Aniversario XXXVII El Alto, la ciudad más joven en Bolivia. FOTO/Daniel MIRANDA/APG

Daniel Averanga/ Crónicas/

Una de mis primeras ferias de inicios de año fue en Villa Dolores. Salimos con mi madre, solos ella y yo, a las 8 de esa noche; mis hermanos mayores pasaban el fin de semana con mis abuelos (vivían cerca del estanque), mis hermanos menores aún no nacían y mi padre, tan oportuno sin notarlo, estaba durmiendo su borrachera, auspiciada horas atrás por sus hermanos y algunos amigos.

ecuerdo que tiramos algunas pelotas a paneles donde estaba una bruja mal dibujada que, tan grotesca como cúbica, tenía en la parte del rostro un hoyo en forma de estrella y, más al fondo, en esa cavidad en forma de estrella, el rostro deforme esperaba que diéramos en el blanco. Metí solo dos de las cinco pelotas en ese hoyo y me regalaron una pipoca como premio consuelo.

Los otros kioscos ofrecían api con pasteles empalidecidos por azúcar molida, que en ese tiempo no tenían de fondo a películas de estreno para acompañar, solo y sino canciones de los Bukis o de José Luis Perales. Ilusiones de felicidad vestidas de recuerdos gratis de algo que no vivimos, en tanto se escuchaba Llega Navidad / y yo sin ti / en esta soledad / recuerdo el día que te perdí… o Sí, sí, sí, / te quiero con el corazón / tú serás para mí / y yo tu amor…

Más allá de los espacios de venta de recipientes de barro petrificado, había un par de toldos más reservados para las parejas que querían beber y bailar Iberia o Maroyu, porque era necesario, puestos alejados de la vista de las familias constituidas, alejados de cualquier ojo curioso, y allá Pasito Tun Tun o Primera experiencia a todo volumen como prioridad. Terreno visto de lejos nomás por mi madre, mientras nos compraba manzanas acarameladas y anticuchos, sentados al lado de otras personas, sin miedo a contagiarse (como ahora) u otras cosas.

Al norte de la plazuela aún no llegaba el espectáculo de la mujer que se convertía en gorila, en esa oportunidad lo máximo de atractivo eran los autos chocones… (Más de veinticinco años después, como si estuviera programado, almorzaría sobre uno de los banquitos sobrevivientes de la plaza, sujetando con cuidado un tupper tibio y viendo los mismos autos chocones siendo refaccionados, esto a eso de las tres de la tarde, acompañado de alguien que decía que me amaba y a quien fallé, como todos los que somos amados fallamos a nuestras parejas: nadie que ama y quiere el bien del otro queda impune). Ya eran casi las diez cuando mi madre me dijo que diéramos una vuelta más antes de volver, yo estuve de acuerdo. No había otra opción. Los juegos, los puestos, estarían hasta las 10:30 y luego cerrarían.

El último paseo por la feria fue para ver los carteles de los kioscos con suerte sin blanca, con tiros a muñecos viejos vestidos a la fuerza con nuevas prendas destinadas a Ken wawalones, y ahí contemplé por primera vez a Iron Maiden y a Eddie, su bicho medio punk y medio Laura Bozo, levantando un hacha ensangrentada con un fondo pleno de la Luna llena anunciando algo… O esos pósteres con una Gloria Trevi vestida de hembra revolucionaria, con cinturones de proyectiles haciendo cruz sobre sus hermosas tetas (en ese tiempo me producía un rubor acelerado verla así, como un charro sexual, ahora me produce algo de pena).

Esa noche, todo lleno de manzana acaramelada y anticuchos, me metí en cama dispuesto a dormir muy bien, mi padre seguía roncando y mi madre lo arropó más.

Ese tiempo ella estaba embarazada de Paola, todavía no se le notaba, pero ya estaba cuidándose mucho. Se acercó a mi cama, se sentó en el borde, contemplando a su hijo, un mocoso negrillo respondón, con problemas en las encías por no lavarse seguido los dientes y con cicatrices en los nudillos y en los reveses de las manos por herirse casi siempre cuando jugaba con piedras, me dijo buenas noches y me besó en el mentón. Fue a dormir con mi padre y yo me sumergí, tan raudo e inconsciente, en un pozo de brea tibia, lleno de esperanzas por vivir tan bonito como esa noche.

Nada mejoró desde aquel día
Por eso siempre que puedo voy con mis hijos a ese tipo de ferias, para recuperar lo perdido luego de esa noche en la que me dormí esperando que todo fuera bello al otro día, esa sensación como la que nace cuando uno se enamora por primera vez y abraza a quien fallará y dañará irremediablemente… Somos seres de costumbres.
Enero 2022

La crónica fue extraída del libro Clave de sol, del escritor alteño Daniel Averanga. El autor se inició en la literatura como un antologador de cuentos y relatos, pero lo que más le llamaba la atención fue la narrativa breve. En 2018 publicó tres antologías de cuentos de terror y fantásticos mediante la editorial 3.600. Averanga ofrece su texto cada miércoles en el atrio de la Universidad Mayor de San Andrés de 11.00 a 14.00.