Guillermo Bilancio

“Sin pan la vida solo se padece. Sin pan no hay democracia ni libertad”.
Con esas palabras, Alberto Fernández comenzó su discurso de asunción a la presidencia. Toda la magia y la mística peronista en una frase acerca de lo que Mauricio Macri, el presidente saliente, nunca comprendió y que llevó a que su gobierno pase rápidamente al olvido.

Cuando se supone que la libertad es individualismo en lugar de entender que es acceso, se cae en el precipicio de una sociedad manejada por datos en lugar de sensaciones. Y lo humano son las sensaciones.

El peronismo sabe expresar eso, y más allá de conspiraciones, de bolsos, de corrupción o robo, que son cuestiones de los hombres y no de las ideas, el modelo peronista de Fernández se sostiene en ideas basadas en los pilares fundamentales de la filosofía justicialista, que son la justicia social; la independencia económica y la soberanía política.

Es importante remarcar estos conceptos para entender al peronismo, muchas veces confundido con la izquierda populista representada por el kirchnerismo y otras veces con la derecha populista, encarnada por el mismo Perón y por el experimento neoliberal de Menem.

En definitiva, debe quedar claro que el peronismo es populismo, ya que todo acceso al poder exige una cuota de populismo, que en su medida todos los que intentan abordar un gobierno lo tienen, pero que solo algunos saben dosificar. De allí los extremos.

Alberto Fernández habla como un peronista clásico, fiel a la filosofía, a los principios y con el manual populista adaptado para sostener lo popular, sin perder visión de una realidad complicada por el caos económico, político y social que debe afrontar.

El caos económico le va a exigir capacidad de negociación para revisar y retrasar el pago de compromisos de deuda, en beneficio de aliviar la pobreza y sostener la gobernabilidad.

Frente a la crisis política, Fernández agita el concepto inclusivo para lograr la convivencia social, un pilar que sostiene aquel que entiende las causas de una sociedad castigada y separada por una grieta que parece insalvable. El odio es, sin duda, el obstáculo a vencer.

La política sirve para eso y en ese punto, quien confunde política con gestión nunca va a darse cuenta.

A diferencia de Macri y también de Piñera, como ejemplo chileno, Fernández prioriza la política por sobre todo lo demás, sometiendo la táctica a la estrategia.

Esta vez, Fernández no anunció un gabinete de lujo, sino uno que es el mejor para el momento, lo que supone una decisión inteligente de parte de quien dirige. Una particularidad: todo su gabinete viene del sector público, tal vez porque sea necesario volver a contar con quienes saben de la cosa pública, a diferencia de los gabinetes de “estrellas” del mundo privado que, por priorizar una planilla de cálculo, le pierden el pulso a la realidad social.

Fernández sabe que tiene tiempo, pero también tendrá un programa de acción de compleja resolución: su relación con Cristina Fernández de Kirchner, su pasado y su presente.

Fernández debe pasar de ser abogado a ser arquitecto para trabajar en el frente de gobernar a la Argentina y sostener la moderación necesaria para atravesar un momento crítico, que lo puede dejar en la historia como el gran transformador o como un nuevo fracaso.

Pero no debe olvidar su profesión de abogado para abordar un tema crítico y determinante: el rol de la justicia y los juicios que debe sobrellevar Cristina y los procesados de su gobierno. Aquí quedará demostrada la autonomía real de la justicia con relación al poder político, algo que quedó harto demostrado que es parte de la decadencia política de la Argentina y eje de la corrupción.

La economía, la política, lo social y la pobreza, la justicia, la relación con los medios y la convivencia. Escenario nada fácil.

La Argentina no puede permitirse un nuevo fracaso y Fernández sabe que es la bala de plata que le queda hoy a un país en cuidados intensivos.

Fernández deberá saber volver. Ese es su verdadero desafío.

A juzgar por su discurso inaugural, y por lo que recuerdo haber escuchado cuando lo entrevisté hace varios años, Fernández es más moderado que su incendiaria vicepresidenta.

Sin embargo, hasta que vea signos claros de que es él quien está al mando, y no su vicepresidenta, seré muy escéptico sobre el compromiso del nuevo gobierno con la democracia, los derechos humanos y la lucha contra la corrupción. Veremos.