El último conflicto que se prolongó durante treinta y seis días en la capital oriental, más allá de los enormes daños ocasionados en la economía, en los derechos de las personas y en la dignidad de quienes habitan esa ciudad, debe permitirnos reflexionar sobre algunos otros aspectos que se desprenden precisamente de esta última lamentable experiencia.

Ha quedado al descubierto la existencia de dos visiones, de dos fuerzas, de dos cruceñidades; una que vive pegada a la nostalgia y a una historia fabricada, instalada y asumida como cierta por ellos mismos, que sostiene que el desarrollo de Santa Cruz es obra de ellos mismos, que quienes colonizaron estas tierras, de piel clara y apellidos foráneos, hicieron lo que hoy se considera el modelo cruceño de desarrollo, olvidando el apoyo del Estado y la presencia de cientos de miles de bolivianos que forman parte del Santa Cruz oculto. Por el otro están precisamente esos otros centenares de miles de ciudadanos que viven en las provincias de Santa Cruz, en el área rural, en los municipios próximos a la capital e, incluso, dentro de la misma ciudad, más allá del Cuarto Anillo, fuera de los exclusivos condominios, en las nuevas barriadas que día a día van dándole una nueva cara a este departamento.

Se ha abierto una grieta que con seguridad demorará en cerrarse y en la que estos nuevos actores, los que describimos antes, con certeza, serán los que determinen una nueva reconfiguración del escenario político y económico del departamento de Santa Cruz, ya sea desde una visión conservadurista, casi reaccionaria, donde se quiere cambiar muchas cosas para que nada cambie, como cuando se habla de repensar la relación de Santa Cruz con Bolivia, o cuando se menciona su historia o su identidad, o desde una visión de un Santa Cruz del siglo XXI, integrador, plurinacional y pluricultural, inclusivo, que permita avanzar hacia un nuevo modelo de sociedad que sea parte activa y protagónica de la Bolivia plurinacional que está siendo impulsada desde los otros ocho departamentos.

Esa visión de un Santa Cruz, conservador, discriminador y racista es muy parcial, representa a muy poca gente, con un poder económico innegable, pero que ha recibido el apoyo de importantes factores de creación de narrativas falsas, como los medios de comunicación y la Iglesia Católica, entre otros, que se han convertido en el brazo operativo de la élite cruceña.

Por el otro lado, la fuerza que mueve Santa Cruz, esa que cada mañana marcha a trabajar en las grandes fábricas, en las industrias y en las empresas de servicio, en la banca y en la administración estatal, en el transporte público, en los mercados y en las mismas calles de la capital oriental, junto a los agricultores, comerciantes, hombres y mujeres, que venden diariamente su fuerza de trabajo, que en muchos casos es lo único que tienen, para buscar una vida digna y aportar al desarrollo y al crecimiento económico de esta región.

Se ha abierto una pugna, para decir lo menos, entre ambas visiones sobre el futuro de Santa Cruz y solo será saldada por los propios estantes y habitantes de esa región, de cruceños y no cruceños, que día a día aportan con su trabajo y esfuerzo a hacer de este departamento algo distinto, algo diferente al que nos han pintado los medios, al que nos cuentan quienes se creen dueños de esta tierra, al que predican desde el púlpito. Tenemos que tener la certeza de que con la fuerza del pueblo otro Santa Cruz es posible.