la tierra no debiera traducirse en sentirse superior a los que no piensan de la misma forma
Hace muchos años, pero muchos, ya lo cantó Soledad Bravo: “Entre tu pueblo y mi pueblo hay un punto y una raya. La raya dice no hay paso, el punto, vía cerrada. Y así entre todos los pueblos, raya y punto, punto y raya. Con tantas rayas y puntos, el mapa es un telegrama. Caminando por el mundo se ven ríos y montañas, se ven selvas y desiertos, pero ni puntos ni rayas. Porque esas cosas no existen sino que fueron trazadas para que mi hambre y la tuya estén siempre separadas”. Soledad Bravo. La sombra de la cantautora es alargada. De origen español. Una voz potente que había nacido en Logroño (La Rioja) el 1 de enero de 1943, pero a comienzos de los años 50 de ese siglo, su familia emigró a Venezuela en busca de mejores horizontes y latidos. Con la costumbre de cantar en los eventos estudiantiles de la época, y con el sueño recién despierto, ingresó en la Universidad de Venezuela y su carrera musical despegó en el mismo vuelo que Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Alberto Zitarrosa o Violeta Parra.
Tanto sus versiones de las canciones populares españolas, o en las pertenecientes a otros autores, Soledad se fue convirtiendo en parte esencial de la raíz latinoamericana, con un timbre de voz tan característico que a ratos nos parece escuchar a Chabuca Granda enarbolando su melodía en las sombras del viento. 
Su registro también abarcó otros ritmos y géneros. Musicalizó poemas de Mario Benedetti y Nicolás Guillén. Se atrevió con la salsa de Willie Colón. Casi una treintena de discos. Pero quizás muchos la asocien a un bello recuerdo: la canción Paraules d’amor, de Juan Manuel Serrat, de la que Soledad Bravo hizo su propia versión en castellano y terminó popularizando tanto o más que la versión original: 

Palabras de amor sencillas y tiernas
Que echamos al vuelo por primera vez,
apenas tuvimos tiempo de aprenderlas
recién despertábamos de la niñez.

Nos bastaban esas tres frases hechas
que entonaba aquel trasnochado galán
de historias de amor, sueños de poetas,
a los 15 años no se saben más.

Palabras de amor. Palabras que carecen de puntos y rayas y que, por ende, debieran sujetarse más a lo que nos une que a lo que nos separa. Y algo más: debía tener Soledad Bravo unos 29 años cuando en un estudio de grabación que hoy se nos antoja en blanco y negro compartía con Silvio Rodríguez una cruda y palpitante canción con la dictadura chilena como telón de fondo. Una visión nostálgica, y al mismo tiempo necesaria para no olvidar que también somos lo que somos gracias a los muertos de nuestra felicidad. No conviene tirar por la borda todos los afectos construidos.

*Escritor español radicado en Ecuador