Oscar Soria Galvarro

Claudio Sánchez*

Si hay un nombre —en toda la historia del cine boliviano— que se asocia directamente con la escritura de guiones, ése es Óscar Soria. Referencia ineludible a la hora de pensar en las historias de nuestra cinematografía, es el personaje más importante, esencialmente porque su vida atraviesa los períodos históricos más relevantes del pasado siglo XX.
‘Cacho’, como lo llamaban en círculos íntimos, cumpliría en diciembre de 2017 la tan mentada edad de 100 años. Es su centenario motivo suficiente para volver a él y su obra. Nacido en la ciudad de La Paz un 28 de diciembre, se sabe que desde sus años en la escuela gustó de la escritura y que sus primeros relatos corresponden a aquellos tiempos. Participó en la Guerra del Chaco, que enfrentó a bolivianos con paraguayos entre los años 1932 y 1935, ésta fue una de sus primeras vetas de inspiración, aunque con los años no sería la única ni la más prolífica, todavía estaba por venir el momento más trascendental de la historia nacional: la revolución de abril.
“Soria se considera un producto de la Revolución de 1952, cree también que [Jorge] Sanjinés y [Antonio] Eguino lo son. La eclosión popular de esos años transformó sus perspectivas y su visión y responsabilidad ante la sociedad.” Esta afirmación hecha por Carlos Mesa en Notas Críticas N°51, publicación editada por la Cinemateca Boliviana en 1984, permite hacer un primer acercamiento a la obra de Soria. Tanto sus cuentos como los argumentos que escribiría después del 52 ya no se desprenderán de la cuestión social y reflexionarán sobre los nuevos actores de la sociedad boliviana: los mineros, campesinos y posteriormente las nuevas clases urbanas.
Su relación con el cine tiene origen en 1953, cuando uno de sus cuentos da origen al argumento del corto Los que nunca fueron, producido en Ecuador para la Organización Mundial de la Salud (OMS). La película fue realizada por Jorge Ruiz y Augusto Roca. Desde entonces empezaría a transitar los momentos más interesantes de la cinematografía: la etapa del nacionalismo revolucionario con Ruiz en el Instituto Cinematográfico Boliviano, el cine urgente de Jorge Sanjinés y el cine posible de Eguino, además de su posterior relación de trabajo y amistad con Paolo Agazzi al final de los años setenta y a lo largo de la década del ochenta.

  * Crítico de cine