Por: Emir Sader /

América latina se ha convertido en el epicentro de las mayores luchas políticas del siglo XXI porque fue el epicentro del neoliberalismo en el mundo. Era la región que tenía los gobiernos más neoliberales y radicales. Por lo tanto, pasó a ser la región donde se desarrollaron los gobiernos antineoliberales, convirtiéndose así en el escenario fundamental de las disputas más importantes del mundo en el siglo XXI.

La primera década del siglo estuvo marcada, en América latina, por el surgimiento de un grupo de gobiernos antineoliberales que pusieron en práctica un conjunto de medidas que atacaron el principal factor que afecta al continente: las desigualdades sociales. La segunda década vio la reanudación de la iniciativa de la derecha, que restableció gobiernos neoliberales en países como Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, ya sea a través de golpes de Estado, como en Brasil y Bolivia, o mediante elecciones, Argentina y Ecuador.

Incluso a fines de esa década, en algunos de estos países —Argentina y Bolivia— se restablecieron gobiernos antineoliberales mediante elecciones democráticas. Mientras tanto, México se unió al grupo de gobiernos antineoliberales y otros países comenzaron a vivir disputas políticas abiertas, como Perú y Chile.

El continente entra en la tercera década del siglo XXI con una perspectiva optimista, si Lula es elegido en Brasil, permitiendo, por primera vez, que los tres países más grandes del continente tengan gobiernos convergentes, antineoliberales, que podrían retomar el proceso de la integración latinoamericana de manera más amplia que los intentos anteriores.

Aunque se confirme esta proyección, el continente seguirá siendo víctima de inestabilidades y disputas hegemónicas, que lo han marcado a lo largo de este siglo. Esto sucede por una serie de razones, internas y externas a los países y al propio continente.

A nivel internacional, el surgimiento de gobiernos antineoliberales en América latina siempre ha tenido que convivir en un entorno marcado por la hegemonía de gobiernos e instituciones neoliberales. Esta convivencia fue siempre un factor de tensiones e inestabilidades, lo que dificultó la consolidación de aquéllos. Las políticas del FMI y del Banco Mundial, entre otros factores, jugaron en contra de las tendencias imperantes en los gobiernos antineoliberales, además de la acción de Estados Unidos, con todo el peso que sigue teniendo en el continente.

En un país como Brasil, ya han sido cinco años de inestabilidad y feroces disputas políticas, entre gobiernos neoliberales reinstalados a través de un proceso de guerra híbrida, como una nueva forma de golpe y ruptura de la democracia desde adentro. El año que viene promete la continuación del debilitado gobierno actual, conviviendo con el favoritismo de Lula para ser elegido –incluso en la primera vuelta de las elecciones de octubre de 2022-. Como dice el refrán, el país debería empeorar aún más, hasta que pueda mejorar, a partir de 2023.

Argentina, un país en el que se retomó un gobierno neoliberal con Mauricio Macri, que reveló brechas para reinstaurar el modelo neoliberal, con su incapacidad para resolver los principales problemas del país y ganar un apoyo social y político que le diera estabilidad. Rápidamente se debilitó y fue derrotado en las primeras elecciones presidenciales y Argentina retomó la senda antineoliberal.

Pero incluso el actual gobierno tuvo un revés en las elecciones de mitad de período, perdiendo una mayoría absoluta en el Congreso, aunque mantuvo una mayoría relativa. Lo que hace prever mayores dificultades para que Alberto Fernández gobierne en la segunda mitad de su mandato, con las próximas elecciones presidenciales en el horizonte.

En el caso de Bolivia, aunque el MAS ganó las nuevas elecciones presidenciales en la primera vuelta, la acción golpista impidió que Evo Morales y Álvaro García Linera se presentaran como candidatos. Se eligió a Luis Arce, quien había sido ministro de Economía durante 13 años, pero sin la experiencia política para asumir el cargo de presidente y sin el peso político de Evo Morales, quien asumió como presidente del MAS. David Choquehuanca asumió como vicepresidente, con más experiencia política, pero en su conjunto los nuevos líderes con menos experiencia para enfrentar la constante ofensiva opositora, que impide que el nuevo gobierno, aunque democráticamente elegido en primera vuelta, pueda gozar de la estabilidad indispensable para enfrentar los problemas económicos y sociales que sufre Bolivia. (Página 12)

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