maniquies

Palabras evocadoras y descriptivas sobre la permanente fantasía del hombre: una mujer callada. No hay trance posible, igual existe la despedida.

Luis Mérida Coímbra (*)

La pusieron en la vitrina, estaba desnuda con un manto de seda, estaba en exposición en una tienda de muñecas donde la bautizaron y exorcizaron su pecado original. Yo me tendí esa noche junto a la joven inanimada oyendo el ruido del mar incógnito y lejano.
Traía los ojos secos, cabellos color tempestad, sus mejillas eran una playa invadida por la sal de los sacramentos. Parecía una estrella fugaz mirando el paso del tiempo, los transeúntes la miraban sin cesar en ese depósito de cristal con fresca brisa y turba calma.
De gaviota enamorada su sonrisa, con manos de porcelana escarlata, sus pies con manchas de un color ferruginoso. Su pecho con senos levemente levantados, parecía que cruzaba un río de aguas claras.
Sin sexo y sin amores se parecía al oficio de las musas, a las ninfas sin alas y a las ondinas sin brisas, su cuerpo parecía que maduraba como fruta dispuesta al acto de ser devorada. Despertó de su sueño eterno lleno de furia y amores.
La vi luego fugarse del escaparate a una céntrica avenida, estaba acompañada de plumas de avestruz, de vestidos con escotes magníficos, lucía unas piernas sensuales y deseosas, vestía más hermosa que el pecado, tenía la imagen de un arcángel guerrero.
La encontré al tercer día de su fuga, me la llevé al hombro corriendo por las calles de la dicha.  Me enamoré de veras. Su amor era de niña y su andar peligroso.
En mi dormitorio la besé hasta destrozar su alma; enrollé su pelo prieto, luego la vestí de fuego: más bella que la ira fue consumiéndose. Solo gruñía como felina acorralada, lloré su ausencia en los infiernos. 
Quedó de ella el silencio y una fotografía de amor.

(*) Poeta y cineasta