Por: Márcia Batista Ramos /

Reconociendo el matrimonio como un espacio muy importante donde se desarrollan de modo ordinario y grosero las relaciones machistas, es que se afirma que el “hombre machista” encuentra en el espacio del relacionamiento con la pareja sexual la culminación de su supremacía.

En ese contexto totalmente absurdo que escapa a la racionalidad, la violencia puede representar la única forma de comunicación sexual.

La mujer inmersa en ese tipo de relacionamiento es constantemente abusada, pues, al no elegir ni el momento ni las condiciones de las relaciones sexuales se torna víctima del abuso sexual, motivo por lo cual experimenta solamente relaciones sexuales que no le dan placer, por el contrario, le dan desplacer y a eso se llama violación sexual dentro del matrimonio (aunque muchas mujeres y muchos hombres no lo consideren violación).

La incapacidad de algunos hombres para conquistar sensualmente a sus parejas, la incapacidad de satisfacer sexualmente a sus parejas, la incapacidad de demostrar sus necesidades de ternura, sumada a la arrogancia de la cultura machista les lleva a imponerse por la fuerza en las relaciones sexuales; además, sumado a ese perfil de incapaz, el ser abusivo es la única forma que hace sentir poderoso al hombre débil de carácter.

Someter aquellos a quienes considera más débiles es la única forma de sentirse fuerte y dominador especialmente, como ocurre a menudo, si él es un fracasado en otros aspectos de la vida cotidiana.

Increíblemente, para los hombres que responden a ese perfil, demostrar poder, causar humillación a su pareja les da más placer que la propia satisfacción sexual en sí misma, de ahí que, de manera aberrante, a menudo la violencia sexual rebase la relación de pareja, dando paso al ataque sexual, también a los hijos.

La aceptación social de las manifestaciones machistas que fomentan las desigualdades, muchas veces se profundiza y se transforma en la expresión patológica del machismo, que es la que hace con que los hombres se transformen en agresores y pierdan la noción del sentido común, que norma por medio de tabúes y de regulaciones formales e informales los límites en materia sexual.

Otra forma común de violencia sexual que experimentan las mujeres en sus relaciones de pareja, es el contagio de enfermedades sexualmente transmitidas (EST), pues, la situación de desigualdad en que se basan las relaciones de pareja “habilita” solamente al hombre para tener relaciones extra conyugales, poniendo en riesgo la salud y la vida de la mujer.

Pero los infieles empedernidos no asumen la responsabilidad de sus actos minimizando las consecuencias nefastas para la salud de su compañera.

Muchas veces, cuando el hombre además de ser infiel es violento culpa a la mujer por el contagio sexual, arguye que “él busca fuera de casa lo que no hay en casa”, entonces es por su propia culpa que está enferma; o casos, también crueles, la golpea porque si está enferma es porque “le traicionó con otro hombre” (una excusa absurda, pero corriente entre los infieles).

Es preciso que las mujeres entiendan que no existe un mandato que las obligue a someterse a semejantes vejámenes; también deben entender que no es normal, ni aceptable que sus maridos se porten de esa forma tan indigna; sin contar que toda mujer que es contagiada de una enfermedad sexualmente transmitida por el marido o compañero sexual puede demandarlo por atentar contra su salud y su vida.

De igual manera, se puede denunciar al marido violador, pues, ninguna mujer está obligada a tener relaciones sexuales si no las desea. En suma, existen Leyes para sancionar a los machistas patológicos, lo que hace falta es que las mujeres ejerzan sus derechos ciudadanos.

La violencia es un claro signo de decadencia de la familia, consecuentemente de la sociedad en que vivimos, por consiguiente, infelizmente, las relaciones basadas en la violencia apenas reproducen las relaciones en otros ámbitos de la sociedad (decadente), que también son basadas en la subordinación de los más vulnerables a los más fuertes como una deplorable constante.

Entre las formas más crueles de expresión de la violencia se encuentran los delitos sexuales.

Los esquemas culturales deben ser cambiados, pues, nuestra sociedad tiene que evolucionar y los hombres y las mujeres deben comunicarse mejor, incluso sexualmente y deben descubrir la felicidad de una vida sexual plena, libre de prejuicios, compartida ampliamente con la pareja, libre de violencia y basada en la igualdad, para que ambos sientan placer y perciban las ventajas de relacionarse uno con el otro; en resumen: que el hombre y la mujer disfruten plenamente de su propia sexualidad.

Es llegado el momento, en que el hombre y la mujer, como familia (como expresión de célula máter de la sociedad) asuman una postura crítica y progresista para contribuir a erradicar la violencia en la relación de pareja, en la vida sexual, en la vida familiar y en la sociedad toda. (Márcia Batista Ramos es escritora)

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