TRIBUNAH. C. F.  Mansilla  

Empezaré por las conclusiones. Queda muy poco que pueda calificarse de realmente aprovechable. Los esfuerzos que se han realizado y que aún se hacen por afianzar el Estado de Derecho y por establecer una cultura política liberal-democrática han tenido poco éxito porque una genuina cultura liberal-democrática nunca ha tenido raíces profundas en la sociedad boliviana. Este tipo de mentalidad es considerado como algo extraño por una porción importante de la población. Esta cultura liberal-democrática fue combatida ferozmente por el antiguo nacionalismo revolucionario (1952-1964), por la Unidad Democrática y Popular (1982-1985) y por el populismo autoritario del Movimiento al Socialismo (2006-2019).

   El Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), fundado en 1941, estaba imbuido del espíritu totalitario de su época. La lucha contra la “oligarquía minero-feudal” encubrió eficazmente el hecho de que este partido detestaba la democracia en todas sus formas y, en el fondo, representaba la tradición autoritaria, centralista y colectivista de la Bolivia profunda, tradición muy arraigada en todas las clases sociales, en el ámbito rural y en hasta en los sectores intelectuales del país. Después de 1985, cuando el MNR parecía encarnar una corriente modernizante y abierta a la globalización liberal, a sus adherentes no les gustaba para nada que se les recuerde el pasado del partido. Justamente por ello es conveniente mencionar que sus fundadores, reunidos alrededor del periódico La Calle, propiciaron una ideología violentamente antisemita, decididamente pro-nazi y adversa a la democracia pluralista y a la economía liberal.

   En los periodos 1943-1946 y 1952-1964 uno de los mayores éxitos del MNR consistió en un fortalecimiento técnico-administrativo de las prácticas convencionales. La herencia burocrática, la propensión a la corrupción y los hábitos policiales represivos resultaron rejuvenecidos de un modo sorprendente. Como escribió Huascar Cajías, la policía política del MNR sistematizó “lo que antes estaba disperso; introdujo orden en la anarquía represiva; tornó continuo, permanente, lo que antes era accidental y momentáneo; adjuntó a las palizas tradicionales, primitivas y temperamentales, los aportes de la ciencia moderna, para lo cual construyó un estado mayor eficiente e idóneo”. Para el ciudadano común y corriente disminuyó el Estado de Derecho debido al incremento de la arbitrariedad policial y al fuerte aumento de la burocracia estatal. El MNR se destacó por multiplicar, complicar y encarecer los trámites destinados al público, fenómeno que ha pervivido más de medio siglo. Algo similar tuvo lugar a partir de enero de 2006.

   En los periodos mencionados (1943-1946, 1952-1964, 1982-1985 y 2006-2019), la opinión pública afín a esos gobiernos asoció la democracia pluralista y el Estado de Derecho con los regímenes presuntamente “oligárquicos, antinacionales y antipopulares”. En nombre del desarrollo acelerado se reavivaron las tradiciones del autoritarismo y centralismo, las formas dictatoriales de manejar recursos humanos y las viejas prácticas del clientelismo en sus formas más crudas. Todo esto fue percibido por una parte considerable de la opinión pública como un sano retorno a la propia herencia nacional, a los saberes populares de cómo hacer política y a los modelos ancestrales de reclutamiento de personal. Así nomás es nuestro desarrollo social-cultural.