castillo

A pesar de todo ello, las leyendas siguen adheridas a sus piedras…

Aitor Arjol*

La visión del monasterio de San Pedro de Arlanza, en la provincia de Burgos, traslada los sentidos a los primeros compases del reino de Castilla. Aquellos tiempos en los que también batalló a sus anchas el caballero castellano Rodrigo Díaz de Vivar —más conocido como el ‘Cid Campeador’—, cuyo destierro y posteriores desventuras han llegado hasta nuestros días a través del Poema de Mio Cid.
Los restos del antiguo cenobio están situados en plena sierra de las Mamblas, en uno de los tramos intrincados del río Arlanza, que describe su silencio entre los pueblos de Hortigüela y Covarrubias. Una curva cerrada en la carretera abre paso bruscamente a las ruinas que, pese al práctico estado de abandono, promesas reiteradas de rehabilitación y tímidas intervenciones para frenar el deterioro, se alzan majestuosas. Aún es posible recorrerlas en silencio, contando únicamente con la presencia del empleado que abre y cierra las puertas del recinto, así como un reducido número de visitantes que por allí se acercan.
En las peñas cercanas todavía resuenan los ecos en torno a la fundación del monasterio, así como el eco de los siete infantes de Lara: crímenes, enemistades entre familias de la nobleza y venganzas.
Una de las leyendas señala que el conde Fernán González andaba de cacería y, persiguiendo un jabalí que le había salido al paso, se topó con tres eremitas que por allá vivían: Arsenio, Sylvano y Pelayo. Éste último le auguró el mayor de los éxitos en la lucha contra las huestes musulmanas, así como la independencia de Castilla y, en agradecimiento al cumplirse las profecías señaladas, el conde mandó a erigir el monasterio. Otra versión, si cabe más legendaria, le atribuye origen visigodo: con anterioridad existió un cenobio fundado por el rey Recaredo, y en el mismo lugar fue enterrado su sucesor, Wamba. 
Los documentos fundacionales conservados atestiguan que fue erigido en 912 por Gonzalo Fernández, padre del conde Fernán González, si bien este último continuó con la labor fundacional de su progenitor, llegando a convertirse el monasterio en uno de los principales de la región. 
De la misma forma, fue elegido por el conde y su esposa Sancha como lugar de enterramiento, de forma que los restos de ambos descansaron en San Pedro de Arlanza hasta su traslado al monasterio de Covarrubias después de la desamortización de Mendizábal.
La construcción de San Pedro de Arlanza fue dilatándose a lo largo del siglo y medio posterior a su fundación, de forma que las actuales ruinas nos hacen imaginar la superposición de estilos y la importancia que debió tener en su momento. La antigua iglesia de planta basilical de la que sólo restan algunos ábsides y los basamentos de los pilares. 
Lápidas a pie del suelo y con los débiles rastros de las personas a quienes pertenecieron. O la vieja torre junto a la Sala Capitular que aún mantiene su buena factura, a pesar de que las campanas se las llevaron a no se sabe dónde y los frescos románicos que cubrían sus paredes se dispersaron entre el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) y dos centros museísticos norteamericanos. La expropiación forzosa y subasta pública de los bienes eclesiásticos decretada en 1835 supuso el abandono definitivo del San Pedro de Arlanza y el traslado de todo aquello que se pudiera salvar del destino consabido. 
La biblioteca fue vendida, pero algunos códices se trasladaron al vecino monasterio de Santo Domingo de Silos, así como algunos sepulcros a Covarrubias. El expolio también alcanzaría a otros tantos elementos como la fuente del claustro, la antigua portada de la iglesia y los propios sillares. Un incendio de nefastas consecuencias en 1890 y la conversión de las ruinas en cantera terminaron por dejarlo prácticamente desnudo y a merced del viento de los páramos.
A pesar de todo ello, las leyendas siguen adheridas a sus piedras, tanto las descritas con relación a la fundación del monasterio como las relativas a las reliquias y cuerpos de santos allí presente. 
Acerca de los restos mortales del conde Fernán González, un abad escribía allá por el siglo XVI que “en ocasiones de grandes jornadas y empresas de armas, cuando ha de haber algún notable suceso en ellas, se oye un gran ruido en la tumba del conde Fernán González como animando a sus sucesores, y a su sangre, para que sigan por el mismo camino por donde él anduvo”. E incluso parece que sobre el enlosado del pavimento un caballero templario llegó a echar una partida de ajedrez con el mismísimo diablo.
Sea como fuere, las ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza siguen siendo fiel testimonio de los primeros albores del reino de Castilla.

*Escritor español