Las demandas de justicia y respeto a sus derechos son constantes en todo el país. Foto: Archivo.

Roberto Medina / Bolivia

Cuando un hombre decide sacar a la luz su identidad de género para comenzar a vivir como mujer, el primer rechazo viene de su familia porque al no estar preparada para una situación así la echa a la calle. La sociedad también expresa su repudio a esta persona reduciendo al mínimo sus posibilidades de estudio, trabajo y vivienda. Ante esta total indefensión, la trans opta por dedicarse a la prostitución, actividad en la que su vida está en constante riesgo.

Según Luna, presidenta nacional de la Organización de Travestis, Transgéneros y Transexuales Femeninas de Bolivia (Otraf Bolivia), las agresiones a las personas trans son frecuentes por la intolerancia e ignorancia de muchos sectores de la sociedad, más aún en el caso de quienes se dedican al comercio sexual, que son la mayoría.

“Muchas veces, la familia no conoce del tema y al no estar lista no quiere saber nada de la persona trans y termina rechazando su identidad y echándola de la casa, sin importarle lo que le suceda”, manifestó.

Una vez que se encuentran en las calles se exponen ante la cruda realidad, sin trabajo, sin seguro, sin dinero y sin protección de las entidades del Estado.

En estas circunstancias, “nadie te da un trabajo digno con el que puedas solventarte, entonces estos rechazos te empujan y obligan a buscar otros empleos, como el ejercicio del trabajo sexual. La persona trans no se prostituye porque quiere, sino por la falta de oportunidades”.

Por lo general, la transexual hace conocer su identidad en la adolescencia, lo que no le permite terminar el colegio y menos ingresar a la universidad debido al “qué dirán”, su familia, amigos y compañeros.

Las calles y los alojamientos son sus espacios de trabajo. Las agresiones que sufren son frecuentes y no hay quién las defienda.

Luna explicó que “la falta de oportunidades obliga a la población trans a buscar una salida para sobrevivir y subsistir, y es ahí cuando llega a la ocupación sexual, una actividad riesgosa en la que se trabaja de noche y en una situación de alto riesgo y vulnerabilidad al ser consideradas diferentes”.

La actividad sexual comercial de las personas trans es más riesgosa que la de las mujeres nacidas biológicamente, debido a que los ocasionales clientes las golpean, maltratan e incluso les llegan a quitar la vida.

Hasta ahora son al menos 67 los asesinatos de mujeres transexuales en Bolivia, y lo más dramático es que sólo en un caso el victimador fue sentenciado a 30 años de cárcel.

La prostitución

“Yo soy de Santa Cruz y me decidí por la prostitución a los 15 años para sobrevivir. Tuve que migrar a Cochabamba para estar tranquila conmigo misma, ahí fui conociendo más de la vida”, relató Estefany.

Con el dinero que pudo juntar se hizo algunas cirugías en su cuerpo para “cambiar algo que ya no era”.

“Nos dedicamos a ser acompañantes porque no hay cupos laborales en instituciones públicas o privadas. No hay un seguro para nosotras y con el rechazo de la familia y de la sociedad se nos han quitado derechos, lo que nos dejó civilmente muertas”, agregó.

Estefany considera que por ley, al igual que en el caso de las personas con discapacidad, las transexuales deberían tener un cupo asegurado para trabajar en cualquier entidad del Estado.

Trans de la tercera edad

Cuando las transexuales ya llegan a la tercera edad (60 años), ya no pueden ejercer la actividad sexual, por lo tanto quedan en total indefensión.

 “Las traemos a nuestros cuartos para que nos ayuden con la limpieza o la comida. Ellas no tienen dinero para sobrevivir y entre nosotras buscamos la manera de ayudarlas como con kermeses solidarias para pagar sus necesidades, alimentación e incluso tratamientos médicos que necesitan. Estefany señaló que, al igual que la mayoría de las mujeres trans, trabaja en la prostitución porque no tiene otra manera de sobrevivir, pese al riesgo que implica esa actividad, en la que es posible que pierda la vida en cualquier momento.

Esperanza de vida

Para el activista David Aruquipa, la Ley de Identidad de Género 807 sólo brinda a la persona trans la cédula de identidad con un rostro, nombre y género, y ahí queda todo.

Reveló que “no hay una política para el resarcimiento a sus derechos humanos y la ciudadanía no se da cuenta que esta población llega a los 40 y muere, entonces la esperanza de vida es de 35 a 40 años. Las personas transexuales de 19 a 26 años no llegan ni siquiera a los 35”.

“Los crímenes de odio por identidad de género, especialmente a la población trans, ocurren con más frecuencia y nadie hace algo”.

Éstos son temas de Estado que requieren políticas públicas y responsabilidades para protegerlas, dijo.

“Se requieren políticas para ayudar a la población trans que está en la marginalidad, la que vive de la prostitución, que en muchos casos es casi un 90%. Se trata de prostitución, pero no es porque queremos, sino porque nos arroja la sociedad y el Estado a estos márgenes de violencia por parte de gente intolerante que no comprende”, aseguró.

Es en las calles donde las personas trans viven esta situación de peligro y riesgo que muchas veces terminan en asesinatos y crímenes de odio.

Muerte de Alessandra

El anterior fin de semana fue asesinada en un hostal de Cochabamba Alessandra, una joven trans de 19 años.

Según la Policía, ella tuvo una discusión con su cliente por Bs 100, lo que habría desencadenado una agresión física. El agresor, posiblemente el mismo cliente, la golpeó y la ahorcó con el cable de la plancha para su cabello.

Un dato que ilustra este dramático episodio es que los familiares de Alessandra no asistieron a su entierro.

El autor del crimen de Dayana Kenia fue encarcelado

El hombre que aseguraba que la amaba le arrebató la vida para robarle su dinero

En noviembre de 2017, el Tribunal de Sentencia 12 de Santa Cruz condenó a 30 años de prisión al hombre que golpeó y degolló a su pareja Dayana Kenia, una joven transexual de 23 años. Éste es el único caso en el que el asesino de una trans es sentenciado.

Álex Villca Valdivieso fue sindicado de ser el autor intelectual y material del asesinato que conmovió a toda la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales (LGBTI).

Graciela Salazar Ibáñez, quien era la pareja sentimental de Villca, había sido sindicada de ser cómplice del crimen, pero fue declarada inocente.

Angélica, la madre de José María (Dayana Kenia), no tenía conocimiento de cómo era la vida de su hija desde el cambio de sexo, pero su muerte le hizo comprender que tenía que luchar por ella, para que se haga justicia.

Ella recibió el apoyo de Víctor Hugo Vidangos ‘Ninón’, un abogado que representa a lesbianas, gays, bisexuales, transexuales o intersexuales que sufren violencia en Santa Cruz.

El Colectivo LGBT Bolivia, el Colectivo Igualdad y Vanina Lobos, representante de la Unión de Travestis y Transexuales de Santa Cruz, Arleti Tordoya, de Mujeres Creando de Santa Cruz y la Defensoría del Pueblo de Santa Cruz le brindaron a Angélica todo el apoyo en tan difícil momento.

“En el caso de Dayana, su familia se movió porque quería justicia para su hija sin importarle su identidad de género, luchó por ella, por el amor que le tenía”, recordó David Aruquipa.

“Cuando una persona trans muere, ya sea de manera natural o es victimada, el resto de la familia piensa ¡qué bien!, nos quitamos un peso de encima, entonces las mismas familias son cómplices de la violencia contra ellas”, aseguró.

Fue una próspera empresaria

Dayana llegó en 2013 a Santa Cruz y se puso a trabajar en una rockola (bar). Luego alquiló un local para instalar una rockola en la esquina de la avenida 16 de Julio y Libertadores de la Villa 1° de Mayo.

Cuando todo iba bien para Dayana, apareció en su vida Álex Villca, un migrante potosino con el que inició una relación sentimental. Ella lo llevó a vivir a su habitación y le dio trabajo en su bar.

Con el tiempo, Álex le presentó a su hermana Graciela y los tres decidieron vivir juntos en una habitación del Plan Tres Mil, además trabajaban en la rockola.

En 2016, Álex golpeó a Dayana, como en anteriores ocasiones, pero esta vez le jaló de los cabellos, la tiró al suelo y amarró sus pies y sus manos.

Con una botella de vidrio rota le cortó la garganta y le quemó varias partes del rostro con un cigarrillo.

Graciela, quien era la novia y no la hermana de Álex, vio todo lo que pasaba y no hizo nada por ayudarla.

Envolvieron el cadáver y lo dejaron en el baño para que se desangre. Se llevaron todo el dinero de Dayana y huyeron de Santa Cruz.

Transfeminicidio

La gente trans pidió que en el marco de la transformación de la Ley 348 se incluya la figura del transfeminicidio para que los agresores sean sancionados como un feminicidio, con 30 años de prisión sin derecho a indulto.

“Así se podría lograr algo de la justicia que buscamos”, expresó Aruquipa.

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